«De Richardson a la «Doctrina Donroe»: Las continuidades de la política hemisférica de Estados Unidos y su impacto en el Cono Sur» Por: Nicolás Andrés Romero Reeves
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La estrategia hemisférica de Estados Unidos mantiene una línea de continuidad entre las visitas de la general Laura Richardson a Chile durante el gobierno de Gabriel Boric y la denominada «Doctrina Donroe» de Donald Trump. Nicolás Andrés Romero Reeves analiza cómo la securitización de la presencia china, el interés por los recursos naturales y la importancia geopolítica de la Patagonia, el Estrecho de Magallanes y la Antártida configuran una política que trasciende las diferencias ideológicas entre gobiernos y plantea interrogantes sobre la soberanía y la autonomía estratégica de Chile y el Cono Sur.
Por: Nicolás Andrés Romero Reeves
Introducción
Entre abril de 2023 y agosto de 2024, la general de cuatro estrellas Laura Richardson, comandante del Comando Sur de Estados Unidos (Southcom), visitó Chile al menos en tres ocasiones. La frecuencia no es menor: se trata de una densidad de visitas poco habitual en la historia del Southcom. Sus pasos recorrieron desde el edificio del Ministerio de Defensa en Santiago hasta Punta Arenas, desde reuniones con la ministra de Defensa Maya Fernández hasta sobrevuelos del Estrecho de Magallanes.
Paralelamente, desde Washington emergía un discurso estratégico que parecía marcar una ruptura: la administración Trump rebautizó la doctrina Monroe como «Doctrina Donroe», con el objetivo declarado de restaurar la primacía estadounidense en el hemisferio occidental y expulsar la influencia de China y Rusia. En enero de 2026, la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas especiales estadounidenses marcó el paso de la retórica a la acción.
La pregunta central de este artículo es si existe una ruptura entre ambos momentos o si, por el contrario, la «Doctrina Donroe» representa la continuidad —radicalizada y explicitada— de la estrategia que Richardson ya delineaba durante el gobierno demócrata de Joe Biden.
La tesis que sostengo es la siguiente: la lógica profunda de la política hemisférica de Estados Unidos no cambió entre la era Richardson y la Doctrina Donroe. Lo que cambió fue el tono, la intensidad y la disposición a actuar unilateralmente. Esta continuidad se articula en tres ejes: (i) la securitización de la presencia china en América Latina, independientemente de su naturaleza comercial, tecnológica o infrastructural; (ii) la redefinición del Cono Sur —Patagonia, Estrecho de Magallanes y Antártida— como nodo geográfico crítico para la seguridad nacional estadounidense; y (iii) la integración de los países latinoamericanos en el marco estratégico de Washington mediante cooperación militar, con independencia del signo ideológico de sus gobiernos.
El caso chileno bajo el gobierno de Gabriel Boric resulta especialmente revelador: un gobierno que se reclama del «progresismo globalista» no solo no ha frenado la cooperación militar con Estados Unidos, sino que la ha profundizado.
I. La era Richardson: preparación del terreno estratégico
La frecuencia y la geografía de las visitas
La densidad de las visitas de Richardson a Chile es un dato significativo por sí mismo. En abril de 2023, realizó su primera visita a la Región de Magallanes y Antártica Chilena. Se trasladó a Punta Arenas para conocer las capacidades de la Armada de Chile en el Teatro de Operaciones Austral Conjunto. Sostuvo reuniones con funcionarios del Ministerio de Defensa Nacional y discutió la importancia estratégica de la Antártida. Participó además en la inauguración del ejercicio Fused Response 2023 en la Brigada de Operaciones Especiales (BOE) Lautaro.
En junio de 2024, efectuó su tercera visita a Chile como comandante del Southcom. En Santiago se reunió con la ministra de Defensa Maya Fernández Allende y con el jefe del Estado Mayor Conjunto, almirante Pablo Niemann Figari. Visitó la Fuerza Aérea de Chile (FACH) para interiorizarse sobre el Programa Espacial Nacional. Participó en un panel sobre el despliegue Southern Seas 2024 junto al secretario de la Marina de Estados Unidos, Carlos Del Toro.
