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“O el asilo contra la opresión La obra de Alejandra Matus» Por: Mónica Barrios Calleja

«Es grotesco transitar desde la Miami de turismo de lujo y del real estate financiero, hacia la excelencia de Harvard, (como lo hizo Matus). Pero más aún, es surrealista observar que dentro de una estética de mucho látex y de un decaído ambiente de Bim-Bam-Bum, convivan: un Allende sin memoria; un Pinochet con una personalidad esquizo-psicopática que oscila entre el abuelito dime tú de Heidi y un victimario de derechos humanos que no se ha arrepentido (ni se arrepentirá); y una Lucia Hiriart que bien podría ser el demonio encarnado como femme fatale. A Lucía le temen todos, salvo el desmemoriado y enamoradizo Allende, y los agentes de la CIA y la KGB, que aún no la conocen, pero la conocerán.»

 

 

Por: Mónica Barrios Calleja

Definitivamente, en la obra (re)debut de Alejandra Matus no se sienten cómodos quienes aún, alborotadamente, insisten en defender que Chile tiene un cielo azulado y un mar que tranquilo le baña; pues como viven en su propia copia, feliz y esplendorosa de un Edén jamás vencido, no advierten que el campo de flores bordado sólo está en las arpilleras de mujeres pobladoras, que recogiendo retazo a retazo los rastrojos de este país, lo remendaron en coloridas escenas donde lo cotidiano se enmaraña con lo político contingente.

Así, la obra de Matus emerge como un collage, como una arpillera escénica, cuya dramaturgia se articula a la perfección sólo si se la considera como un buen pebre cuchareado, donde son infaltables unos tomates bien maduros (como la trayectoria investigativa de Matus), y mucha cebollita bien picada y por lo tanto bien llorada, (como nuestra historia reciente), pero que ya puesta en el platito de greda inspira ese negro y pícaro humor chileno. Siempre hay alguien que tira la talla: ¿pico para uno o pico para todos?, refiriéndose por supuesto, a la infaltable mata de cilantro que incorporarán Los Contadores Auditores. La cantidad precisa de ajo, sal, y pimienta queda a cargo del elenco y equipo técnico, faltándole, a ratos, un poquito de sal.

Por su parte, para bien o para mal los actores jóvenes aportan con unas gotitas de limón aún verde, y por lo tanto un poco ácido al gusto. Y un pajarito me contó que estos jovencitos querían pebre con aceite de oliva, pues como buenos hijos del Chile postconcertacionista, que sólo sabe de ese vaivén Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera, y ahora Boric, no conocían el aceite vegetal de luca y media. Por último, por supuesto que el ají cacho de cabra lo trae Natalia Valdebenito.

Como todos hemos jurado que la tumba será de los libres, situación que por supuesto en un estado post mortem no es posible para Pinochet ni para Lucía, (y para algunos/muchos, tampoco para Allende), la única opción que queda es el «Asilo contra la opresión»; y como la obra completa es una concatenación de absurdos, qué mejor que todo acontezca en una casa de reposo en Miami, ciudad-símbolo de la puesta en escena, de la cultura de mall-pop, y objeto de deseo para muchos latinoamericanos aspiracionales, sobre todo de los que niegan revoluciones.

Es grotesco transitar desde la Miami de turismo de lujo y del real estate financiero, hacia la excelencia de Harvard, (como lo hizo Matus). Pero más aún, es surrealista observar que dentro de una estética de mucho látex y de un decaído ambiente de Bim-Bam-Bum, convivan: un Allende sin memoria; un Pinochet con una personalidad esquizo-psicopática que oscila entre el abuelito dime tú de Heidi y un victimario de derechos humanos que no se ha arrepentido (ni se arrepentirá); y una Lucia Hiriart que bien podría ser el demonio encarnado como femme fatale. A Lucía le temen todos, salvo el desmemoriado y enamoradizo Allende, y los agentes de la CIA y la KGB, que aún no la conocen, pero la conocerán.

La obra de las 17:00 hrs de la función del Sábado ¡26 de julio! comenzó baja: con un elenco de pseudocoristas temerosas, con decaída presencia escénica, baja energía, y un trabajo de movimiento que deja al espectador dudando si los directores lo querían así, o si aún el trabajo está inmaduro.

A ello se sumó un volumen deficiente de las voces, que impidió escuchar con nitidez a quienes estábamos en las últimas filas, las más económicas. Ello dificultó la comprensión inicial de la obra, que de por sí, entra sorpresivamente en una atmósfera inesperada para la mayoría de los espectadores. Ahora bien, sólo sugerimos un mejor calentamiento vocal previo a la función, o la utilización de micrófonos ambiente cuando la proyección de las voces no alcance todos los lugares de la sala. Aprovechamos de destacar que la utilización de efectos sonoros fue bastante buena, tanto técnicamente como su coherente inserción en la dramaturgia. En la obra, el sonido cumple un rol de importancia.

Pero todo cambia cuando ingresa Lucía, o Natalia, porque al principio son indiferenciables. No se sabe si estamos en Viña 2016 o en el GAM 2025. Pero esto se olvida pronto porque la energía de Lucia (o de Natalia) conduce a todo el elenco por el cauce de la dramaturgia de Matus. Ante el vozarrón y fuerza interpretativa de Valdebenito, al elenco no le queda más que sumarse.

Durante la obra, el público ríe, canta, aplaude, y también llora. Porque si el espectador en su imaginación se retrae a lo histórico, lo tragicómico rozará con la crueldad.

