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«Lenin 100 años después» por Miguel Silva

Por: Miguel Silva

Este artículo fue publicado primero en el sitio chileno del socialismo desde abajo: https://www.socialismo-desde-abajo.cl/publicacion-lenin-100-aos-despus

¿Cómo escaparán los y las trabajadores de las garras de la clase dominante, como se liberarán del capitalismo y cómo crearán un nuevo país y un nuevo mundo?  

Esa era la pregunta central que enfrentaba Vladimir Lenin, el gran revolucionario ruso, a finales del siglo XIX. 

La respuesta de Lenin fue que los y las trabajadores no se liberan mediante un proceso gradual de reformas. Por el contrario, tienen que hacer una revolución para terminar con el sistema de explotación y opresión. 


Seguía en las huellas de Carlos Marx cuando entendía que las crisis revolucionarias son inevitables en el capitalismo. Eso se debe al choque de intereses entre los explotadores -la clase dominante- y los explotados -la clase trabajadora. Pero las revoluciones no vencen por si solas… pueden terminar en el fracaso. 

En ese sentido, la idea clave de Lenin era que para que una revolución tuviera éxito, tenía que haber un partido revolucionario. Ese partido, decía, debe agrupar a los mejores militantes de la clase trabajadora y formarlos en una fuerza unificada. Esa fuerza, ese partido, debe demostrar que puede dirigir las luchas, ideológica y práctica. 

Pero debe tener raíces profundas en las luchas cotidianas y en las mismas organizaciones base de millones de trabajadores y trabajadoras.

Esas verdades fundamentales son tan válidas hoy como lo eran en su época. Hoy día, para crear las bases de una revolución en Chile, tenemos que probar en la práctica que sabemos cómo reconstruir las bases sociales, y también que sabemos cómo crear una nueva ideología que tiene como su pilar central la idea que el nuevo país que queremos este controlado por mismas organizaciones base. 

En fin, en la práctica, tenemos que crear una alternativa al gobierno del Frente Amplio. Pero la gran mayoría de los y las trabajadores no creen en la revolución.

La política de las reformas

Lenin comprendió que, durante la mayor parte del tiempo, los y las trabajadores están dominados por ideas que creen en el sistema existente, y por los partidos que las propugnan. Ese “reformismo” nace de la falta de confianza de los trabajadores en sus propias capacidades y en su deferencia hacia sus «superiores». Creen que los cambios pueden producirse de a poco, en forma gradual, en negociaciones dentro del sistema existente y que no existe la necesidad de una transformación fundamental. 

Aquellas ideas “reformistas” nos dominan porque se las repiten día tras día, semana tras semana, años tras año, en los medios de comunicación y en los dichos de los dirigentes de los principales partidos políticos. Pero esas ideas también parecen reflejar las experiencias mismas de los propios trabajadores, hasta el momento cuando surgen luchas de clase a gran escala.

Para un partido revolucionario, eso significa que hasta que se produzca una rebelión, sólo puede esperar representar a un sector muy pequeño de trabajadores. Por lo tanto, para aumentar su impacto, los revolucionarios deben luchar junto a la mayoría clase trabajadora en sus luchas pequeñas que a veces crecen en enfrentamientos grandes. 

Es en esos conflictos donde vemos «la expresión más plena, más rigurosa y mejor definida de la lucha de partidos», decía Lenin. 

En otras palabras, la lucha de clases es un terreno donde crece la confianza de los trabajadores y también donde los revolucionarios pueden demostrar que sus ideas y tácticas sirven, que son superiores a todas las demás.

Claro, un partido revolucionario no se ocupa únicamente de las luchas económicas, ni siquiera en los momentos más cauticos de la insurrección. Lenin quiere un partido que luche por una revolución socialista pero que también es el «tribuno del pueblo» -interviniendo y agitando en todos los rincones del país. 

Eso significa desempeñar un papel en la lucha contra la opresión y la discriminación, e intervenir incluso en las protestas más pequeñas. Esta lucha es «un trabajo posible y necesario tanto en los periodos de explosión más violenta como en los de calma», decía Lenin. 

Hoy, estamos en un período de calma, entre explosiones de rabia, malestar y descontento.

Los revolucionarios y los demás

Un partido revolucionario «debe utilizar todas las manifestaciones de descontento, recoger y aprovechar al máximo todas las protestas, por pequeñas que sean», argumentaba.  

El objetivo debe ser «agitar en todas y en cada una… porque de lo contrario no estaremos ampliamente preparados, no estaremos en posesión de todas las armas». 

¿Por qué el partido bolchevique de Lenin se preocupaba por cada acto de desafío y resistencia mientras proclama el gran objetivo de transformar la sociedad? La respuesta es que las huelgas y las batallas contra la opresión ponen a prueba los y las “dirigentes” y muestran qué partido tiene la política capaz de ganar. 

Solo si los y las revolucionarios intervienen y muestran liderazgo en las luchas cotidianas pueden esperar que los trabajadores, los hombres y las mujeres jóvenes y no tan jóvenes, les sigan en las luchas mucho más grandes.

Todo eso NO significa que el partido toma el lugar de la lucha de los millones de trabajadores y trabajadoras del país. No es un partido que negocia entre cuatro paredes, sino es un partido que ayuda a organizar las luchas. Por ende, para convencer y dirigir, tiene que escuchar para aprender.  

Para Lenin, cualquier pequeña rotura en la cortina gris del capitalismo presenta oportunidades. «No sabemos ni podemos saber qué chispa… encenderá la rebelión, en el sentido de levantar a las masas», dijo.

Cualquier lucha hoy para mejorar las condiciones de vida de sectores de los y las trabajadores, chilenos, mapuches o migrantes, es una pequeña rotura donde revolucionarios pueden tomar su lugar. 

Para crecer, un partido revolucionario debe aprovechar los momentos favorables y los eslabones débiles del sistema. 

Como dijo Lenin: «Los cambios graduales no explican nada sin tomar en cuenta los saltos. ¡Saltos! ¡Saltos! Saltos!» 

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