En agosto de 2024, regresó a Chile para participar en la Conferencia Sudamericana de Defensa (Southdec 2024) en Santiago, acompañada por el general Charles Q. Brown, presidente del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos. En ese marco se reunió nuevamente con la ministra Fernández y el vicealmirante Niemann.
Esta secuencia no es casual. La recurrencia de las visitas, la elección de los lugares —Magallanes, la FACH, el Desierto de Atacama— y la coincidencia con ejercicios militares conjuntos configuran un patrón claro: Chile se ha convertido en un punto de anclaje de la estrategia estadounidense en el Cono Sur.
El discurso: recursos, competencia y securitización
El discurso público de Richardson construyó un marco narrativo preciso. En una entrevista concedida al Atlantic Council —think tank vinculado a la OTAN—, enumeró las razones por las cuales América Latina es estratégica para Estados Unidos. Mencionó explícitamente el «Triángulo del Litio», zona que comparten Argentina, Bolivia y Chile, y afirmó que «el 60% del litio del mundo se encuentra en ese triángulo» y que este elemento es «necesario hoy en día para la tecnología». Destacó además que la región posee el 31% del agua dulce del mundo, las reservas de petróleo más grandes y recursos como cobre y oro. Concluyó: «esta región importa, ya que tiene mucho que ver con la seguridad nacional y tenemos que empezar nuestro juego».
Este pasaje merece un análisis detenido. Richardson no describe el litio, el agua dulce o el petróleo como «oportunidades comerciales» o «recursos de desarrollo». Los inscribe en el marco de la seguridad nacional. Se trata de una operación clásica de securitización: un tema que pertenece al ámbito económico o ambiental es redefinido como activo estratégico o amenaza existencial, lo que habilita la intervención de instrumentos militares.
Esta narrativa guarda una relación compleja con los gobiernos de izquierda de la región. En su discurso de Southdec 2024, Richardson advirtió repetidamente sobre la «infiltración» de «gobiernos comunistas autoritarios» —en alusión a China y Rusia— en América Latina. Su retórica fue calificada por sectores críticos como «discurso de guerra fría». Sin embargo, fue precisamente ese discurso el que proporcionó cobertura ideológica para que el gobierno de Boric acelerara la cooperación militar con Washington.
El «atlantismo de izquierda» del gobierno de Boric
El gobierno de Gabriel Boric suele ser clasificado como parte de la «ola progresista» latinoamericana. Sin embargo, en el ámbito de la defensa y la seguridad, la relación con Estados Unidos no solo no se ha distanciado, sino que se ha profundizado.
Un análisis de Les Cousins señala que en agosto de 2024, durante la visita de Richardson, se realizaron simultáneamente en territorio chileno dos ejercicios militares conjuntos: Southern Fenix 2024 (en el Desierto de Atacama, región rica en litio) y UNITAS LXV (ejercicio naval multinacional con sede en Chile). El análisis concluye: «esta visita, junto con la aceleración de la cooperación militar entre Chile y Estados Unidos, demuestra los límites geopolíticos del ‘izquierdismo’ liberal-progresista de Gabriel Boric».
Esta tensión entre retórica progresista y práctica atlantista revela una característica clave de la política hemisférica estadounidense: no requiere afinidad ideológica de los gobiernos latinoamericanos, solo requiere su alineamiento geoestratégico. La doctrina no exige que los gobiernos sean conservadores; exige que sean complacientes con los intereses estratégicos de Washington.
II. La Doctrina Donroe: ¿ruptura o radicalización?
De Monroe a Donroe
En enero de 2026, Trump declaró a la prensa desde el Air Force One: «La Doctrina Monroe es muy importante, pero la hemos superado con creces. Ahora la llaman la ‘Doctrina Donroe'». La declaración se produjo tras la captura de Maduro por fuerzas especiales estadounidenses, marcando un punto de inflexión discursivo en la política latinoamericana de Washington.
