«Los comités de resistencia de Sudán y los movimientos sociales de Chile» traducido por Miguel Silva

¿Todo el poder para los comités de resistencia de Sudán? 

Esta es una conversación con los y las que luchan en Sudán, sobre un movimiento contra los poderes de los ricos y poderosos (*) 

Recomiendo esta conversa a cualquier activista en Chile que quiera sentir los vientos de un movimiento no tan distinto a lo nuestro.  

¡Podemos aprender! 

En la revolución de Sudán, más de 5.000 comités de resistencia movilizan la oposición a los generales e intervienen para satisfacer las necesidades cotidianas de la población. ¿Estos organismos de base podrían convertirse en órganos de poder político alternativos al actual Estado capitalista? 

La «revolución sin fin» de Sudán desapareció de las portadas de gran parte de los medios de comunicación del mundo en las últimas semanas de 2021. Las protestas iban y venían bajo nubes de gases lacrimógenos y ataques por las fuerzas de seguridad, pero la crisis en el corazón del Estado se profundizó. Los generales, que con tanta confianza se deshicieron de sus «socios» civiles en el Gobierno de Transición mediante el golpe de Estado del 25 de octubre, se vieron incapaces de calmar las aguas en las calles.  

El 21 de noviembre, el depuesto primer ministro Abdalla Hamdok negoció el término de su arresto domiciliario, aceptando la mayoría de las exigencias de los militares. El acuerdo fue respaldado por los gobiernos occidentales y el cuarteto contrarrevolucionario de potencias regionales: Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Egipto e Israel. Pero fue ampliamente criticado y finalmente dimitió el 2 de enero. Sin embargo, los grupos civiles de la oposición, reunidos en las Fuerzas de la Libertad y el Cambio han sido incapaces, hasta ahora, de dar un golpe decisivo a los militares. Su participación en el Gobierno de Transición y los compromisos anteriores con los generales, les han costado gran parte de su apoyo en las calles.  

Lo mismo podría decirse de la Asociación de Profesionales de Sudán, que desempeñó un papel importante en el levantamiento de 2019 contra el dictador Omar El Bashir, pero se dividió en dos facciones y se ha visto empañada por los fracasos del Gobierno de Transición que sus dirigentes ayudaron a crear.  

En este vacío de poder, ha crecido una nueva fuerza política: los comités de resistencia de barrio. Siguen convocando a cientos de miles de personas a las calles para desafiar el golpe, movilizándose en jornadas de desobediencia civil, huelgas y grandes protestas callejeras. Organizados a través de «coordinadoras» a nivel de distrito –tansiqiyyat en árabe-, los comités disponen hoy de un poderoso aparato de acción colectiva. Las organizaciones de base han recorrido un largo camino desde las primeras concentraciones de personas desesperadas en diciembre de 2018, que gritaban en los cruces de las calles por el pan y el gas para cocinar. Sus páginas de Facebook hoy cuentan con decenas de miles de «me gusta», tienen sus propios equipos de medios de comunicación y responsables de prensa. Sus redes recopilan información sobre la ubicación de la policía y así cambian la ubicación de las barricadas o la ruta de las marchas. Este nivel de organización no es solo un producto de la actividad revolucionaria en la capital, Jartum. Un informe del Centro Carter, basado en una encuesta a gran escala llevada a cabo en marzo de 2021, trazó un mapa de 5.289 comités de resistencia en todo Sudán.   

Los comités de resistencia han intervenido para supervisar el suministro de harina a las panaderías y la distribución de pan y gas para cocinar. Incluso, al principio de la pandemia de Covid-19, algunos enviaron equipos de activistas para difundir mensajes de salud pública y distribuir mascarillas y desinfectante.  

En muchas zonas existe una “división del trabajo” entre la dirección política del barrio en el Comité de Resistencia y un Comité de Cambio y Servicios que reúne a los activistas revolucionarios que trabajan específicamente en la mejora de la prestación de servicios. A menudo esta división del trabajo refleja una división generacional, donde los activistas más jóvenes dirigen el comité de resistencia. También está la labor de educación política y construcción de movimientos que atrae a diferentes generaciones de personas para discutir y debatir consignas, tácticas y estrategias a nivel local.  

