Taroa Zúñiga Silva: En Chile se persigue a la migración en general

Taroa Zúñiga es una Militante feminista. Forma parte del comité coordinador de Argos: Observatorio Internacional de Migraciones y Derechos Humanos, capítulo Chile. Actualmente es Coordinadora de Medios en español de Globetrotters.

—¿Por qué esa persecución a los inmigrantes venezolanos en Chile?

—Primero que nada, creo que hay que “desvenezolanizar” el análisis del accionar del Estado chileno contra los y las migrantes, porque acá no se persigue exclusivamente a la migración venezolana, se persigue a la migración en general, pero se mediatiza lo que pasa con las personas que vienen desde Venezuela como una excusa para atacar al Gobierno Bolivariano. Es una instrumentalización política burda de la migración: nadie habla de la guerra que empuja a migrar al pueblo colombiano o del saqueo constante que ha empobrecido y obligado a migrar al pueblo haitiano, por ejemplo. Son migraciones invisibilizadas, e igual de atropelladas.

Lo que se vive acá es un rechazo, bastante generalizado, lamentablemente, a la migración. Para entender por qué sucede esto habría que distinguir dos condicionamientos básicos desde los que reacciona la sociedad civil: primero, algo que tiene que ver con una de las bases estructurales de esta sociedad, que es la noción de competencia, inculcada desde la infancia. Chile es el país de América Latina con más altas tasas de estrés y medicación infantil. Esta forma de educar para el capitalismo inserta, desde la infancia, la necesidad de “ganarle” al otro. En segundo lugar, sumas la carencia de seguridad social, un sistema de salud prácticamente privatizado, educación privatizada, jubilaciones insuficientes, etc. El resultado de todo esto es una sociedad salvajemente competitiva y absolutamente insegura de su posibilidad de supervivencia.

A este caldo de cultivo se le agrega el discurso mediático (repetido infinitamente, con formas que oscilan entre lo literal y la acusación “indirecta”) de que los y las migrantes vienen a robarte el trabajo, a atentar contra tu seguridad, a diseminar el covid, e incluso a “robarte” la pareja (hace un par de años hubo una marcha contra “las roba marido”). Con esta combinación logras un “sentido común” que rechaza, con mucha facilidad, a las personas migrantes.

Como si todo lo enumerado no fuera suficiente, se suma un accionar gubernamental absolutamente antimigración: se acaba de aprobar una nueva Ley de Migraciones que atenta directamente contra el derecho migrar, se realizan expulsiones masivas (e ilegales, como todas las expulsiones masivas), detenciones y allanamientos arbitrarios, etc. Los cuerpos represivos del Estado actúan amparados en esta xenofobia institucional: hace un par de semanas un ciudadano haitiano, Louis Gentil, fue asesinado en plena vía pública por un carabinero (policía) que “confundió” lo que el hombre llevaba en la mano con un arma. No es el primer asesinato arbitrario de una persona migrante. Chile, además, viene arrastrando (desde la dictadura) un amplio historial de impunidad ante los crímenes de odio y atropellos a los derechos humanos.

Lo que vimos este fin de semana con el grupo de migrantes que acampaban en una plaza pública no es más que una escalada de un rechazo que se viene gestando desde hace muchos años. Los migrantes están cosechando el odio que se sembró durante los gobiernos de Sebastián Piñera y el modelo impuesto a partir de la dictadura.

Durante sus 32 años en Venezuela, ¿Cómo fue el trato que recibió?

