«La Neocracia» por Pablo Monroy Marambio

      La Neocracia

Pablo Monroy Marambio

 

Y bueno, tenemos nuevos gobernadores en el país, los primeros electos democráticamente. Los resultados, en algunas regiones, no son los que esperábamos y ya casi todos han esgrimido sus argumentos del porqué de éste porqué.

Que los lives con figuras “dudosas”, que las frases desafortunadas, que las alianzas con unos que no acumularon voto alguno en la vuelta anterior, que la arenga vacía, que la juventud, que el feminismo…

Por supuesto, la tesis más aceptada, es la que invoca a la derecha como la gran salvadora de la ex Concerta, cuya supervivencia es la mejor garantía que tiene, toda la vieja clase política, de no perder los escaños e influencias de las que tanto se han beneficiado durante estas últimas décadas.

El argumento es rotundo, entre otras cosas porque, efectivamente, tiene mucho de cierto. Pero, las mismas tres comunas de las que nos reímos en octubre del año pasado, no son suficientes para explicar los resultados que hoy comentamos (o lamentamos).

Como siempre, amigas y amigos, no nos podemos permitir reducciones ni simplificaciones tales para entender el entorno, y con ello, tratar de intervenirlo en nuestro beneficio. Por lo mismo, me parece a lo menos despistada la declaración de la alcaldesa electa de Ñuñoa, Emilia Ríos, sobre los resultados de los comicios, “me quedo con que la disputa de hoy fue entre la izquierda y la centro izquierda”. Justamente ese tipo de respuestas, es lo que hay que evitar si lo que se pretende es una reflexión seria de lo acontecido, y más aún si esa reflexión pretende algún grado de orientación.

A nivel nacional, la ex Concerta o Unidad Constituyente, como se llaman ahora, acapara a su haber 10 de las 16 gobernaciones existentes. De las restantes, 3 fueron ocupadas por candidatos del Frente Amplio, 2 por independientes, y solo una tiene titularidad de ChileVamos, la Araucanía.

En cuanto a la repartición por género, solo tres gobernaciones, en el Maule, Coquimbo y Aysén, son encabezadas por mujeres.

Respecto de la participación nacional, la abstención alcanzó un 80,5%.

Expuestos los números, entremos en materia.

 

Son varios los aspectos dignos de atención, y en la presente exposición intentaremos abarcar los más relevantes, al menos respecto de los números que ya se manejan, sobre los cuales, a ojos de quien aquí escribe, el más preocupante, por lejos, es el relativo a la participación, a la legitimidad que puede tener o no un sistema democrático como éste, que tanto seguimos respaldando varios de nosotros.

Ya hemos problematizado ese triunfalismo tan prematuro, tan hijo del exitismo, que vimos justamente en las elecciones de mayo (y que probablemente también haya jugado en contra ayer), cuando no fue sino hasta un buen rato después de cerradas las mesas, que empezamos a tener cierta claridad de la situación y con ello recuperar esa esperanza que, a media tarde de ese mismo día, dábamos absolutamente por perdida.

Uno podrá argumentar que, si bien puede ser un error celebrar triunfos que se basan en una representatividad tan baja, es un error que al cabo no cometemos solo “nosotros”, pues “ellos”, vencedores ahora, también se presentan como si fuesen los salvadores de una nación al borde del colapso, poco menos que el Ejército Rojo entrando a Alemania. La grandilocuencia de los discursos no puede menos que dar risa lo mismo que espanto; “Llegar al corazón de los chilenos”, “la gente optó por hacer política distinta”, dijo Orrego ayer en su discurso en su comando, una vez sabidos los resultados.

Por supuesto, los discursos de triunfo siempre serán desmedidos, deben serlo. Ensalzar la gloria, cualquiera sea, es una tarea que sin espectacularidad no se puede tener por completa, y, de hecho, mientras más infame la gloria, tanto más infame será la forma en que ella se releva, como tan bien nos enseñó Leni Riefenstahl en su Triunfo de la voluntad. El problema, es que usualmente ese abuso de la pompa, se hace justamente para esconder las debilidades del régimen que sea la propugne (este país le debe a Alemania mucho más de lo que está dispuesto a reconocer, y parece que esa forma de narrar la épica del Reich, de algún modo también es parte de nuestra idiosincrasia).