En algunos casos, los comités de resistencia han pasado de ser una organización de protesta a un movimiento democrático de masas. En asambleas generales, han elegido comités ejecutivos y delegados que representan al barrio en la coordinación local. En los meses anteriores al golpe militar, los comités de resistencia de la capital, Gadaref, Port Sudan y otros centros importantes pasaron por un proceso de «construcción básica». Este proceso –al-bina’a al-qa’idi en árabe- implicaba refrescar o crear estructuras internas sobre una base más democrática mediante la convocatoria de asambleas generales y la elección de órganos de dirección.  

Algunos sindicatos y redes de activistas en el lugar de trabajo, como los profesores universitarios, los farmacéuticos y los trabajadores de los medios de comunicación pasaron por procesos similares. Según el activista Khalid al-Sheikh en Facebook, los comités de resistencia del distrito de Jartum Bahri lanzaron una campaña de construcción básica tras el fallido intento de golpe de Estado del 21 de septiembre de 2021. Los comités de Um Duwwan Ban, una pequeña ciudad a 40 kilómetros al sur de Jartum, declararon que la construcción básica era el «verdadero golpe» contra el «estado de los engendros» de los militares. Las fotos que acompañan al informe de Khalid ofrecen una visión del alcance de los debates que tuvieron lugar en las primeras semanas de octubre. Algunas son de hombres y mujeres jóvenes, de la primera línea de las protestas, en un círculo de discusión. Las mujeres de mediana edad llenan una reunión con sus vistosos pañuelos en la cabeza, y los trabajadores con ropa de trabajo y sandalias de plástico se dedican a debatir seriamente bajo el techo de hojalata de un taller o garaje.  

A las pocas semanas del golpe, los comités de resistencia dieron un nuevo salto, anunciando que estaban preparando su primer programa político. Su ambición y alcance quedaron claros en un reportaje de la red Ayin del 8 de diciembre. Sami Muhammad Abd-al-Halim, portavoz oficial de las Coordinaciones de los Comités de la Resistencia en Jartum, declaró al sitio web que el programa abordaría «la economía, la reforma del aparato militar y de seguridad, las fronteras nacionales y las relaciones exteriores y las condiciones de vida«. Aprovechando el espacio político creado por su rebeldía en las calles, miles de personas en todo el país participaron en debates sobre los temas expuestos por Abd-al-Halim.  

Los interrogantes sobre el papel del Estado en cuestiones de supervivencia cotidiana adquirieron mayor urgencia en las zonas obreras y pobres. Los activistas sudaneses me cuentan que las propuestas de utilizar el programa de los comités de resistencia para avanzar en las demandas más radicales de justicia económica y social, están ganando apoyo en los barrios pobres, mientras que en las zonas más acomodadas se ha tendido a privilegiar los temas de reforma política.  

«Todo el poder y la riqueza para el pueblo» se ha convertido en un lema popular de las protestas, pero existe presión constante para que se abandone la segunda parte de la demanda y se concentre en la primera. También falta un nexo con el movimiento revolucionario en los lugares de trabajo. Los comités de barrio no parecen haber incluido formalmente en sus estructuras a los delegados de los centros de trabajo. En cambio, han trabajado juntos a sindicatos independientes y comités de resistencia en los centros de trabajo, que también se han movilizado contra los militares. En general, las movilizaciones en los centros de trabajo han sido más débiles durante la ola de protestas desde octubre de 2021 que fue el caso en 2019. Esto puede reflejar las opciones políticas de los principales organismos de activismo, que se han concentrado en las protestas callejeras y la desobediencia civil en lugar de las huelgas generales que resultaron muy eficaces en 2019.  

