«Nuestro Ahora y Nuestro Mañana: Cuba ¿dictadura o democracia?» Por: Ricardo Balladares Castilla
«Este debate puede reproducirse incluso al interior de partidos comunistas o socialistas. Un militante que repite el lugar común de la «dictadura cubana» debe ser sujeto de un debate fraterno pero firme dentro del partido, basado en el estudio de la Revolución Cubana, el carácter del bloqueo y la teoría del Estado. Mucho de aquella visión es fruto de la intoxicación académica liberal, el relato mediático hegemónico y, sobre todo, por la presión política de las dirigencias socialdemócratas con su permanente amenaza de exclusión.»
Por: Ricardo Balladares Castilla
El artículo “Nuestro Ahora y Nuestro Mañana: Cuba ¿dictadura o democracia?”, de Ricardo Balladares Castilla, sostiene una tesis sin ambigüedades: el socialismo solo puede construirse con democracia popular, no dentro de la democracia liberal burguesa. Desde una lectura materialista del Estado, el autor afirma que la democracia liberal es un ritual vacío que preserva el poder del capital, mientras que el socialismo profundiza la democracia al transferir poder real a las mayorías organizadas.
En ese marco, Balladares plantea que Cuba no puede analizarse con los parámetros “neutrales” del liberalismo. La Isla vive bajo asedio permanente —bloqueo, agresiones y guerra prolongada—, lo que condiciona su sistema político. Cuba sería, constitucional y materialmente, una democracia socialista: organización de base, consultas populares y elecciones sin financiamiento del capital, con una defensa férrea de la soberanía frente a la agresión externa.
El texto cierra con implicancias tácticas para la izquierda chilena: unidad amplia para conquistas inmediatas, sin renunciar al horizonte socialista ni a la solidaridad antiimperialista. La alianza es táctica; la claridad estratégica es irrenunciable. Cuba aparece como trinchera y referencia viva de otra democracia, forjada en resistencia.
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¿Es posible construir socialismo con democracia popular? La respuesta, desde el vientre mismo de la historia acosada, es un sí que retumba. Pero ¿es posible construir socialismo en democracia liberal? La respuesta es no en seco. Esto no es un juego de palabras, es la praxis donde se funden la teoría revolucionaria, la experiencia concreta y la lucha feroz de clases a escala mundial.
La primera parte de la aseveración planteada es una reivindicación esencial. Sí, el socialismo es, por definición, la profundización radical de la democracia. Frente a él, la democracia liberal, reducida al ritual periódico del voto dentro de un marco de poder económico inmutable, es una cáscara vacía. El socialismo propone una democracia sustantiva, el poder popular (el demos real) tomando las riendas de los medios de producción, decidiendo el destino de la riqueza social, y ejerciendo soberanía sobre todos los aspectos de la vida política.
Pero aquí surge la segunda parte, aparentemente contradictoria. No es posible construir el socialismo dentro de las reglas de juego y las instituciones de la democracia liberal burguesa. ¿Por qué? Porque el Estado liberal burgués, con sus poderes legislativo, judicial y mediático, actúa esencialmente como un «comité ejecutivo» para preservar el orden capitalista. La historia reciente de América Latina, señalan, ofrece ejemplos de cómo proyectos reformistas o revolucionarios con respaldo electoral —como el de la Unidad Popular en Chile o el proceso bolivariano en Venezuela— enfrentaron golpes de Estado, sabotaje económico y presiones internacionales. La respuesta a cualquier proyecto emancipador es una reacción feroz que desnuda la esencia dictatorial tras la máscara liberal.
En tal sentido, la cuestión de si Cuba es una dictadura o una democracia no puede responderse con los diccionarios políticos del enemigo ni con las pautas de Torquemada. Exige un análisis de clase y una comprensión materialista de la historia. Desde esta visión, todo Estado es, en última instancia, la dictadura de una clase sobre otra.
Así visto, Cuba, entonces, vive bajo un estado de sitio permanente desde su Revolución. El bloqueo económico, la invasión fallida, los cientos de planes de atentado y la presión constante constituyen una fase de lo que Mao Zedong denominó guerra prolongada. En esa dinámica, su sistema político no puede analizarse con los parámetros de una normalidad burguesa.
Cuba es, constitucionalmente, la dictadura del proletariado, entendida como el poder organizado de la clase trabajadora para defender la revolución y socializar la riqueza. Su sistema es una democracia socialista, basada en organizaciones de base, consultas populares y elecciones sin financiamiento capitalista. El asedio forzó a la defensa férrea, a la unidad monolítica en momentos de peligro extremo y a un modelo político que priorizó la supervivencia frente a la agresión externa por encima de todas las cosas. Cuba no es una dictadura, pero sí es una trinchera en el sentido de la guerra prolongada. Es la otra democracia, una democracia popular forjada en la resistencia y la defensa de la soberanía nacional, popular y socialista.
