TOP

«Retiro de pensiones de gracia 18-O: Una nueva infamia al Roto Chileno» por Ricardo Balladares

«Es innegable que estos hombres y mujeres desempeñaron un papel crucial en la movilización de un proceso de cambio significativo en la subjetividad de chilenos y chilenas, sentando las bases para el debate constitucional y la posterior elección de Gabriel Boric como presidente, así como de un importante contingente de nuevos representantes de izquierda y de centro en el Congreso.»

Por: Ricardo Balladares Castilla

En los comienzos de cada gran convulsión social o bélica, son las voces del pueblo, aquellas provenientes de las clases populares, las que resuenan con ecos de cambio, justicia y esperanza. Ellos y ellas conforman la vanguardia de los movimientos y la carne de cañón de las guerras oligarcas. Ellos y ellas son siempre la primera línea. Son los rostros y los cuerpos que cargan el peso del sacrificio y la promesa de un futuro mejor. No obstante, una vez que la turbulencia cede y las metas parecen alcanzadas, la realidad toma un giro sombrío: aquellos que fueron elevados como héroes son rápidamente despojados de su gloria y relegados al olvido o, peor aún, al desprecio y el deshonor. Este fenómeno no es ajeno a Chile, nuestra historia es testimonio vivo de esta dolorosa y vergonzosa verdad nacional.

Por ejemplo, a finales del siglo XIX, el llamado Roto Chileno, término que personificaba al peón o gañán chileno, ni siquiera ciudadano, fue alzado como un ícono de la ocupación y la valentía en el contexto de la Guerra Confederación Perú-Bolivia y la Guerra del Pacífico. Eran hombres y, a veces, también mujeres, de extracción humilde que se convirtieron en la fuerza motriz detrás de una victoria que redefiniría las fronteras y la fortuna de la nación. Pero, en la postguerra, aquellos que debieron ser honrados como los artífices de un nuevo Chile fueron abandonados y vilipendiados por la misma elite que había sacado provecho de su coraje y su sufrimiento. La oligarquía chilena, triunfante y ensalzada, optó por la amnesia colectiva en lugar de la gratitud, relegando a los veteranos a un segundo plano de miseria y marginación.

De forma análoga, en pleno siglo XXI, Chile se vio sacudido por el Estallido Social de octubre de 2019. Una vez más, fueron las clases populares las que se levantaron, esta vez con violencia inusitada, contra la desigualdad y la injusticia social, constituyendo lo que se conocería como la Primera Línea en las protestas. Estos hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, enfrentaron la violencia de la exclusión y la desigualdad con violencia material como modo de ser escuchados y atendidos. Es innegable que estos hombres y mujeres desempeñaron un papel crucial en la movilización de un proceso de cambio significativo en la subjetividad de chilenos y chilenas, sentando las bases para el debate constitucional y la posterior elección de Gabriel Boric como presidente, así como de un importante contingente de nuevos representantes de izquierda y de centro en el Congreso.

Sin embargo, esta realidad no tardó en tornarse agridulce. Los mismos que fueron aclamados como héroes del cambio, ahora son estigmatizados y acusados de ser meros agitadores violentos. La ironía está servida en una bandeja de ingratitud, dado que la violencia que hoy se condena fue la chispa que encendió la renovación política que muchos celebran. Esta contradicción es palpable cuando hoy se considera la propuesta de retirar las pensiones de gracia a aquellos que fueron víctimas de violaciones a los derechos humanos.

La memoria selectiva de la sociedad y sus élites muestra su faz más perversa en este abandono sistemático. Es un ciclo vicioso donde la violencia, enmarcada en la lucha por el cambio social y político, es primero utilizada y luego condenada por aquellos que se benefician de los frutos del conflicto, pero que no desean asociarse con sus costos humanos y morales. La radicalización de la política chilena, que vio en la violencia del pueblo un legítimo clamor por justicia, ahora parece querer distanciarse de la sangre y el fuego que le dieron vida.

La historia de Chile, en este sentido, se convierte en un espejo de una problemática constante, donde los sacrificios de los más desfavorecidos son instrumentalizados por aquellos que sean alcanzar posiciones de poder y que, tras alcanzar sus objetivos, optan por la amnesia, el desmarque y la estigmatización en lugar de la reparación y el reconocimiento.

Es imperativo reflexionar sobre esta dinámica recurrente para no solo comprender mejor los desafíos actuales de la justicia social y de la política transformativa, sino también para reconocer la valentía, la resiliencia y el derecho al reconocimiento de quienes han sido la verdadera fuerza propulsora detrás del cambio histórico. El desafío radica en cómo la sociedad, incluidas las nuevas generaciones de líderes políticos y los ciudadanos comunes, puede romper con este ciclo de uso y abandono y garantizar que los sacrificios no sean en vano.

La condena a la violencia como método de cambio social es una posición válida y comprensible. Sin embargo, debe ir acompañada de un análisis crítico de las estructuras de poder que provocan y perpetúan las condiciones que hacen que la violencia parezca la única opción viable para ciertos sectores de la población. Además, si se debe avanzar hacia la sanación y la integración postconflicto, se requiere un esfuerzo concertado para evitar el desprecio hacia aquellos que han pagado el precio más alto en la búsqueda de la justicia social.

En resumen, la historia de los veteranos de la Guerra del Pacífico y los manifestantes del Estallido Social son recordatorios vigentes de una deuda pendiente, de una cicatriz en el alma colectiva que demanda ser reconocida y honrada. El desafío para Chile, y para cualquier sociedad que enfrente transformaciones similares, es aprender de estas lecciones y avanzar hacia un futuro donde los héroes y heroínas de la clase popular no sean olvidados una vez que las cámaras se apagan y las plazas se vacían. En lugar de vilipendiar, es tiempo de valorar y mantener la compensación debida a aquellos cuyo sacrificio ha sido la semilla de los cambios que todos anhelamos. Porque algo está claro, muchos y muchas no estarían en sus actuales asientos si no fuera por la violencia desatada, ojos mutilados, vidas perdidas y libertades canceladas.

Comparte tu opinión o comentario