Es probable que la gravedad de la represión dirigida a los activistas en el lugar de trabajo en las primeras fases del golpe también se haya hecho daño. Por ejemplo, los militares detuvieron a cientos de activistas del Comité de Profesores de Sudán y a trabajadores del Ministerio de Educación en una de estas represiones el pasado noviembre. Pero hay indicios recientes que las luchas económicas y políticas en los centros de trabajo se están acelerando de nuevo. Los trabajadores de los tribunales de todo Sudán anunciaron una huelga de cuatro días a partir del 2 de enero, para exigir, entre otras cosas, un aumento de los salarios y de los subsidios por el coste de la vida. Según la página de Facebook de la Alianza Sudanesa para la Restauración de los Sindicatos, los comités de huelga de casi todas las provincias informan de niveles de participación del 60 al 100%. Las imágenes de las reuniones masivas muestran que los huelguistas son en su mayoría mujeres trabajadoras. Los trabajadores de la banca también han creado un movimiento de masas que integra múltiples lugares de trabajo, exigiendo una transformación democrática. No es tema menor porque la antigua alianza gobernante entre el movimiento islamista y los militares se basó en el ascenso de una nueva capa de capitalistas en la década de 1980, enriquecida por la expansión del sector financiero.  

El crecimiento desigual del movimiento revolucionario entre los barrios y los centros de trabajo indica que el futuro podría ser difícil. Los generales tendrán la ventaja a menos que surjan nuevas formas de organización revolucionaria que aprovechen el poder estratégico de los trabajadores para parar la producción, la distribución y los servicios y lo dirijan al núcleo represivo del Estado. Este poder debe ser el poder políticamente consciente y autoconsciente de la gente corriente, cuyo trabajo hace que el mundo gire. No puede ser simplemente un instrumento en manos de los políticos «civiles» que lo utilizan para negociar su regreso a los pasillos del poder, sino un poder que los trabajadores mismos utilizan a través de sus propios esfuerzos para cambiar el mundo.  

Esto plantearía cuestiones sobre el «doble poder», una idea que se remonta a la Revolución Rusa que, en febrero de 1917, derrocó la antigua dictadura zarista. Llevó al poder a un Gobierno Provisional de liberales y socialistas «moderados», que pretendían convertir a Rusia en una democracia parlamentaria y un Estado capitalista moderno. Pero al mismo tiempo la clase trabajadora había creado sus propias organizaciones democráticas -consejos de trabajadores, conocidos como «soviets»- en el curso de la lucha. El líder revolucionario Vladimir Lenin lo identificó como una situación de «doble poder» con la «existencia de dos gobiernos». Su argumento clave era que los consejos de trabajadores y soldados ya constituían un poder estatal alternativo al Gobierno Provisional liberal. En abril de 1917, Lenin lanzó la consigna «Paz, pan y tierra», y argumentó que esto sólo podía lograrse con «Todo el poder a los soviets». 

¿Cómo puede ganar la revolución en Sudán?  León Trotsky, que había sido el primero en identificar el papel revolucionario de los soviets tras la Revolución de 1905, desarrolló más el concepto de dos gobiernos. Sostuvo que el doble poder era una cara de las revoluciones sociales, es decir, de las revoluciones que cambian el orden social, no solamente el sistema político. La destrucción del equilibrio social entre las clases durante el curso de la revolución fractura la superestructura del Estado y crea las condiciones para el surgimiento de gobiernos rivales. La Revolución Rusa se caracterizó por una forma de poder dual en la que la clase capitalista era demasiado débil para consolidar la victoria sobre la antigua clase dominante. Sus esfuerzos por crear una república capitalista democrática se vieron amenazados por la aparición de una tercera fuerza, el embrión del gobierno alternativo de los consejos de trabajadores, que marcaron el camino hacia el salto de una revolución democrática a una socialista.  

Trotsky advirtió que los momentos de doble poder en las revoluciones son temporales e inestables. Y cuando llevan enfrentamientos entre clases antagónicas, sólo pueden resolverse mediante la guerra civil.  

