«El rucio, los copiones y la puñalada en la bencinera» Por: Ricardo Balladares Castilla
«En una columna cargada de ironía y crítica política, Ricardo Balladares Castilla desmenuza el alza de los combustibles como síntoma de algo más profundo: un modelo económico reciclado, donde las decisiones impopulares se delegan a técnicos mientras el poder político se resguarda. La escena, según el autor, no es nueva, sino una repetición casi calcada de viejos libretos aplicados en América Latina.»
Del dolor, la alegría y la rima a ambos lados de la cordillera
Por: Ricardo Balladares Castilla
Balladares advierte que el actual escenario chileno reproduce fórmulas ya ensayadas al otro lado de la cordillera, evocando figuras como Domingo Cavallo y Carlos Menem, donde el ajuste económico se ejecuta con rostro técnico mientras el liderazgo político se mantiene al margen del costo social. La crítica apunta a una estrategia comunicacional y económica que, lejos de ser innovadora, recurre a recetas conocidas con resultados previsibles.
En ese marco, el autor sostiene que el gobierno chileno no solo replica modelos del pasado, sino que además intenta imitar experiencias recientes como la de Javier Milei, configurando —según su mirada— una copia sin originalidad ni sustento propio. La columna concluye con una advertencia: cuando las políticas se diseñan desde la repetición y el cálculo externo, el desenlace suele ser el mismo, trasladando el costo a la ciudadanía mientras otros capitalizan las decisiones.
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Siéntese. Tome el café o té, que está semana fue amarga, como el resto de las cosas. Anoche me quedé mirando YouTube, con la luz apagada, como quien asiste a un velatorio donde el muerto todavía no sabe que está muerto. Y ahí estaba en repetición el ministro de Hacienda, don Marcelo Quiroz. Con esa cara de circunstancia que sólo ponen los hombres que saben que van a dar la mala noticia, pero que igual la dan porque les pagan para eso.
Cadena nacional. ¿Se acuerdan de las cadenas nacionales? Antes eran para anunciar que se acababa el mundo, apariciones, tiranicidios, paquete de ayudas o que había una catástrofe. Ahora son para decirle al chileno que la bencina subió. Pero no cualquier subida. Una de esas que duelen en el bolsillo, en el hígado y en el orgullo. Ahí estaba Quiroz, con su traje oscuro, su corbata seria, su gesto de cirujano que va a amputar sin anestesia. Leyendo números. Dando cifras. Echándole la culpa al contexto, al precio internacional, a Irán, al gobierno anterior, al destino y la suerte, a todo menos a la ideología que lo puso ahí.
Y entonces, de repente, uno tiene una epifanía. Una de esas que duelen. Y se acuerda de otro tipo, con otro traje oscuro, allende la cordillera, hace treinta años. Domingo Cavallo. El que salía también en cadena nacional con la tabla periódica de los precios bajo el brazo. El que tenía la cara de quien te dice “esto va a doler, pero es para salvarte”. El que le ponía el cascabel al gato mientras el turco sonreía desde la Rosada.
Porque ahí está el paralelo tragicómico. La historia no se repite, sino que rima -como decía Mark Twain- pero los asesores y guionistas son unos flojos. Tenemos a nuestro Kast, el líder, el que no sale en la cadena nacional cuando hay que dar la mala. El que se queda el cuarto, el patio o en la oficina de La Moneda, mirando para otro lado mientras su ministro hace el trabajo sucio. Igualito que Menem. El que ponía la cara bonita, la sonrisa, el “síganme, no los voy a defraudar”, mientras Cavallo agarraba el machete y cortaba por lo sano.
La división del trabajo es casi perfecta, sino fuera por la vocera Sedini. El político cartucho pone la marca, el ministro técnico de la colusión pone el cuerpo. Uno vende la ilusión, el otro cobra la factura. Uno dice “vamos a cambiar el país”, el otro dice “señor, el precio de la bencina sube 400 pesos” Y la gente, que es la que siempre paga, se queda en medio, mirando el surtidor como quien mira el rostro de un hijo que le salió mal.
Pero aquí viene el chiste, lo que convierte esta farsa en algo digno de una comedia. Porque si copiar el libreto de Menem y Cavallo ya era un acto de fe en el pasado, ahora resulta que el gobierno de Kast ha decidido hacer lo que nadie le pidió: convertirse en el “Fernet” Mitjans de Javier Milei. Una copia. Pero una copia burda, de esas que se notan a la legua y dan verguenza.
Mire usted. El relato es calcado: la casta, el ajuste, el mercado, no hay caja, las motosierras imaginarias. La misma épica de la destrucción creativa, el mismo desprecio por la política, las mismas frases per chilenizadas, la misma pose de héroes solitarios que vienen a romper el statu quo woke. Pero con inteligencia mucho menor, con menos estilo y, sobre todo, con menos originalidad. Porque si Milei es un producto de la Argentina profunda, con su melena y sus gritos, Kast es la versión de streaming. Igual, pero con menos batería y con publicidad en medio.
Y uno se pregunta, y se lo pregunto yo, el compañero Balladares, que soy mal pensado por naturaleza: ¿cuánto están cobrando los asesores argentinos que están escondidos detrás de este gobierno?
Porque esto no es casualidad. Esto es asesoría. Esto es “management” de la crisis. Esto es traer a los muchachos que ya saben cómo se hace el ajuste, cómo se vende, cómo se disfraza la motosierra de cirugía mayor. Pero claro, eso no se anuncia. No sale en cadena nacional. Eso se paga con otro presupuesto, en otra partida, con caras que no salen en la foto. Los asesores argentinos son los técnicos de un montaje que ya vimos antes. Son los que le dicen a Quiroz: “tranquilo, pon cara de circunstancia, que después Kast sale a hablar de Dios, de la familia y de la libertad, y la gente se olvida del número en la bencinera”.
Así que ahí estamos. En este loop infinito donde los ministros de Hacienda son los enterradores de la popularidad, los presidentes -o los que quieren serlo- se escabullen entre las podios en terreno, micrófonos de cómplices y los aplausos de sus funcionarios, y la derecha chilena, en su afán por ser moderna, termina haciendo un remedo de lo que está fracasando al otro lado de la cordillera.
¿La moraleja? Ninguna. O sí una. Cuando vea a un ministro en cadena nacional anunciando un mal número, no mire al ministro. Mire para atrás. Porque atrás, bien escondido, va a estar el que puso el dedo en el gatillo. Y en este caso, atrás también, cobrando en dólares, va a estar un asesor argentino con un manual de los noventa bajo el brazo y una sonrisa de “ya sabíamos que iba a doler”.
Porque mientras ustedes discuten si la bencina subió $300 o $400 pesos, yo me pregunto cuánto subió la cuenta de los que diseñaron este guion que ya vimos. Y que, como todo lo que se copia sin gracia, va a terminar en el mismo lugar. En la desilusión de la historia y el estallido de los que sufren.
Quedan advertidos.
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✍️ Por Revista De Frente