Como el espectador es quien completa la obra, y la escena está abarrotada de signos, símbolos, y capas de sentido; la situación es tal, que por ejemplo la actitud corporal de Allende está tan lejos de la de un político avezado, como el público lo está de formar filas en las FARC, EZLN, o donde Ud. imagine. Así, la corporalidad de Allende se resume en un tic nervioso, que puede interpretarse como una repetición de slogans vacíos, donde lo político deviene en performances que son mero simulacro, de igual modo que cuando, muchos de los espectadores presentes, sin lugar a dudas han cantado «El pueblo Unido» con voz militante en pecho de paloma, para luego irse tranquilamente a su casa a tomar Coca-Cola en vez de tomar el poder; o al menos votar de manera coherente, entre quien postula a la presidencia y quienes eligen como congresistas.

Espectadores provenientes de la periferia de las ciudades (y del sistema), que tuvieron la fortuna de poder pagar los $10.000 de la entrada más económica, podrían resentirse cuando observan que la dramaturgia de Matus es muy similar a la que es común en el típico grupo de teatro de la población, villa, o barrio, pero con las luces, efectos, sonido, y en fin, con los recursos del GAM. Sin duda, el resentimiento puede derivar en enfado y exasperación, si se piensa cuántas buenas obras jamás alcanzarán este nivel de producción. Para este tipo de espectadores, la dramaturgia de Matus recurre a conocidas fórmulas de pastiche, proyecciones, musicalización, y otras chimuchinas estéticas que sin embargo, asombran a la izquierda hipster-progresista.

Advertimos a aquellos espectadores que se autoperciben como más cultos, académicos, y quizás, (porque no tenemos pruebas pero tampoco dudas), a aquellos altos cargos de gobierno que asistieron a las funciones con la expectativa de vivenciar un teatro político clásico, que en nostálgico tono sepia motive a la reflexión, educación, y sensibilización de la chusma inconsciente… les anunciamos que quedarán profundamente decepcionados; pues el teatro de Matus se acerca más al teatro de Lemebel o de Andrés Pérez, pero en el actual contexto de Kidd Vooduu, de Pailita, y de otros referentes estéticos de erudita profundidad como el de «Mami te gusta poco». (No es broma, es en serio).

En este sentido, la autodescripción de «kitsch» le calza perfectamente a la obra, si consideramos que el término se popularizó a fines del siglo XIX para referirse a la mala manera en que las clases populares imitaban a las estéticas burguesas, pues carecían de los recursos necesarios, ya sea culturales, educacionales, o económicos. Sin embargo, en la obra sucede lo contrario, pues como la subversión inunda la puesta en escena, asistimos a una versión irónica del Kitch. No se trata de clases populares imitando a la burguesía, sino de una clase equivalente a la burguesía imitando a la estética popular, pero como dijimos, con los recursos del GAM, un sólido elenco, y un equipo técnico y dirección de calidad. El resultado: “un kitsch ‘deconstruido’ (XD)”, donde lo burdo es deliberado, y junto a lo grotesco constituyen potencia política transformadora.

Por último, (pues casi se nos queda en el tintero), Juan Gabriel, es decir: El Pueblo. Un personaje que es uno y múltiple a la vez; y que en última instancia, redime a la obra. (Felicitaciones al actor Germán Pinilla). Ante esto, los agentes de la CIA y la KGB, que sin lugar a dudas fueron formados en «Locademia de policía» o junto al «Super agente 86», (no sabemos si la caída de carnet es nuestra o de Matus), dejan el final abierto, como preludio de una próxima entrega o como metáfora de nuestra situación política actual.

Muchos desesperadamente preguntarán ¿por qué aparece Juan Gabriel?. ¿Por qué un mexicano?. ¿Por qué otro pastiche incomprensivo al estilo de la película Emilia Pérez?. Tranquilas, tranquilos, tranquiles: quienes plantean eso son los mismos que todavía repiten como mantra, que en los años 80 Don Francisco nos alienaba, olvidando que quienes pasamos cientos de sábados pegados a la televisión, fuimos también quienes votamos NO.

Cae el telón y los aplausos son numerosos. Los actores salen unas tres veces; los aplausos no cesan. Sube Alejandra Matus y la ovación crece.

Buena Obra. Esperamos las siguientes.

 

P.D. Por favor: ¿Cuándo dejarán de salir los actores trotando en filita a recibir los aplausos, como si en dos segundos pudieran desconectarse del personaje?. Allende no lo hizo así. Al menos, queda esa esperanza.

 

FICHA TÉCNICA

Dramaturga: Alejandra Matus | Dirección: Los Contadores Auditores | Elenco: Jaime Omeñaca, Natalia Valdebenito, Carlos Donoso, Carmen Disa Gutiérrez, Tatiana Molina, Germán Pinilla, Camila Le-Bert, Juan Pablo Larenas, Carla Casali, Handra Huequemán, Carlos Pacha Medina, Paula Magné Palacios, Francisca Ortiz | Diseñadora: Laurène Lemaitre | Diseño Sonoro: Felipe Martínez | Coreografías: Handra Huequemán y Paula Magné Palacios  Pelucas: Carla Casali  | Maquillaje/Caracterización: Rubén Aravena | Producción: Daniela Moraga | Iluminación: Rodrigo Burgos | Sonido: Christian Pérez | Tramoyas: Matias Trujillo y Viviana Araya.

Coproducción GAM, Teatro Biobío y Fundación Teatro a Mil.

Todas las fotos créditos a Foto: Patricio Melo /GAM.

Equipo editorial Revista De Frente

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