«El terremoto chileno: entre fondas y placas tectónicas (Especial de Fiestas Patrias)» Por Viviana González Herrera
«En su mezcla dialogan mundos diversos: lo campesino en el pipeño, lo urbano en la granadina y el helado de piña. Lo rústico y lo popular se encuentran en un mismo vaso, como metáfora de un país híbrido que se sostiene en la diversidad.»
Por: Viviana González Herrera
Chile es un país que tiembla, y como señala la autora Viviana González Herrera, esta sacudida no es solo una metáfora, sino una realidad geofísica. Ubicados en el Cinturón de Fuego del Pacífico, los chilenos convivimos con la subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana, generando cordilleras, volcanes y terremotos. La autora recuerda que la historia sísmica del país incluye eventos de gran magnitud como Valdivia 1960 (9,5 grados), Maule-Biobío 2010 (8,8) e Illapel 2015 (8,3), entre otros, dejando cicatrices profundas en el territorio y en la memoria colectiva. La resiliencia chilena, subraya González Herrera, no se mide solo en cifras, sino en la capacidad de reconstruir y adaptarse.
Según la autora, la identidad cultural chilena ha encontrado en los terremotos un símbolo único: el trago “terremoto”. Viviana González Herrera destaca cómo esta bebida, mezcla de vino pipeño, helado de piña y granadina, surgió tras el sismo de 1985 y se ha consolidado como emblema de las Fiestas Patrias. Desde su origen en bares santiaguinos hasta su presencia en fondas y quermeses escolares, la autora resalta que el terremoto refleja la memoria colectiva y el aprendizaje festivo del país, integrando lo campesino, lo urbano y lo popular en un mismo vaso.
La autora también plantea desafíos contemporáneos relacionados con sostenibilidad. Viviana González Herrera enfatiza que, aunque el terremoto simboliza nuestra identidad, su preparación actual genera residuos plásticos y ambientales. La autora propone adaptaciones más responsables, como el uso de vasos reutilizables y bombillas no plásticas, sin perder la fuerza simbólica de la tradición. Para González Herrera, el futuro del terremoto pasa por mantener su arraigo cultural y proteger el medio ambiente, consolidándose como patrimonio inmaterial y emblema de la chilenidad resiliente.
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Entre pipeño, helado de piña y granadina, transformamos la sacudida de la tierra en un símbolo de identidad y resiliencia compartida.
Chile es un país que tiembla. No como metáfora, sino como realidad geofísica. Estamos situados en el Cinturón de Fuego del Pacífico, donde la placa de Nazca se hunde bajo la placa Sudamericana. Este proceso de subducción levanta cordilleras, despierta volcanes y provoca terremotos. Somos, literalmente, un país tejido en la tectónica de placas.
Nuestra historia reciente y pasada está marcada por movimientos de gran magnitud: Valdivia en 1960 (9,5 grados en la escala de Richter, el más fuerte registrado en la historia moderna), Maule-Biobío en 2010 (8,8 grados), Atacama en 1922 (~8,5 grados), Chillán en 1939 (8,3 grados), Illapel en 2015 (8,3 grados) y Santiago–Valparaíso en 1985 (8,0 grados, estimado entre 7,8 y 8,0). Y, como buenos fanáticos de los rankings, digámoslo con propiedad: Chile está entre los países más sísmicos del planeta. Tenemos el terremoto más grande jamás registrado y dos eventos en el top ten mundial, lo que nos recuerda que aquí la tierra nunca está quieta. En grandes proporciones, todos estos sismos dejaron cicatrices profundas en nuestros territorios y en nuestra memoria colectiva. Y de cada uno nos hemos levantado, con esfuerzo, con organización colectiva, con resiliencia.
En Chile, la fuerza de la tierra no solo se mide en cifras sísmicas, sino también en la fragilidad de lo construido. En Concepción apenas quedan unas pocas construcciones antiguas, pues los grandes sismos del siglo XX borraron gran parte de su herencia arquitectónica. En Valdivia, después del terremoto de 1960, la ciudad se transformó casi por completo. En Santiago y Valparaíso, en cambio, todavía sobreviven varios edificios históricos, aunque siempre reforzados y reparados. Nuestro patrimonio arquitectónico es más escaso porque habitamos un suelo que no perdona.
De esa condición nació también una de nuestras fortalezas más reconocidas: Chile cuenta con una normativa de construcción antisísmica considerada entre las más estrictas del mundo. Tras décadas de aprendizaje a partir de los desastres, desarrollamos reglas que hoy obligan a que los edificios estén preparados para resistir grandes movimientos. Así, cada vez que la tierra se sacude, no solo se prueba nuestra resiliencia como pueblo, también se comprueba la solidez de un marco normativo que protege vidas.
Lo que no queda en piedra, permanece en la memoria y en los gestos culturales que compartimos, como un vaso de terremoto.
