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«La guerra que no será, la que fue. El goce y la locura de septiembre» Por Ricardo Balladares Castilla

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En septiembre, la tensión entre Chile y Argentina vuelve a instalarse en el debate público como una hipótesis de conflicto que alimenta discursos nacionalistas, miedo y búsqueda de enemigos externos. Ricardo Balladares Castilla analiza, desde el psicoanálisis y la sociología, el goce del chivo expiatorio, la pulsión de muerte y la necesidad de recordar que la guerra más brutal que vivió Chile no fue contra Argentina, sino contra su propio pueblo.

 

 

 

 

 

Por: Ricardo Balladares Castilla

Ricardo Balladares Castilla, socioanalista, parte desde una experiencia íntima: su hija y la madre de ella son argentinas, mientras él vive en Chile. Desde esa posición, Balladares observa con preocupación cómo militares, políticos, medios de comunicación y analistas instalan nuevamente una narrativa de conflicto entre ambos países, convirtiendo disputas territoriales y declaraciones militares en combustible para una escalada discursiva.

En su análisis, Ricardo Balladares Castilla recurre a Erich Fromm y Jacques Lacan para explicar el mecanismo del chivo expiatorio y el concepto de goce. A su juicio, la incertidumbre económica, la inseguridad y la precariedad favorecen la búsqueda de un enemigo externo que permita desplazar las frustraciones internas. Argentina aparece así como el nuevo “otro” sobre el cual proyectar miedos y conflictos que permanecen sin resolver dentro de Chile.

Finalmente, Ricardo Balladares Castilla contrapone la eventual guerra que probablemente no será con la guerra que sí fue: el golpe de Estado de 1973, la represión, las desapariciones, la tortura y los diecisiete años de dictadura. Frente a los discursos nacionalistas de septiembre, reivindica una mirada que enfrente las propias contradicciones de Chile y rechace el odio hacia el pueblo argentino, especialmente desde su experiencia como padre y como hombre unido afectivamente a una mujer del otro lado de la cordillera.

Mi hija es argentina. La mujer que más quiero en este mundo, su madre, también lo es. Yo vivo en Chile, lejos de ellas, no por elección sino por necesidad, porque se supone que la posibilidad de algún trabajo está de este lado de la cordillera y porque la economía argentina, con Milei, atraviesa su peor momento. Ahora, con Kast, la chilena comienza a parecerse.

Escribo esto con esa distancia atravesándome el pecho, porque cuando escucho a militares, periodistas, analistas y a diputados hablar de hipótesis de conflicto, de llaves bioceánicas y de soberanías en disputa, no pienso en mapas ni en tratados. Pienso en ellas.

Me detengo en la locura de un septiembre que siempre vuelve con el fantasma del golpe y el festejo de las fondas, y en cómo ese ruido se ha convertido otra vez en el caldo de cultivo perfecto para que un país busque un enemigo afuera en lugar de mirar lo que se desmorona adentro.

El mecanismo no es nuevo. Es la vieja operación del chivo expiatorio. Primero fueron los indígenas terroristas, luego los migrantes, el Tren de Aragua, los zurdos del estallido, los woke, les LGBT. Siempre hay un otro al que culpar de nuestro malestar, un cuerpo extraño que expulsar para que el cuerpo social se sienta a salvo, aunque vaya caminando hacia el abismo. Ahora el otro es Argentina.

Un miembro de la Fuerza Aérea Argentina dice que Magallanes y el Paso Drake son una llave bioceánica vinculada a la soberanía argentina. La Armada trasandina difunde un video donde sus naves cruzan territorio chileno rumbo a la operación Unitas en Perú, con un mensaje que fue leído como una afirmación de que esas tierras les son propias. Es el arte del discurso del poder, hacer circular un mensaje que cada uno interpreta según su deseo y que, sin embargo, produce un efecto colectivo de tensión y malestar.

La Cancillería protesta. Los excomandantes en jefe de la Armada chilena publican una carta que habla de prudencia y firmeza. Y de pronto, en un país que lleva cuatro años hablando de una crisis de seguridad, de viviendas que no dan abasto y de una salud quebrada en espera, todos los matinales, todos los noticieros y todos los políticos, sin distinción de color, entran en una escalada verbal donde hasta militares en retiro y en ejercicio activo se pasean por la televisión hablando de capacidades militares.

También exhiben un libro, El Pacto Perfecto, sobre la colaboración chilena con Gran Bretaña en Malvinas. Lo muestran en pantalla como si fuera una revelación, cuando es un episodio conocido, documentado, que la historia ya juzgó. Pero en el mes de septiembre todo sirve. Todo alimenta.

