«Jeannette Jara y el fantasma superado: Cuando Chile puede imitar a Obama» por Ricardo Balladares Castilla
«Y, sin embargo, la política del miedo persiste. La candidatura de Jeannette Jara es atacada no por sus propuestas, sino por el espectro artificial de un «peligro rojo» anacrónico. Se intenta vincularla con un extremismo que no profesa, como si su eventual triunfo representara una amenaza para el sistema democrático. Pero, al igual que Obama, Jara no encarna el miedo, sino la posibilidad de un progresismo serio, dialogante y comprometido con las mayorías, acorde a los desafíos del siglo XXI.»
Por: Ricardo Balladares Castilla
La historia política está repleta de barreras consideradas infranqueables hasta que alguien demuestra lo contrario. En 2008, Estados Unidos enfrentó una de esas supuestas imposibilidades: la elección de un presidente afroamericano. Muchos creían que el triunfo de Barack Obama era inalcanzable, que el país no estaba «preparado», que el peso de la historia racial lo impediría. Sin embargo, Obama triunfó porque su mensaje de unidad y cambio concreto resonó más fuerte que los prejuicios. Incluso dentro de su propio partido existían dudas sobre si un candidato afrodescendiente podría ganar el voto mayoritario blanco o superar el «temor del electorado». No obstante, Obama no solo ganó las primarias demócratas, sino que conquistó la presidencia.
Hoy, Chile enfrenta un desafío similar: superar el “fantasma del comunismo» como arma política para descalificar no solo una candidatura legítima como la de Jeannette Jara, sino también para negar la evolución de la izquierda chilena, incluido un Partido Comunista que, pese a una historia de persecución, ha demostrado su firme compromiso con la democracia. Ese fantasma, un recurso venenoso arraigado en los traumas históricos de la Guerra Fría y la polarización extrema, se agita artificialmente para generar pánico y evitar el debate sustantivo.
Es imposible analizar al Partido Comunista de Chile (PCCh) sin reconocer su resistencia ante los intentos sistemáticos de eliminarlo: durante el gobierno de Ibáñez del Campo; bajo González Videla y la Ley Maldita de 1948, que lo proscribió; y mediante la represión brutal de la dictadura de Pinochet, que asesinó a cientos de sus militantes. A esto se sumó el ostracismo político que enfrentó incluso durante los gobiernos de la Concertación. Sin embargo, lejos de desaparecer, el PCCh no solo sobrevivió, sino que se actualizó. Es un partido que opera dentro de la institucionalidad democrática, con propuestas modernas en educación, salud y derechos laborales, distanciándose radicalmente de los estereotipos autoritarios que se le intentan imponer.
Esta colectividad, víctima de la violencia de Estado, ha sido un actor constante en la defensa del pluralismo y los mecanismos institucionales, incluso antes del golpe de Estado de 1973. Baste recordar su participación en gobiernos del Frente Popular, la Unidad Popular, la Nueva Mayoría y Apruebo Dignidad, así como su compromiso con los procesos constituyentes dentro del marco legal vigente. Compararlo con partidos comunistas de otros países es un error deliberado, una simplificación que ignora su trayectoria y realidad actual. El PCCh es una fuerza política que ha aprendido, desde su propia tragedia, el valor irrenunciable de la democracia y los derechos humanos.
Y, sin embargo, la política del miedo persiste. La candidatura de Jeannette Jara es atacada no por sus propuestas, sino por el espectro artificial de un «peligro rojo» anacrónico. Se intenta vincularla con un extremismo que no profesa, como si su eventual triunfo representara una amenaza para el sistema democrático. Pero, al igual que Obama, Jara no encarna el miedo, sino la posibilidad de un progresismo serio, dialogante y comprometido con las mayorías, acorde a los desafíos del siglo XXI.
Así como el racismo no debió definir la viabilidad de Obama, el anticomunismo caricaturesco no debería condicionar la de Jara. Esta dinámica replica la lógica de quienes creían que el color de piel era un obstáculo insuperable para la presidencia estadounidense. Ambos casos revelan cómo ciertos sectores recurren al temor histórico para eludir debates sustantivos. Pero la ciudadanía, cuando accede a información clara y propuestas concretas, demuestra capacidad para distinguir entre fantasmas y realidades. En ambos contextos, prejuicios reducen la complejidad de candidaturas a etiquetas simplistas cargadas de miedos históricos, evitando evaluar proyectos, caracteres y capacidades reales de gobierno.
Jeannette Jara tiene la oportunidad, como la tuvo Obama, de enfrentar estos temores con un mensaje de unidad y futuro. Su programa no será revolucionario en sentido rupturista, sino en el de reformas profundas dentro de la democracia: mejor salud, pensiones dignas, seguridad con enfoque integral y reactivación económica con justicia social.
El verdadero riesgo para Chile no radica en Jara, en el progresismo ni en la centroizquierda, sino en permitir que campañas basadas en el miedo obstaculicen soluciones para todos. El país no puede darse el lujo de otro ciclo perdido en falsas dicotomías. Así como EE.UU. superó el mito de que un afrodescendiente no podía ser presidente, Chile puede dejar atrás el mito de que una candidata como Jara representa un peligro. Ella encarna una izquierda moderna capaz de gobernar para todos, sin negar su historia, pero sin ataduras a estereotipos.
El futuro no se construye con miedo, sino con voluntad de diálogo. Jeannette Jara, al igual que Obama en su momento, merece ser juzgada por sus ideas y potencialidades, no por fantasmas que otros intentan revivir. Chile tiene ante sí la oportunidad de demostrar que, como sociedad, está preparado para este desafío.