Una sinergia necesaria como acción antifascista en tiempos de disputa y transformación del poder

La alicaída moral y la pérdida de esperanzas en los cambios, el rechazo a la tradicionalidad de los partidos políticos, la traición de la izquierda a las clases populares amando un binominal que le otorgó estatus al alero de obscuros acuerdos que durmieron por años solapados en las cúpulas del poder. Una serie de factores que suman ausencias en las votaciones, una democracia condicionada, burguesa y alejada de la realidad de los chilenos y chilenas.

 

¿Para qué ir a votar? Si no sirve de nada. Pregunta y aseveración constante en conversaciones de aquellos que se sienten ajenos a la política y no existe lugar a dudas en que en parte tienen razón, pero, sin embargo, la carencia de comprensión de los alcances de la política es una necesidad que reina por sobre la pregunta y por sobre la aseveración.

 

Me atrevo a decir que la revuelta social cosechó unión cívica y proletaria, más allá de los resultados electorales propiciados por un cuestionado “acuerdo por la paz” en donde la ganada institucional merma los verdaderos aprendizajes, existe una mayor cohesión entre las clases populares, la propagación de los cabildos y asambleas territoriales que se instaló como un modelo organizativo que se encontraba perdido en las memorias, verse y abrazarse, conocer a los vecinos, llevarle comida a la vecina enferma, ayudar a organizar un modesto cumpleaños a un niño perteneciente a una familia de escasos recursos, fue uno de los tantos gestos que se dieron fundados con cariño en el marco de la extensión de la conciencia.

 

El oportuno acecho de la pandemia y las medidas del gobierno nos alejó de ese incipiente proceso organizativo y popular, pasando a sufrir con la muerte, se instaló el extrañar besarnos y abrazarnos fuerte, pero cada momento sufrido, debe no solo recordarse, sino también reconstruirse, porque, así como volvieron las ollas comunes, también puede volver la organización e instalarse a construir la verdadera política social, desde la conversación, desde el sentir y el pesar, porque aquellos que se fueron con la pandemia pudieron estar, si el sistema de salud no fuera desigual, con salud para pobres y salud para ricos, con muros divisorios que están condicionados al alcance del dinero.

 

Cuando se mira al lado queriendo chutear nuestras culpas y responsabilidades, debemos considerar que también nos hemos alejado de los procesos sociales que deben establecer las bases ciudadanas que facultan nuestros derechos a través de la organización territorial, porque no costó mucho darnos cuenta que un empresario no fue mejor presidente porque sabía de economía, que los tecnócratas con sus abultados estudios no le solucionaron los problemas a la “Juanita”, que el SII cerró el negocio de la esquina porque no dio la boleta pero por el lado los millones desfilaron en desfalcos al Estado, mientras quienes ostentan el poder reprimieron las justas demandas gastando millones para ese fin y te negaron la oportuna ayuda para no caer en la desgracia. Eran ellos quienes estaban llamados a administrar nuestros impuestos y servir a la ciudadanía, pero miraron al horizonte callando e instalando la impunidad.

 

No da lo mismo quién gobierne y no da lo mismo elegir callar ante la injusticia, no da lo mismo porque aunque tengas que levantarte cada día a trabajar y buscar el sustento, ya no solo se trata de personas individuales, ni de cargas personales, la cosecha de valores y de amor expresadas en la revuelta deben reconstruirse como valores intransables que se deben llevar en el pecho con orgullo, levantarnos y desayunar la empatía, sentir, aunque cueste, el abrazo de la esperanza y el calor del recuerdo de aquellos que se fueron.

 

Porque no se trata solo de ti o de mí, se trata de los que vendrán, de los viejos que ya lo han pasado mal, de ver que nuestro pasado ha sido duro para miles de personas y aunque no hayas vivido la dictadura y la arrogancia a veces nos juegue en contra, existió, fue real y mató y desapareció a miles de personas. Porque al fascismo no se le debe dar espacio, es que debemos levantarnos a votar, pero usando el voto como la cuota de inicio de un proceso de cambio, porque el problema también radica en votar, irnos y olvidarnos, someternos a la periodicidad de elegir y la creencia de que la democracia se construye con un lápiz y no con acciones concretas fundadas en la organización y la educación.

 

Votar y organizar, avanzar y no retroceder, una sinergia necesaria como acción antifascista en tiempos de disputa y transformación del poder.

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