Su receta es sencilla y está al alcance de cualquiera: vino pipeño mezclado con helado de piña y un toque de granadina. El pipeño es un vino tradicional chileno, de raíces campesinas. Su nombre viene de las pipas de raulí —toneles de madera donde se guardaba y transportaba el vino en tiempos coloniales—, y suele elaborarse con cepas históricas como la uva país o la moscatel. Es un vino simple, sin guarda, cercano y accesible: parte de la mesa popular y de las ramadas. Tal vez ahí radica parte del éxito del terremoto: en la simpleza de algo que, sin grandes pretensiones, se transformó en un emblema de las Fiestas Patrias. Y aunque parece inofensivo, su graduación efectiva suele rondar entre los 5° y 7° alcohólicos, parecida a una cerveza fuerte. La diferencia es que el dulzor y el helado hacen olvidar que se está bebiendo vino, hasta que llega la sacudida.
El terremoto nació en 1985, cuando un bar del centro de Santiago comenzó a servir esta mezcla tras el sismo de ese año. Con el paso del tiempo, se popularizó en La Piojera y en otras cantinas, y ya en democracia se instaló en fondas y celebraciones masivas como una bebida inseparable de las Fiestas Patrias. Su tránsito histórico lo convirtió en un símbolo de encuentro: de lo íntimo de un bar santiaguino a la mesa colectiva donde el país se reconoce en comunidad.
En 2019, una encuesta señaló que el terremoto alcanzaba cerca del 44 % de las preferencias entre tragos típicos, superando a la chicha. Más recientemente, en 2025, un sondeo mostró que un 45 % de los chilenos optaba por los clásicos dieciocheros —como terremoto, chicha y pipeño—, lo que confirma que la tradición sigue viva y que el terremoto no es solo un pedido de fonda, sino parte de la identidad celebratoria del país.
Además, el terremoto no se limita al mundo adulto: su versión sin alcohol, con helado y bebida, es protagonista de las quermeses escolares, lo que muestra hasta qué punto forma parte de la memoria colectiva y del aprendizaje festivo de ser chileno.
En otras latitudes también se han creado cócteles inspirados en fenómenos naturales: el Hurricane, nacido en los años 40 en Nueva Orleans como una mezcla tropical de ron y jugos de fruta; el Flaming Volcano, parte de la coctelería tiki que se sirve en grandes bowls encendidos; o el Tsunami, un cóctel turístico popular en Hawái y Estados Unidos, preparado con capas de colores que evocan olas gigantes. Cada uno responde a raíces distintas, a formas particulares de relacionarse con la naturaleza. En Chile, en cambio, el terremoto nos habla de un pueblo que convive con la sismicidad y la convierte en identidad líquida.
En su mezcla dialogan mundos diversos: lo campesino en el pipeño, lo urbano en la granadina y el helado de piña. Lo rústico y lo popular se encuentran en un mismo vaso, como metáfora de un país híbrido que se sostiene en la diversidad.
Pero aquí aparece un desafío contemporáneo. El terremoto, tal como se sirve popularmente, reproduce prácticas poco sostenibles: vasos plásticos, pajitas desechables, residuos que se acumulan en fondas y celebraciones. Si queremos que este símbolo cultural siga siendo parte de nuestra identidad, también debemos repensar su servicio. Prepararlo en vasos de vidrio o reutilizables, con bombillas no plásticas, sería rendir tributo no solo a nuestra historia sísmica, sino también a los esfuerzos que en Chile buscan reducir residuos y proteger el medio ambiente. El recipiente, al fin y al cabo, también habla de nuestra cultura y de los cambios que estamos dispuestos a asumir.
¿Qué le espera al terremoto? Quizás nuevas formas de servirse, más sostenibles, con vasos reutilizables y bombillas que no dejen huella. Tal vez versiones más ligeras, pensadas para niños, como ya ocurre en las quermeses escolares. Pero sobre todo, lo que le espera es seguir consolidándose como un símbolo de chilenidad. Porque si bien nació hace apenas unas décadas, hoy es inseparable de nuestras Fiestas Patrias y de nuestra manera de mirarnos en comunidad.
No parece exagerado imaginar que, en algún momento, el terremoto pueda aspirar a un reconocimiento formal: como trago chileno con Denominación de Origen y, por qué no, como parte del patrimonio cultural inmaterial ante UNESCO. Quizás no lo veamos nosotros, pero el arraigo y la fuerza simbólica ya están ahí.
Porque así somos los chilenos: la tierra nos sacude, los terremotos nos prueban, y aun así aquí estamos, bailando cueca, comiendo empanadas y levantando un vaso de terremoto al grito de ¡tiki tiki tiii!. Entre la fragilidad y la fiesta, entre la memoria y la risa, seguimos celebrando la vida, orgullosos de ser un país que tiembla… y resiste.
Por Viviana González Herrera, geógrafa — Chile
Contacto: territoriosalimentarios@gmail.com
Cristián Rosales Arenas
Tremendo..Mis respetos Viviava..🫶