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«La Dictadura de la Democracia Liberal: Una Crítica de la Doble Moral» Por: Ricardo Balladares Castilla

«Los países que a menudo son vilipendiados como “dictaduras de izquierda”, desafían la narrativa simplista de los conservadores, liberales y vacilantes. Estos países, aún bajo el asedio de EE. UU., han logrado con todo en contra y mucha persistencia, implementar políticas sociales progresistas e igualitarias que han ampliado el acceso a derechos económicos, sociales y otras necesidades básicas para millones de personas y han sostenido políticas soberanas sobre sus riquezas y su comercio exterior…

El poder popular, que no es representativo, sino participativo y directo, se expresa cotidianamente en comités de base, la asamblea popular y en elecciones periódicas. Estas últimas, poseen la característica fundamental de no depender del dinero, ni del renombre feudal de un caudillo regional/comunal, ni de si este calificó como influencer, ni por performances tiktokeros, ni cantidad de reproducciones en alguna red social virtual. Sí dependerá de su militancia, de su capacidad de liderazgo, de su conducción política territorial, de su compromiso social, de su inteligencia y de su capacidad de comprender y encarnar las necesidades de su barrio y de su comuna.»

Por: Ricardo Balladares Castilla

Revuelo histérico, oportunismo político y vacilaciones ideológicas han provocado los dichos del presidente del Partido Comunista de Chile, Lautaro Carmona, en los que dio a entender que Venezuela no es una dictadura. Ha recibido golpes de sus socios de coalición y, por supuesto, también de la derecha chilena. Esta última -no huelga decir- único sector político que en nuestra historia republicana ha utilizado reiteradamente la violencia, los golpes de estado, los asesinatos, las cárceles y las persecuciones como recursos para acceder al poder o para mantenerse en él. Sí, los mismos que hoy se alzan como grandes defensores de la democracia liberal, son los únicos, en toda la historia de Chile, que la han violentado en reiteradas oportunidades. Su prontuario así lo confirma.

Se ha hecho común en el discurso político contemporáneo que los defensores de la democracia liberal suelen imputar a procesos de transformación política, social y económica -que no adhieren al capitalismo ni a patrones eurocéntricos- el carácter de dictaduras. Esta calificación se basa en la suposición de que solo la democracia liberal puede garantizar la libertad y los derechos individuales y que cualquier otro modelo de organización del poder político sería una aberración. Sin embargo, una mirada más profunda revela las fallas de esta lógica y expone la hipocresía inherente a aquella acusación.

Georg Lukács, en su obra «El hombre y la democracia» (1985), argumentó que la democracia liberal es solapadamente una dictadura de las elites económicas. Sostiene que, si bien ella ofrece libertades formales, las desigualdades económicas y sociales sistémicas limitan la verdadera participación y el poder de la ciudadanía. Las leyes y las políticas diseñadas siempre serán para proteger a la élite económica dominante, la que busca perpetuar la explotación, la injusticia social y el control sobre la riquezas y medios de producción.

Por otra parte, la obsesión de la democracia liberal con la separación entre individuo y sociedad ha conducido a la alienación y a la incapacidad de abordar problemas sistémicos de manera colectiva. Es en esta dimensión que los defensores de la democracia liberal hacen carne la frase “divide y vencerás”. Por el contrario, una verdadera democracia requiere la unidad del individuo y la sociedad, así como la participación activa de los ciudadanos y ciudadanas en la toma de decisiones.

Es innegable, aunque sí disimulable, que la democracia liberal es una democracia para los ricos. Está diseñada para proteger los intereses de la elite económica y la casta política, mientras que manipula a los trabajadores y trabajadoras, agobia a la ciudadanía y excluye a los pobres. Si bien los ciudadanos y ciudadanas pueden tener el derecho al voto, la verdadera toma de decisiones está controlada por la élite económica, su influencia y compadrazgo con los representantes de la esfera política.

También, resulta inadmisible refutar que la política exterior de la democracia liberal es servil a los intereses de los países más ricos y poderosos, debilitando la soberanía nacional y el protagonismo popular en los asuntos económicos y la propiedad de los recursos nacionales.