—Yo llegué a Venezuela justo para El Caracazo, y tenía cinco años. No era, evidentemente, un “buen momento” para la sociedad venezolana. Había una crisis, social y económica. A pesar de esto, mi grupo familiar –mi padre y mi madre– fue integrado a la vida laboral y estudiantil, retomando lo que había sido truncado por la dictadura en Chile: mi madre terminó la carrera universitaria allá, mi padre pudo ejercer su profesión –ilustrador– en igualdad de condiciones con las personas “nacionales”. Yo hice la educación básica, universitaria y una buena parte de mi vida laboral con la misma igualdad de condiciones. Incluso, se nos dio nacionalidad venezolana. Mi caso no es particular. Lo resumiría en la respuesta que me dio una amiga argentina al preguntarle por qué nunca se había identificado como migrante en Venezuela: “La verdad”, dijo, “es que nunca me he sentido extranjera acá”.

Hay emigrantes políticos y emigrantes económicos. Cuando los chilenos emigraron fue por razones políticas, la llegada de Pinochet al poder; sin embargo, los que emigran de Venezuela es más por razones económicas. ¿Son distintos esos emigrantes?

—Creo que ese es uno de los puntos con los que más se ha manipulado e instrumentalizado el tema de la migración venezolana. Por supuesto que, visto desde el país de origen, son migraciones diferentes. Es diferente decidir migrar a no tener otra opción. Hay una diferencia entre ser exiliado y ser migrante. Los dolores que se arrastran son diferentes. No poder retornar a tu país de origen es diferente a no querer retornar. Las razones que llevaron a miles de chilenos y chilenas a abandonar Chile durante la dictadura militar son diferentes a las razones que han llevado a las personas venezolanas a migrar e intentar igualarlo, insisto, es una burda manipulación política.

Sin embargo, visto desde el país receptor, no debería haber diferencias en cuanto al trato y la acogida que se brinda a una persona que decide migrar. Cuando entramos en un debate sobre cómo han sido bienvenidos o no, atacados o no, los venezolanos (y cualquier migrante) por diferentes Estados, esto no tiene que ver con lo que pasa en Venezuela. Tiene que ver con una noción del derecho a migrar como un derecho humano, que no puede ser condicionado ni por género, ni por color de piel, ni por ideología política, ni por credo religioso o país de origen. Todas las migraciones son diferentes, pero todos los Estados deben proteger los derechos humanos de las personas que se encuentran en sus territorios, sea cual sea la razón de origen de la movilidad.

Y la mujer ante todas estas luchas, ¿Cómo es su participación política?

—Las mujeres han sido las principales movilizadoras y voceras de las acciones de solidaridad que se han organizado a partir de los atropellos. Son también quienes lideran la gran mayoría de organizaciones migrantes en Chile. Tienes que considerar que las mujeres migran más que los hombres, porque, generalmente, son quienes cumplen el rol de buscar mejores condiciones para hijos e hijas, sostener a la familia que queda en el país de origen, etc. Muchas migran para acompañar, a su vez, a sus hijas que tomaron la decisión de migrar. El tema de la migración está absolutamente atravesado por el tema de género: migramos más y nos organizamos más.

Ahora en Venezuela las mujeres marchan a favor de la despenalización del aborto, ¿estás de acuerdo con la despenalización del aborto?

—Por supuesto, y esto no se trata de un debate ético o moral, se trata de un tema de salud pública. Para las personas que podemos embarazarnos, el aborto siempre es una opción, esté penalizado o no. Las personas abortan y este es un hecho, no un debate. La penalización trae como consecuencia que abortemos en forma clandestina, en condiciones muchas veces insalubres y riesgosas para nuestra salud. Cuando la persona tiene más recursos, estos abortos se realizan en clínicas privadas, alimentando el bolsillo de quienes se lucran con la salud. En los países en que el aborto está despenalizado, no se aborta más, se aborta de forma segura. La despenalización es una deuda pendiente de la Revolución, y las calles invadidas de mujeres exigiéndolo demuestra que esto no es solo una deuda relacionada con la reivindicación de derechos, sino una necesidad urgente de las mujeres y niñas venezolanas, de los cuerpos gestantes en general.

Originalmente publicado en Ciudad CCS

Músico, abogado y defrentista. Vive en Peñalolén, Santiago.

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