El momento actual del proceso revolucionario de Sudán sí está marcado por una aguda crisis política, que ha envuelto no sólo a los militares sino a sus oponentes civiles. El sector de la clase dominante sudanesa que ha apostado por la restauración del régimen militar, ha visto cómo sus planes políticos han sido paralizados durante más de seis semanas por la movilización popular. Mientras tanto, la debilidad del sector más pequeño de la clase dirigente sudanesa, que apuesta por una «transición democrática», ha quedado al descubierto en el golpe de Estado. Los generales eliminaron con facilidad a sus representantes del gobierno de transición, y así perdieron influencia en las calles. 

Y los movimientos políticos de la clase media están atrapados en un  dilema similar. Apoyan la lucha por un Estado «civil», en el que el ejército vuelva a su «lugar apropiado» en los cuarteles y deje el gobierno a los expertos y tecnócratas. Estas capas no son lo suficientemente fuertes como para dominar el movimiento de masas en las calles. Necesitan el apoyo y sacrificio de los pobres y de la clase trabajadora en las barricadas, pero aún no han encontrado la manera de ganarlas. Lo débil de su estrategia quedó expuesta por los fracasos del Gobierno de Transición para socavar o incluso limitar el poder económico de los generales.  

El general Mohamed «Hemedti» Hamdan, líder paramilitar convertido en vicepresidente, ha gritado a los cuatro vientos en repetidas ocasiones, su capacidad para sacar de sus crisis al banco central. Mientras tanto, la inflación se disparó durante el último año cuando el Gobierno de Transición devaluó la moneda y comenzó a eliminar las subvenciones a los productos básicos y al combustible, en línea con las reglas del libre mercado. El costo de las importaciones de alimentos, que sustentan el consumo de gran parte de la población urbana, se disparó.  

Magdi el-Gizouli y Edward Thomas sostienen que una crisis social, que ha dado forma al tejido de la sociedad sudanesa a lo largo de la historia moderna del país, subyace a la actual crisis política. Se trata de una división entre el «centro», es decir, el valle del río alrededor de Jartum y sus fértiles tierras agrícolas, y la «periferia». Ésta última incluye las llanuras del oeste y del sur que sustentan la ganadería y son ricas en recursos como el petróleo en el sur y el oro en el norte de Darfur. La división toma la forma de políticas estatales depredadoras centralizadas y extractivas por parte del «centro» hacia las «periferias».  

 

Las tareas de la revolución. 

En la primera generación después de la independencia, la dinámica de la división generó movimientos rebeldes armados en las periferias. El mayor de ellos logró la creación de un Estado independiente en Sudán del Sur en 2011. Pero el ex dictador Omar el-Bashir creó poderosas milicias, como los Janjaweed, con base en Darfur, que más tarde se transformaron en las Fuerzas de Apoyo Rápido (FSR) de Hemedti. Supervisaban la extracción de recursos y actuaban como contrapeso político y militar a los movimientos de oposición de base urbana. Hemedti fue uno de los pilares del Consejo Militar de Transición (TMC), que sustituyó a el-Bashir en abril de 2019. El TMC ha atraído a algunos de los movimientos armados rebeldes restantes a través del Acuerdo de Paz de Juba, que preparó el camino para su inclusión en el Gobierno de Transición. El TMC no se limitó a dar al comandante rebelde de Darfur, Gibreil Ibrahim, un puesto en el gabinete, sino le dieron un papel clave para imponer la «disciplina fiscal» a las masas revoltosas de Jartum y Omdurman, reduciendo los subsidios como ministro de finanzas. Ibrahim y Minni Minnawi, otro antiguo líder rebelde, exigían la restauración del gobierno militar justo antes del golpe de Estado del 25 de octubre.  