En octubre de 2019, por ejemplo, una de las proclamas más celebradas, tanto aquí como a nivel internacional, era esa que rezaba sobre el nacimiento y la muerte del neoliberalismo en nuestros suelos. ¡Y cómo no! Todos deseamos de manera profunda, que acabe de una buena vez todo este intrincado sistema de abuso y despojo de lo que por justicia debería ser para todos nosotros, sin embargo, la ansiedad de ese deseo, parece que solo nos hace quedar en ese impulso inicial, en el mero estallido de todo lo contenido durante tanto tiempo, pero nunca en la planificación pragmática de cómo convertir ese deseo en una planificación que nos permita asegurar, que aquello que nos hizo tanto mal, no vuelva a suceder. Quizá este rasgo, asaz nacional, pueda explicar en parte el porqué de la participación en las últimas elecciones.

No basta solo desearlo, dice el dicho popular, y la muestra más triste que tenemos de aquello, es que es igual o más urgente eliminar el machismo, y así y todo siguen muriendo compañeras prácticamente a diario, a manos de nosotros los hombres.

 

Fue una luz de esperanza el nivel de participación cívica que se pudo apreciar en las elecciones para la nueva constitución, en octubre del año pasado, que alcanzó la más grande desde el plebiscito del Sí y el No, literal (que es la única elección nacional en la que ha votado prácticamente la totalidad del padrón; 7.255.933 votos escrutados, de un total de 7.435.913), no obstante y a pesar de lo auspicioso de esta promesa de participación post estallido, el hecho concreto es que la misma, apenas si superó la mitad del padrón actual en 9 décimas; 7.562.173 personas votaron en 2020, de un total de 14.855.000; la mayor adherencia voluntaria además, desde que al voto se le dio tal carácter en 2012.

Hoy vemos como esa esperanza cívica inicial no quedó más que en eso, pues ya en mayo de este año la participación no alcanzó a superar el 50%, y hoy, muy tristemente, apenas si casi alcanzó el 20%. Sobre esas cifras los vencedores han construidos sus triunfos. Diga usted si no es, a lo menos, vergonzoso. Aunque tengan algo de parte, el quedarse en que la vez anterior no pasaron tantas micros como prometieron, o echarle la culpa a la copa América, es no hacerse responsable.

Dado el escenario, no son pocos los que postulan que el voto debe volver a ser obligatorio, argumentando que ello dejó de ser así, solo porque la clase política tramposa y anquilosada, necesitaba contar con algún ardid que les permitiera eternizarse en el poder (y lo dicen los mismos que, de hecho, llevan décadas en el poder). Pues bien, cómo justificar que la restitución de esa obligatoriedad no obedece al mismo ánimo? De por si autoritario, dicho sea de paso.

Actores políticos, para considerar en dicho grupo no solo a lo que comúnmente se distingue como clase, son quienes terminan, aun sea de manera accidental, sucumbiendo a los mismos vicios que usualmente critican. La misma desesperación o ansiedad con que participamos del estallido pero no de las urnas, parece replicarse después entre quienes entran a la política pero no a lo político. Nadie, transversalmente, está hablando hoy de restituir la formación cívica de los estudiantes (ojalá en todos los niveles).

Esto, asumiendo que la formación ciudadana puede ser la respuesta para salir de esta crisis de representatividad, aseveración que implica que estamos bien así, en la mera representatividad. Pero me parece que aún no es suficiente para dar cuenta de nuestra condición actual en tanto sociedad, porque el hecho es que, aunque a muchos nos moleste, estos niveles de abstinencia, son efectivamente una voz, y no seguir escuchándola me parece un error muy parecido a la arrogancia que siguen mostrando los actores políticos. El “si no vota, después no se queje”, termina pareciéndose aquí, muy terriblemente, al “para qué votar si tengo que trabajar igual”. Ambos descargan la frustración del momento, ninguno es capaz de entenderla para dialogar con ella.

 

Será que estamos ante el advenimiento de la disolución de la democracia, en tanto este sistema de participación limitado que conocemos?

Vaya pregunta no. La primera respuesta que se nos viene a la cabeza, es que es demasiado desproporcionado relacionar la baja participación de un país es una elección determinada, con la desaparición del sistema de participación con que actualmente funciona el planeta.

Literatura relativa a las crisis de la democracia existe por montones y no nos detendremos acá en su análisis, pero solo como un ejemplo que puede ser útil para el hoy (quizá más por la biografía del autor que por sus postulados teóricos), citaré a Norberto Bobbio, el filósofo italiano, que fue un gran antifascista aun cuando nacido en cuna fascista (y que, siendo socialista, se oponía fuertemente a la “antidemocracia” de los comunistas). Para el “filósofo de la democracia”, la crisis de este mecanismo de participación limitada a lo representativo, se suscita cuando devienen conjuntamente la ingobernabilidad, la privatización de lo público y el poder invisible. Les suena alguno?