Esta comprensión tiene implicaciones prácticas para las fuerzas de izquierda en otros contextos, como Chile. Aquí surge la cuestión de las alianzas con sectores que, afectados o movilizados por las mismas injusticias, pueden simultáneamente criticar al gobierno cubano tildándolo de dictatorial. En este contexto, la estrategia marxista en la guerra prolongada exige inteligencia táctica. Es posible y urgente tejer un amplio arco de fuerzas para luchar en defensa inmediata de conquistas como el salario mínimo, las 40 horas, los derechos de las mujeres, la propiedad pública del litio o la mejora en las pensiones. En estas trincheras de la necesidad debemos marchar obligados con quienes pueden dudar de Cuba.
Sin embargo, esta alianza debe ser un campo de disputa ideológica permanente. Los comunistas y socialistas marxistas no pueden diluir su proyecto histórico ni renunciar a su programa máximo: El Socialismo. La clave es poder diferenciar entre la unidad táctica por objetivos concretos y la claridad estratégica. Podemos coincidir en la lucha contra la oligarquía conservadora chilena y el capital transnacional, estableciendo acuerdos delimitados, sin que nuestras diferencias sobre modelos políticos de otros países paralicen la acción conjunta. Al mismo tiempo, dentro de ese espacio común, debemos demostrar con la práctica y el debate que las mejoras bajo el capitalismo son limitadas y reversibles, y mantener viva la solidaridad antiimperialista como un principio irrenunciable. ¿Por qué apoyar a Palestina -a pesar del ultra conservadurismo islámico- y no apoyar a Cuba?
Este debate puede reproducirse incluso al interior de partidos comunistas o socialistas. Un militante que repite el lugar común de la «dictadura cubana» debe ser sujeto de un debate fraterno pero firme dentro del partido, basado en el estudio de la Revolución Cubana, el carácter del bloqueo y la teoría del Estado. Mucho de aquella visión es fruto de la intoxicación académica liberal, el relato mediático hegemónico y, sobre todo, por la presión política de las dirigencias socialdemócratas con su permanente amenaza de exclusión.
La disciplina partidaria y la formación ideológica existen precisamente para superar estos errores, temores y amenazas. El debate debiera conducir hacia una valorización militante de que la democracia socialista cubana es una trinchera antiimperialista y popular. En caso contrario, no se trata de una mera discrepancia táctica, sino de un fallo en el análisis de clase que desarma la lucha no solo de un pueblo sino de todos los comunistas y socialistas marxistas.
La desaparición de la Unión Soviética (URSS), que para muchos sirvió de faro y marco de referencia, exacerbó la dispersión y la confusión ideológica en la izquierda global. A pesar de sus problemas, la URSS ofrecía un marco, un lenguaje común y un respaldo a la lucha mundial. Su colapso no fue solo una derrota geopolítica, sino una catástrofe para la imaginación de la izquierda. De pronto, el socialismo pareció convertirse en un anacronismo. El dogma del “fin de la historia” quebró la brújula de muchos. El agotamiento y las vacilaciones actuales son en parte el síndrome de abstinencia de aquel marco perdido. Hoy combatimos en una dispersión aterradora, donde cada batalla parece una isla asediada.
Por tanto, la respuesta es una dialéctica práctica. El socialismo se construye con democracia popular precisamente porque está en guerra contra la dictadura del capital. No puede hacerlo en la «democracia» burguesa porque ese es el campo de batalla del enemigo. En el campo de las alianzas, la estrategia propuesta es la de una unidad táctica sin renuncia estratégica.
En esta guerra prolongada, debemos ser firmes en los principios y flexibles en la táctica. La unidad se forja en la lucha concreta por las necesidades del pueblo, pero la dirección de esa lucha se gana con claridad ideológica y una lealtad inquebrantable a los que resisten el asedio, como Cuba. La victoria final llegará cuando, tras prolongada resistencia y organización, los pueblos decidan que el territorio ocupado por el capital debe ser, por fin, propio.
Hasta ese día, cada lucha es un episodio, cada debate un entrenamiento, y cada acto de solidaridad con los sitiados, un juramento de que, en esta larga guerra, no estamos solos, y en eso Cuba es otra democracia, distinta, pero democracia al fin.
El artículo “Nuestro Ahora y Nuestro Mañana: Cuba ¿dictadura o democracia?”, de Ricardo Balladares Castilla, sostiene una tesis sin ambigüedades: el socialismo solo puede construirse con democracia popular, no dentro de la democracia liberal burguesa. Desde una lectura materialista del Estado, el autor afirma que la democracia liberal es un ritual vacío que preserva el poder del capital, mientras que el socialismo profundiza la democracia al transferir poder real a las mayorías organizadas.
En ese marco, Balladares plantea que Cuba no puede analizarse con los parámetros “neutrales” del liberalismo. La Isla vive bajo asedio permanente —bloqueo, agresiones y guerra prolongada—, lo que condiciona su sistema político. Cuba sería, constitucional y materialmente, una democracia socialista: organización de base, consultas populares y elecciones sin financiamiento del capital, con una defensa férrea de la soberanía frente a la agresión externa.
El texto cierra con implicancias tácticas para la izquierda chilena: unidad amplia para conquistas inmediatas, sin renunciar al horizonte socialista ni a la solidaridad antiimperialista. La alianza es táctica; la claridad estratégica es irrenunciable. Cuba aparece como trinchera y referencia viva de otra democracia, forjada en resistencia.
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