El-Gizouli y Thomas sostienen que los revolucionarios urbanos no deben olvidar cómo las milicias rurales” rebeldes” fueron cooptadas por los militares. El pan de las ciudades se elabora con trigo importado que se paga con las exportaciones de ganado y oro de las periferias. La cuestión de la paz, el suministro de pan y quién controla la tierra y sus recursos, entonces, están íntimamente relacionados. ¿Podrían los comités de resistencia ofrecer una alternativa a la larga historia de pillaje y saqueo que relaciona el centro y la periferia de Sudán? A nivel político, existe la esperanza de que puedan hacerlo. El hecho de que las fuerzas paramilitares de Hemedti sigan aterrorizando y matando tanto en Darfur como en las principales ciudades ha contribuido a crear un sentimiento de unidad. El eslogan antirracista – «Todo el país es Darfur»- ha vuelto a resurgir recientemente, después de que las fuerzas gubernamentales violaran y agredieran a las mujeres manifestantes durante las manifestaciones en el Palacio de la República.  

La construcción de una alianza política estable entre los pobres de las ciudades y del campo planteará retos mucho mayores. Una de las condiciones para que se desarrolle dicha alianza debe ser, sin duda, que el movimiento revolucionario de las ciudades construya formas de autoorganización. Esto tendría que cruzar el umbral de las demandas planteadas a los que están en el poder, a la ejecución de esas demandas bajo su propia autoridad. ¿Podría esto abrir la puerta a la alimentación de las ciudades sin dejar que el campo pase hambre? ¿Cómo podrían estas autoridades democráticas y revolucionarias modificar la maquinaria que actualmente genera beneficios para los inversores del Golfo y sus compinches sudaneses a través de las exportaciones agrícolas y minerales para satisfacer las necesidades de la gente corriente?  

Sobre estos temas, es precisamente donde el subdesarrollo del movimiento revolucionario en los centros de trabajo se convertirá en una debilidad fatal. Los comités de resistencia, en su forma actual, están organizados sobre una base geográfica y esto limita su capacidad de influir directamente en lo que ocurre fuera de sus propios distritos. Los comités más radicales pueden intentar dar forma al movimiento más amplio a través de las demandas que plantean o por la energía de sus protestas. Sin embargo, a diferencia de un consejo de trabajadores, no pueden tomar decisiones directas para detener o aumentar la producción o cambiar la prestación de servicios. El poder de los trabajadores para interrumpir y construir al mismo tiempo hace que sea esencial que tomen la iniciativa en el enfrentamiento con el Estado.  

En muchos sentidos, la revolución de Sudán en la actualidad parece tener más en común con el enigma con enfrentaba Karl Marx en 1850 que con el de abril de 1917 en Rusia. Los liberales que conocía Marx habían traicionado las demandas más radicales de la ola de revoluciones de 1848. En un discurso a los miembros de la Liga Comunista, Marx trazó una estrategia que reconocía la necesidad de un proceso de «desarrollo revolucionario prolongado». Es decir, los trabajadores construirían sus propias organizaciones de clase independientes y alimentarían una forma de poder dual en lugar de «aplaudir» la victoria de los capitalistas liberales sobre el viejo orden.  

Comparar Sudan en 2022 con Europa en 1848 podría parecer prematuro, mientras los liberales de Sudán están sentados fuera, y no dentro, de los muros del Palacio. De hecho, las esperanzas de Marx de un largo periodo de democracia republicana eran erróneas. Pero su idea de que la prioridad para la izquierda revolucionaria en ese momento era construir un «partido organizado de forma independiente», no fue una equivocación. Tenía claro que los trabajadores y los pobres no debían confiar que los capitalistas liberales les concedieran derechos democráticos para construir sus organizaciones de clase y promover sus intereses de clase. En cambio, los trabajadores tendrían que tomar sus derechos por asalto y defenderlos por la fuerza si fuera necesario. 

Sentar las bases de un poder tan intransigente e independiente llevará tiempo; la cuestión hoy en Sudan es cómo conseguirlo. La represión va en aumento, y las principales figuras de los comités de resistencia son objeto de detención.  