Los países que a menudo son vilipendiados como “dictaduras de izquierda”, desafían la narrativa simplista de los conservadores, liberales y vacilantes. Estos países, aún bajo el asedio de EE. UU., han logrado con todo en contra y mucha persistencia, implementar políticas sociales progresistas e igualitarias que han ampliado el acceso a derechos económicos, sociales y otras necesidades básicas para millones de personas y han sostenido políticas soberanas sobre sus riquezas y su comercio exterior. Si bien, estos gobiernos pueden tener sus desperfectos y complicaciones económicas, ambas cuestiones obvias en todo proceso de cambio social y civilizatorio, sobre todo cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, su compromiso con la justicia social y la participación democrática popular es innegable. El poder popular, que no es representativo, sino participativo y directo, se expresa cotidianamente en comités de base, la asamblea popular y en elecciones periódicas. Estas últimas, poseen la característica fundamental de no depender del dinero, ni del renombre feudal de un caudillo regional/comunal, ni de si este calificó como influencer, ni por performances tiktokeros, ni cantidad de reproducciones en alguna red social virtual. Sí dependerá de su militancia, de su capacidad de liderazgo, de su conducción política territorial, de su compromiso social, de su inteligencia y de su capacidad de comprender y encarnar las necesidades de su barrio y de su comuna.

En contraste, las democracias liberales han demostrado ser ineficaces para abordar la continua idiotización, la unidimensionalidad, la reproducción de antivalores en los medios, la creciente desigualdad y la marginación social. La influencia del capital en la política y en los medios ha erosionado la conciencia crítica, la transparencia, la rendición de cuentas, pero, sobre todo, ha deteriorado la verdad y el conocimiento. Los gobiernos y la política se vuelven cada vez más indiferentes al saber acumulado y a las necesidades de la población y, por su parte, la población se vuelve cada vez más indiferente respecto a su elite política y la ciencia. Mientras, los ricos y poderosos -los de siempre-, los de más de 100 años en la cúspide de la pirámide económica, continúan ejerciendo un control desproporcionado de la economía y de acumulación de la riqueza.

Por otro lado, la democracia liberal a menudo se ha utilizado como justificación para la agresión militar y la intervención en países extranjeros. El derrocamiento de gobiernos elegidos democráticamente, bombardeos justificados por falsedades y la instalación de regímenes favorables a EE.UU. han socavado la autodeterminación y la soberanía de países enteros.

Es la democracia liberal y la imposición de sus modelos económicos y políticos mediante la guerra la que tiene a casi 700 millones de personas en todo el mundo viviendo en situación de pobreza extrema y que subsisten con menos de USD 2,15 al día. Es la democracia liberal la que hizo volver la guerra como instrumento en las relaciones internacionales y el fantasma de la amenaza nuclear, es la democracia liberal la que anula la capacidad de autocontrol civilizatorio y de impulsos individuales a no respetar reglas sociales ni identidades colectivas. Es la democracia liberal la forma más perfecta y sutil de ser dictadura.

La afirmación «La democracia es la dictadura perfecta» sugiere que, si bien la democracia se presenta como un sistema de gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, en la práctica puede ser una forma sutil de control social, político y económico en donde el poder está concentrado en manos de unos pocos y la capacidad de los ciudadanos y ciudadanas para influir en las decisiones políticas es limitada. Entonces, acusar a modelos alternativos de cambio político y social como «dictaduras» es una falacia peligrosa. Esta narrativa ignora las fallas sistémicas de la democracia liberal y busca silenciar las críticas legítimas a un status quo injusto y desigual.

En lugar de aferrarse a principios cuasi religiosos sobre la democracia liberal y condenar lo distinto a ella, sus defensores deberían esforzarse por construir sociedades verdaderamente democráticas e igualitarias que aborden las necesidades de todos los y las habitantes democratizando el acceso y distribución de la riqueza, único y basal componente de una verdadera democracia.

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