Los elementos centrales de la Doctrina Donroe son: (i) la declaración explícita de la «primacía» estadounidense en el hemisferio occidental; (ii) la definición de la presencia china y rusa en América Latina como amenaza a los «intereses vitales» de Estados Unidos; (iii) el uso de la fuerza militar unilateral como herramienta privilegiada de ejecución, por encima de los mecanismos multilaterales o la negociación diplomática. A diferencia de la doctrina Monroe original, cuyo destinatario eran las potencias coloniales europeas, la Donroe apunta explícitamente a China y Rusia.
Tres evidencias de continuidad
Si se examina la Doctrina Donroe en una perspectiva de mayor duración, las continuidades con la estrategia de Richardson se vuelven evidentes.
Primera: la securitización de China es compartida. Richardson ya en 2023-2024 describía la presencia china en América Latina como «infiltración» y «amenaza». La administración Trump simplemente llevó esa narrativa a su conclusión lógica: de la «advertencia» a la «exclusión» activa. Como señalan los análisis, la «Doctrina Donroe» comparte con la Monroe el «núcleo estratégico» —asegurar la primacía estadounidense en el hemisferio— y solo cambia los «medios de implementación y el estilo de acción».
Segunda: la continuidad institucional del Southcom. El nombramiento de Alvin Holsey como sucesor de Richardson al frente del Southcom garantizó la continuidad de la línea estratégica. En la conferencia Southdec25 de agosto de 2025, Holsey repitió casi literalmente el guion de Richardson. Advirtió sobre la presencia china en el «Cono Sur» y señaló específicamente que «el Estrecho de Magallanes y el Pasaje de Drake, como cuellos de botella estratégicos, podrían ser utilizados por el Partido Comunista Chino para proyectar poder, interrumpir el comercio, desafiar nuestra soberanía nacional o la neutralidad de la Antártida». El diagnóstico es idéntico; solo la urgencia del tono se ha incrementado.
Tercera: la confirmación y profundización del Cono Sur como zona estratégica. Richardson ya en 2023 había enfatizado la «importancia estratégica» de la Antártida desde Punta Arenas. Para 2025-2026, esa preocupación se ha materializado en acciones concretas: el Congreso estadounidense debate una propuesta para establecer una base militar en Ushuaia, con el argumento de que «el continente austral es vital por sus recursos naturales y su posición geoestratégica». La ambición declarada de Trump sobre Groenlandia proporciona además una plantilla para extender la misma lógica a la Antártida. Como se preguntaba un análisis del Australian Institute of International Affairs: «Si Washington considera seriamente el control estratégico en el Ártico, ¿por qué no extenderlo a la Antártida?»
Patagonia, Magallanes y Antártida: el retorno de la geografía crítica
El Estrecho de Magallanes como «cuello de botella estratégico»
La declaración de Holsey en 2025 definió el Estrecho de Magallanes y el Pasaje de Drake como «cuellos de botella estratégicos» que China podría utilizar para «proyectar poder, interrumpir el comercio, desafiar nuestra soberanía nacional o la neutralidad de la Antártida».
Esta formulación requiere ser leída con cuidado. Contiene un salto lógico fundamental: la presencia comercial china en las proximidades de estas rutas (puertos, logística, investigación científica) es equiparada a una «capacidad de control» sobre ellas. Este salto es el mecanismo central de la securitización. No se necesita demostrar que China tiene intenciones militares; basta con producir una percepción de posibilidad para justificar medidas «preventivas» estadounidenses.
Históricamente, el Estrecho de Magallanes como alternativa al Canal de Panamá ha sido objeto de atención estratégica estadounidense en momentos de crisis. En el contexto actual de fragilidad de las cadenas de suministro globales, esa atención se ha reactivado.
La Antártida: ¿de «zona de paz» a «zona de contención»?
El estatus legal de la Antártida está definido por el Tratado Antártico de 1959, que la designa como «zona de paz», prohíbe las actividades militares y congela las reclamaciones territoriales. Estados Unidos es parte original del tratado y uno de sus principales garantes.