En Sudán, hay tres ejes en torno del desarrollo de la «revolución permanente» que propugnaba Marx. El primero es la interacción entre la movilización contra el orden existente y la construcción de formas alternativas de gobierno. Como se ha señalado anteriormente, ya se pueden vislumbrar los inicios de este proceso en Sudán. Los comités de resistencia están pasando de ser movilizadores de protestas a actores políticos. Ahora son cortejados por los partidos establecidos como aliados potenciales y están desarrollando posiciones y demandas sobre cuestiones que van mucho más allá que su cometido original. Este proceso aún no ha llegado a una intervención consciente en el ámbito del gobierno, pero ya se han plantado algunas semillas. No se trata de un proceso lineal, sino de un movimiento de ida y vuelta. Los comités de resistencia han crecido en estatura y confianza política porque se convirtieron en el liderazgo del movimiento en las calles en respuesta al golpe de Estado de los militares. Por otro lado, la prestación de servicios «alternativos» a los barrios – independiente de la confrontación con el Estado en la acción colectiva de masas- no producirá el mismo efecto.  

Un segundo eje de la revolución permanente se sitúa entre las caras «políticas» y «económicas» de la lucha revolucionaria. El esbozo embrionario de este proceso es visible en la Revolución Sudanesa y algunas corrientes del movimiento revolucionario han captado la necesidad de profundizarlo. Las huelgas que aprovechan el poder económico de los trabajadores de los servicios y la producción, –claves para alcanzar objetivos políticos–, como las huelgas generales de mayo y junio de 2019, aceleraron este proceso. Como advirtió la revolucionaria Rosa Luxemburgo, es ingenuo esperar que la lucha siga una trayectoria lineal desde las reivindicaciones económicas a las políticas. Cada paso adelante en la lucha política lleva a una nueva ola de luchas «económicas». Siempre existe la tentación de ver el florecimiento de las demandas de mejores salarios y condiciones en medio de una revolución como una distracción. En realidad, el mismo ímpetu de ida y vuelta entre las luchas económicas y políticas puede hacer avanzar la revolución. Pero esto es así siempre que se construyan organizaciones que trabajen en estos dos ámbitos del proceso revolucionario y se propongan fusionarlos.  

Pero incluso fuera de los momentos en los que el doble poder es concebible, es posible desarrollar y generalizar experiencias de lucha que trabajen hacia este objetivo. Por ejemplo, insistir en formas de organización democrática durante las huelgas que signifiquen que los representantes sindicales sean siempre responsables ante la masa de huelguistas. Parte del desafío del liderazgo revolucionario consiste en determinar qué se puede lograr utilizando las organizaciones que ya existen, especialmente aquellas que la gente común crea durante sus propias luchas. Y por otro lado,  dónde hay que hacer pausa y crear algo nuevo.  

Los comités de resistencia y los comités de coordinación de las huelgas de los trabajadores de la justicia parecen estar ubicados en esferas diferentes. Uno se concentra en la lucha política contra los militares, el otro plantea reivindicaciones económicas de mejora salarial. Sin embargo, una huelga que paralice el funcionamiento de los tribunales en todo el país es un duro golpe político a los planes que tiene los generales de restablecer la normalidad. Ya en noviembre, circularon en Facebook propuestas para ampliar el Comité de Coordinación en todo Jartum, incluyendo representantes de los sindicatos y delegados del comité de resistencia. Un órgano de este tipo, especialmente si se compone de delegados de los centros de trabajo en huelga, podría utilizar una amplia gama de tácticas y estrategias. Aceleraría la interacción entre las reivindicaciones económicas y políticas, el intercambio de ideas y la circulación de personas entre las organizaciones revolucionarias en los lugares de trabajo y en los barrios.  