Es el goce. Un goce que no es placer, sino ese exceso pulsional que Lacan -de quien hace poco se conmemoraron 45 años de su muerte- situó más allá del principio del placer, esa satisfacción que duele y que se alimenta de la repetición. La pulsión de muerte se satisface en la destrucción, en la desintegración, en el retorno de lo peor. Y la política, cuando renuncia a la razón y se vuelve pathos, queda capturada por ese goce. No se trata de defender la soberanía, se trata de gozar con la tensión. No se trata de hacer política, se trata de dejar que la pulsión de muerte dicte la agenda.

Lo siniestro es que no es solo la ultraderecha. Es todo el espectro. Un senador socialista pide que el presidente cite al Consejo de Seguridad Nacional ante la sucesión de polémicos dichos argentinos. Un diputado, sin pudor, justifica la presencia británica en Malvinas diciendo que así como las Falkland son inglesas, el Estrecho de Magallanes es chileno. Y en el mes de septiembre, el mes del golpe, el mes de la primavera y las empanadas, el mes en que Chile se pregunta quién es, la respuesta que se ofrece es la peor de todas. La respuesta es el vecino. El enemigo está afuera. La culpa no es nuestra.

Pero la culpa es nuestra. Si Fromm nos enseñó que el carácter social se moldea en las condiciones materiales de existencia, y que cuando esas condiciones generan desprotección, miedo e incertidumbre, el sujeto busca una salida autoritaria, un orden que lo salve del abismo. Lacan revela que el sujeto se constituye en el lenguaje, pero que el lenguaje deja siempre un resto, una falta irreparable. Y que ante esa falta, el sujeto puede buscar un goce que lo desborde, un goce que lo salve de la angustia de no saber quién es.

La operación del chivo expiatorio en septiembre es exactamente eso. Le dice al sujeto que él no es el problema, que el problema es Argentina, el migrante, el mapuche, el woke. Le ofrece un enemigo para que no tenga que mirar el vacío que la falta dejó. Le ofrece un goce, el goce de odiar juntos, de sentirse parte de un nosotros que se define por lo que rechaza.

Pero el goce del chivo expiatorio no colma el deseo, lo desplaza. Y cuando el enemigo de turno se agota, el sujeto vuelve a encontrarse con el vacío. Y entonces necesita otro chivo expiatorio. Otro enemigo. Otra guerra que no será. Y así, en un círculo infernal, la pulsión de muerte se satisface en la repetición del odio, mientras los problemas reales siguen sin resolverse.

Porque la eventualidad de conflicto con Argentina oculta la guerra que sí fue. La que la derecha chilena y las fuerzas armadas libraron contra su propio pueblo a partir del 11 de septiembre de 1973. Esa no fue una hipótesis de conflicto. Fue un golpe de Estado, fueron fusilamientos, desapariciones, tortura, exilio, campos de concentración, una dictadura que durante diecisiete años sembró el terror y dejó una herida que todavía sangra. Esa guerra fue real, y la libró la misma derecha que hoy se envuelve en la bandera y habla de soberanía y de patriotismo. Es el colmo del cinismo.

No quiero que la distancia que revela mis faltas, que ya es dolorosa, se convierta además en una distancia en discursos de odio. No quiero que mi hija crezca escuchando que su país es el enemigo del país de su padre. No quiero que su madre, que ya lucha todos los días contra la inflación y la incertidumbre, tenga que escuchar además que los chilenos las miran con recelo. No quiero que septiembre, el mes en que nos abrimos a un amor casi imposible, el mes del golpe y de la guerra que fue, se convierta también en el mes de la guerra que no será.

La política no puede renunciar a su dimensión simbólica, a su capacidad de ofrecer un relato que dé sentido a la falta sin recurrir al goce del chivo expiatorio. No puede dejar que la pulsión de muerte dicte la agenda de los matinales. No puede permitir que la crisis económica, que la precariedad, que el miedo, se canalicen hacia una tensión diplomática que no resuelve nada y que solo alimenta el goce de odiar juntos. Y sobre todo, no puede seguir invocando la patria mientras esconde la guerra que la derecha libró contra esa misma patria.

Por mi hija, por su madre, y por todos los que no queremos que el odio nos gobierne, escribo esto. No como un analista, sino como un padre. No como un sociólogo, sino como un hombre que quiere en demasía a una mujer que nació al otro lado de la cordillera y que conocí un septiembre.

No quiero que la locura nos gane. No quiero que el goce del chivo expiatorio nos robe la posibilidad de descubrir un país que mire su falta de frente y la habite con deseo, con dignidad, con vida.

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Por Revista De Frente.

Comentarios (2)

  • Ricardo Balladares

    Claro!…No hay identidad sin alteridad, no hay lazo social sin un exterior que lo delimite. La diferencia no está en la presencia del rechazo, sino en qué se hace con ese rechazo. Saludos y gracias por comentar

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  • Ota

    «El goce de odiar juntos, de sentirse parte de un nosotros que se define por lo que rechaza» eso aplica para todo el espectro político, ¿no?

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