Sin embargo, este régimen enfrenta presiones crecientes. La ambición territorial declarada de Trump sobre Groenlandia rompió un tabú de la posguerra. Un análisis de Americas Quarterly señala: «en un mundo donde el orden basado en reglas se desmorona por acciones unilaterales, la pregunta de si este acuerdo de caballeros puede sobrevivir se vuelve cada vez más urgente».
Más relevante aún: en el ámbito estratégico estadounidense comienza a aparecer un marco que integra la Antártida en la «seguridad hemisférica». Este marco tiene raíces históricas en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) de 1947, que incorporó el sector antártico entre los meridianos 24° y 90° Oeste a la zona de seguridad americana. Si la «Antártida sudamericana» es considerada una «extensión» del sistema de seguridad hemisférico, el estatus de «refugio neutral» de la Antártida podría ser redefinido como «zona de contención» frente a China y Rusia.
La insistencia de Richardson en la «importancia estratégica» de la Antártida durante su visita a Punta Arenas en 2023 ya había preparado el terreno para este giro discursivo. Para 2026, el lanzamiento del programa Fulbright de intercambio científico antártico —presentado como cooperación científica— ilustra la ambigüedad: como señalan los análisis, «las estaciones de investigación recopilan datos climáticos… pero también establecen infraestructura logística, aseguran presencia a largo plazo y acumulan experiencia técnica para operar en entornos extremos». La frontera entre ciencia y geopolítica nunca ha sido clara en la Antártida.
La posición de Chile
Para Chile, este giro estratégico tiene implicaciones directas. Punta Arenas es una de las principales puertas de entrada logísticas a la Antártida, y el Estrecho de Magallanes se encuentra íntegramente dentro de aguas territoriales y la Zona Económica Exclusiva chilenas. Cualquier esfuerzo externo por «securitizar» esta región implica necesariamente una presión sobre la soberanía y la autonomía estratégica de Chile.
Los informes de 2025 muestran que la presión estadounidense sobre Chile ya ha producido consecuencias concretas: el gobierno de Boric suspendió un proyecto astronómico chino en la Región de Antofagasta, citando preocupaciones estadounidenses sobre «el impacto estratégico potencial de la iniciativa». Este episodio revela la posición vulnerable de Chile en la competencia sino-estadounidense: incluso un gobierno que se proclama «progresista» difícilmente puede resistir completamente la presión estratégica de Washington.
La comparación entre la estrategia del Southcom en la era Richardson y la Doctrina Donroe de Trump permite extraer una conclusión clara: las continuidades de la política hemisférica estadounidense superan ampliamente sus rupturas aparentes. Lo que cambió fue el estilo y la intensidad —de «advertir sobre la infiltración china» a «capturar a Maduro»; de «discutir la importancia estratégica» a «impulsar bases militares»—, pero la lógica de fondo permanece: asegurar el control estadounidense sobre los nodos geográficos críticos y los recursos estratégicos del hemisferio occidental, excluyendo a cualquier potencia percibida como competidora.
Esta continuidad tiene consecuencias importantes para comprender la situación de Chile y el Cono Sur. La retórica «progresista» del gobierno de Boric no ha alterado la trayectoria de cooperación sustantiva de Chile con Estados Unidos en materia de seguridad. Las visitas reiteradas de Richardson, la realización de ejercicios militares conjuntos y la participación chilena en marcos liderados por Washington como Southdec demuestran que Estados Unidos no necesita afinidad ideológica de los gobiernos latinoamericanos, solo necesita su complacencia geoestratégica. Y el precio de esa «complacencia», en el caso del Estrecho de Magallanes y la Antártida, puede ser una erosión de largo plazo de la soberanía y la autonomía estratégica de Chile.
La llegada de la Doctrina Donroe no es tanto una negación de la política de la era Richardson como su explicitación y radicalización. La cuestión no es si esta doctrina es «nueva», sino si los países latinoamericanos —incluida Chile— tienen la voluntad y la capacidad de resistir la extensión continua de su lógica.
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Por Revista De Frente.