El tercer eje de la revolución permanente es el desarrollo desigual entre el centro y la periferia del sistema capitalista. El argumento de Trotsky de que la revolución permanente convirtió el «atraso» político y cultural de Rusia en términos capitalistas en una ventaja para los revolucionarios, es muy relevante en Sudán. El desarrollo económico desigual creó concentraciones de trabajadores de fábrica -con un poder social desproporcionado a su número- en un país de mayoría campesina. Y la clase dirigente se apoyaba en una combinación de instituciones políticas y religiosas de la Edad Media con elementos de un estado autoritario moderno. Esto creó una mezcla explosiva, desencadenando una revolución que saltó de la lucha por una democracia capitalista al socialismo en el espacio de unos pocos meses.  

En el contexto de Sudán, hay varias maneras en que la acción recíproca entre el centro y la periferia del capitalismo pueda empezar a desarrollarse. Uno de ellos está claramente relacionado con los aspectos regionales e internacionales de la revolución. Las cuatro potencias regionales -Arabia Saudí, EAU, Egipto e Israel- podrían ser desafiadas desde abajo. Construir y profundizar alianzas en la práctica con movimientos que se oponen a los gobernantes de estos países, es una forma de trabajar en este tercer eje. Sin embargo, lo más inmediato es el desarrollo de la coordinación y la solidaridad revolucionarias dentro de Sudán sobre las cuestiones de la paz, el pan y la tierra, para enfrentar la división entre el «centro» y la «periferia». 

En este momento, el tema central es más la construcción del movimiento que los elementos del poder estatal. Pero las reivindicaciones y declaraciones del movimiento pueden, al menos, señalar la dirección del camino. En los tres ejes, la consolidación de un verdadero contrapoder al «estado de los engendros» proporcionará la llave para abrir las puertas de los cuarteles. Permitirá dividir los cuerpos armados de los hombres en el núcleo del Estado sudanés según su clase social. Esto es lo que pondrá a los soldados en contra de sus comandantes. Hará que sus cálculos sobre los riesgos de amotinamiento pasen de ser algo que sólo pueden contemplar individuos aislados y valientes a ser parte de la consciencia de la mayoría.  

¿Cómo puede tomar vuelo la idea de un contrapoder revolucionario, si nadie puede ver más allá de los muros de los cuarteles del poder actual?  

El partido histórico de la izquierda en Sudán, el Partido Comunista (PC), ha pasado muchas décadas de lucha contra los regímenes autoritarios. En ese proceso, perdió líderes que fueron a la horca. Sin embargo, según un testigo presencial de las negociaciones sobre la formación del Gobierno de Transición, el representante del PC insistió en que los generales conservaran los ministerios de Defensa e Interior. Argumentaron que los generales estarían mejor equipados para ocuparse de esos «asuntos militares».  

El doble poder, como señaló Trotsky, «no es un hecho constitucional, sino revolucionario». Requiere no sólo la parálisis y la crisis de las viejas fuerzas, sino el crecimiento y el desarrollo de las nuevas. Si la experiencia histórica nos sirve de algo, es algo más que la aparición de formas embrionarias de consejos de trabajadores que fusionen la lucha contra los generales y su Estado con la lucha contra la clase capitalista en general, aunque eso sería importante. También exigirá la creación de un partido revolucionario, que reconozca la necesidad de romper el estado existente y se organice para su caída.  

Como sugirió Marx en 1850, su grito de batalla debería ser: «La revolución permanente». Hay momentos en la historia que exigen un salto a lo desconocido. Momentos en los que es necesario plantear una pregunta para comprobar cuáles respuestas son posibles. ¿Paz, pan, tierra, todo el poder para los Comités de Resistencia? ¿Podrían las mujeres y los hombres jóvenes de las barricadas de Sudán construir un contrapoder popular frente al Estado de los engendros? ¿Podría abrir el camino a la creación de un «poder del mismo tipo que la Comuna de París», como dijo Lenin en 1917?  

Si no empiezan a plantearse esta pregunta, nunca lo sabremos. 

 

(*) Versión original, en Ingles, publicada en la página de Socialist Worker de Inglaterra, https://socialistworker.co.uk/long-reads/all-power-to-sudans-resistance-committees/ 

Autora Ann Alexander. 

Traducción con Deepl, y algunos cambios hechos por Miguel Silva 

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