«Socialismo y el Momento Constituyente» por Pedro Riquelme

Por Pedro Riquelme

¿Cómo deberían enfrentar quienes adhieren a las ideas del socialismo el proceso constituyente? La pregunta apunta a lo que Daniel Bensaid llamaba hipótesis estratégicas. Se trata, dicho brevemente, de hipótesis –tentativas, como toda hipótesis– en torno a cuál debiera ser el plan general que ordene la acción de un sujeto político por un periodo de tiempo determinado, de modo que las distintas tácticas, esto es, las líneas de acción particulares articuladas en un plan general, adquieran coherencia y una finalidad más o menos definida.

El planteamiento que quiero avanzar en este breve escrito es que las características del periodo nos invitan a adoptar una hipótesis estratégica que combine, siguiendo los planteamientos de Erik Olin Wright, la apuesta por prácticas intersticiales, esto es, aquellas que buscan crear nuevas instituciones en los márgenes de la sociedad capitalista, y prácticas simbióticas, o sea, aquellas que buscan “domar” el capitalismo a través de las instituciones del Estado. Se trata, como pretendo mostrar, de un planteamiento estratégico interesante para quienes adherimos a la tradición del socialismo desde abajo o del socialismo libertario, en tanto nos permite ordenar nuestra práctica política en un escenario hostil a las ideas socialistas, apostando por un proceso prolongado de guerra de posiciones en el cual las prácticas socialistas vayan ganando terreno poco a poco en un contexto hasta ahora inhóspito para las mismas.

Comencemos diciendo algunas palabras sobre qué significa eso de intersticial y simbiótico. Las prácticas intersticiales, muy vinculadas con diversas corrientes de la tradición libertaria, son todas aquellas que buscan erosionar las relaciones sociales capitalistas desde abajo. Ejemplos de ellas son la formación de cooperativas autogestionadas, redes de apoyo mutuo, etc. En el Chile actual existen numerosos movimientos, sobre todo feministas y ecologistas, que están intentando, con mayor o meno éxito, levantar alternativas de este tipo. Lo más interesante, me parece, es que más allá del éxito actual de tales iniciativas, la forma en que está articulado el capitalismo hoy en día hace que este tipo de prácticas sea ineludible para todes aquelles que busquen enfrentarlo. Pensemos, por ejemplo, en la magnitud del desempleo estructural y del trabajo informal y precario que existe en nuestro país. En un escenario como éste, las prácticas tradicionales del movimiento obrero –la lucha sindical, las huelgas, etc.– son impracticables para grandes sectores de la clase trabajadora que no pueden integrarse al mercado laboral. ¿Qué tipo de agencia política pueden desarrollar estos sectores que el capitalismo trata como población sobrante? Algunas pistas las podemos encontrar en el movimiento piquetero argentino.

El movimiento piquetero, sobre todo en su periodo de mayor actividad autónoma, desarrollaron una serie de prácticas, tales como la creación de cooperativas, comedores populares, centros de educación popular, etc. Estas iniciativas, con todos sus límites, buscan crear, desde abajo y muchas veces a través de prácticas conscientemente prefigurativas, relaciones sociales alternativas a las propias de una sociedad capitalista.

Se trata, sin duda, de una experiencia con límites que deben ser cuidadosamente estudiados. Uno de ellos, sin duda, es el nexo, muchas veces clientelar y lleno de prácticas de corrupción, que el Estado estableció para canalizar las demandas piqueteras, sobre todo después del ascenso del kichnerismo al poder del Estado. Esto nos conduce a nuestra segunda cuestión: las prácticas simbióticas. Se trata de todas las políticas que buscan, a través de reformas a las instituciones del estado, “domar” al capitalismo. La idea de garantizar derechos sociales a través de las instituciones del Estado, por ejemplo, sigue una lógica de este tipo. En este sentido, gran parte las demandas de los movimientos sociales, antes y después del estallido, fueron, y siguen siendo, demandas simbióticas.