Por supuesto, aunque por asociación libre podemos relacionar algunos de estos términos a explicaciones conspiracionistas incluso, esas no hacen más que relativizar la discusión, es decir, volverla del todo infértil.

Siguiendo a este mismo autor, la ingobernabilidad es la imposibilidad absoluta de una relación entre gobernantes y gobernados, relación cuya sanidad depende, principalmente, de las garantías que los Estados o gobiernos dan para que la misma sea posible. Dicho de otro modo, si desconfiamos de la clase política, no es por simple capricho, sino que más bien por las señales que dicha clase nos ha entregado.

En cuanto a la privatización de lo público, la referencia del concepto en tan literal, que prácticamente no requiere mayor explicación. Baste señalar que no se le puede pedir a la población que confíe en un Estado que ha hecho abandono de ellos (o se le ha obligado a desaparecer, privatización mediante). Lo más interesante y oportuno para este análisis, es lo relacionado al poder invisible o “poder oculto” en el autor, que no refiere a la mano invisible del gran hermano, o a la imagen de grupos supersecretos de los megamillonarios dueños del orbe, que en reuniones ocultas deciden nuestro devenir a sus anchas. El poder invisible hace referencia a la autocracia, al poder concentrado en uno solo, quien, a su vez, hará todo lo necesario para que nadie note que, efectivamente, es finalmente él quien decide todo y que el parlamento no es más que una fachada.

Bobbio, consecuente con sus propios enunciados, fue un durísimo crítico de Silvio Berlusconi, y aunque, por los alcances del “estilo” dirigencial del ex presidente italiano con nuestro actual primer mandatario, la tentación de culpar a Piñera de la actual crisis es grande, tampoco esto alcanza a dar cuenta del posible origen de esta crisis de participación en que estamos, porque, para hacerlo aún más complejo, en nuestro país no es una persona la que “encarna” a ese poder oculto descrito por el filósofo; porque si hay algo cierto, es que aquí no fueron 30 pesos, fueron más de 150 años, considerando que fue Diego Portales quien inauguró el presidencialismo en estas tierras, sistema de cuyas aberraciones hemos podido ser testigos en los últimos meses, cada vez que el presidente ha utilizado las herramientas de que dispone, para oponerse a las diversas iniciativas de ayuda social con motivo de la pandemia, que han surgido desde el congreso. Este es el poder oculto al que acá debemos hacer frente, y la decepción tan generalizada del sufragio en tanto posibilitante de algún cambio, muy probablemente tiene también relación con esto. Finalmente, si nos duele tanto el “si no vota no se queje” o el “tengo que trabajar igual”, es quizá porque no nos queremos convencer de que el gatopardismo es, al final del día, el único partido realmente comprometido con sus objetivos.

 

Y bien, si así fuera, cuál sería la propuesta?

La verdad no lo sé, y, de hecho, creo que nadie lo puede saber aún, los procesos sociohistóricos son de largo aliento y, como hemos dicho tantas veces, nuestra gran tragedia en tanto ciencias sociales, es llegar siempre tarde a esa realidad que examinamos. Cualquier salida que se elucubre hoy, no pasa de ser una mera especulación, aun cuando bien dirigida o intencionada.

No es solo por el daño al ego, por cierto, que no queremos aceptar que nuestra democracia ha fallado, es por el grandísimo riesgo que implica el abandonar este sistema, y con ello quedar demasiado expuestos a algún absolutismo que amenace lo poco bueno que se ha logrado (insertar aquí cualquier discurso político de centro, en donde el componente “estabilidad” siempre está presente). De igual modo, también nuestro ego, en tanto civilización, no sé qué tan dispuesto está a reconocer que simplemente no sabe qué podría venir después de este contrato social que hemos logrado, y que supere todos los vicios que este mismo contrato tiene, en donde guerras e inequidades están a la orden del día, pero viva la democracia!

 

Es un error no contar lo que votan esos votos que no se votan.

Ese balotaje imaginario dará como resultado la muy posible posibilidad de riesgos como los ya expuestos, pero si implica riesgos, implica también esperanzas, necesariamente.

En estos tiempos tan enrevesados, la espiritualidad o la anarquía, aun cuando sean utilitarios, parecen ser quienes más respuestas tienen a todo lo planteado. Me niego a pensar que son las mejores, pero el nivel de su emergencia me hace pensar que se confirma, en cierto modo, que, aunque no seamos capaces de admitirlo aun en un buen par de décadas más, de todas formas, ya venimos presintiendo que lo que tenemos, tampoco nos satisface.

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