La hipótesis estratégica que sugiero, siguiendo el planteamiento de Erik Olin Wright, es que debemos pensar un programa político teniendo como objetivo erosionar, a través de prácticas intersticiales facilitadas por políticas simbióticas, las relaciones capitalistas en un marco institucional más favorable para el surgimiento y mantenimiento de prácticas socialistas desarrolladas desde abajo.

Para clarificar esto veamos un ejemplo. Lo que voy a decir, es importante destacarlo, es absolutamente tentativo y persigue un objetivo meramente ilustrativo, pues determinar su precisión requeriría información empírica que no tengo disponible. Una idea que está ganando terreno en las filas de la izquierda es la renta básica universal (RBU). Se trata de una suma de dinero entregada, incondicionalmente, a todes les ciudadanes de un Estado, esto es, sin importar su nivel de ingresos, si está o no trabajando, etc. Una de las razones en favor de la RBU es que dota a les trabajadores de mayor poder de negociación, pues les ubica en una posición en la cual no están obligades a aceptar cualquier trabajo, por muy precario que sea. Muy relacionado con ello, y fundamental para nuestros fines, es que una RBU podría permitir que el contexto en el que se desarrollan las prácticas intersticiales sea menos hostil. Por ejemplo, si les trabajadores no tienen que aceptar cualquier oferta de trabajo, es mucho más factible que puedan, a través de la acción colectiva, agruparse y formar empresas cooperativas autogestionadas. Al mismo tiempo, si las mujeres que hoy en día dependen, por diversos mecanismos del patriarcado, de los ingresos de sus esposos para vivir, recibieran una RBU podrían dejar las relaciones de dominación a las que están sometidas y podrían crear, nuevamente a través de la acción colectiva, organizaciones feministas de diverso tipo en las cuales desarrollar relaciones sociales más libres.

Lo que tenemos, entonces, es que la promoción de una RBU, que es una práctica simbiótica, pues es una política pública impulsada desde el Estado, puede tener como efecto generar un escenario más favorable para el surgimiento y desarrollo de prácticas socialistas intersticiales.

Se trata sólo de un ejemplo, pero que sirve para ilustrar la forma en que pueden imbricar estas dos formas de lucha política. Lo que quiero tratar ahora es que la hipótesis estratégica que estoy sugiriendo, si bien es una apuesta a largo plazo, tiene una aplicación especial en el actual proceso constituyente. Estamos en una coyuntura única, en la cual, por primera vez en nuestra historia, podremos disputar algunos de los términos a través de los cuales se regulan las relaciones sociales. Me parece que es muy importante, como ha sido destacado por muches, abogar por garantizar derechos sociales, por desprivatizar los recursos naturales, etc., pero esto no agota, ni de lejos, lo que les socialistes deberíamos promover. La apuesta del socialismo debe ser crear, desde abajo, relaciones sociales que escapen de las dinámicas perversas a las que nos tiene acostumbrada la sociedad capitalista, para lo cual nunca debe perderse de vista la lucha por el fomento de prácticas intersticiales que, por muy pequeñas que parezcan, contribuyen a crear una nueva sociedad desde las entrañas de la vieja.

Un comentario para terminar: Robert Nozick, autor de una de las defensas más conocidas del liberalismo libertario de derecha, decía que nada impide que en una sociedad capitalista quienes adhieran a las ideas socialistas fomenten, a través de acuerdos voluntarios –por ejemplo, usando los fondos de los sindicatos– el control obrero de las empresas. El problema, como muches le han respondido, es que la sociedad capitalista no es un marco favorable para el despliegue de tales intentos. La apuesta de un proyecto socialista libertario que hiciera suya la hipótesis estratégica que he sugerido acá es, justamente, que, lo que para Nozick es posible en las sociedades capitalistas, sea cada vez más plausible.

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