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«El regalo que nadie quiere» Por: Mónica Barrios

#Pobreza #Desigualdad #Chile #Política

«La polémica frase de la ministra de Ciencias reabre un debate de fondo: ¿se puede romantizar la pobreza desde el poder?
El discurso oficial tensiona la frontera entre experiencia personal e interpretación estructural.
Cuando la precariedad se convierte en virtud, la desigualdad deja de ser problema y pasa a ser doctrina.»

 

 

Por: Mónica Barrios

La afirmación de que “ser pobre” puede constituir un regalo no surge en el vacío. Se inscribe en un clima discursivo donde autoridades han normalizado contradicciones evidentes: se contrapone protección social con oportunidades, se relativiza el rol del Estado y se recurre a fórmulas vacías que no comunican. En ese marco, la declaración de la ministra no es un desliz aislado, sino parte de una narrativa más amplia que desplaza lo estructural hacia lo individual.

Al convertir la pobreza en una experiencia formativa positiva, se despolitiza una realidad marcada por desigualdades profundas. La idea de que la carencia forja carácter reproduce el viejo mito meritocrático: si alguien logró superar condiciones adversas, todos podrían hacerlo. Pero esa lógica ignora evidencia acumulada en ciencias sociales, salud pública y economía, donde la pobreza aparece sistemáticamente asociada a peores condiciones de vida, menor movilidad social y mayores niveles de vulnerabilidad.

El problema no es valorar trayectorias personales, sino elevarlas a categoría explicativa general. Cuando desde el poder se sugiere que la privación puede ser virtuosa, se produce una inversión peligrosa: la desigualdad deja de ser un problema a resolver y pasa a justificarse como parte del orden natural. En ese punto, el discurso deja de ser anecdótico y se convierte en ideología.


No es extraño que una Ministra de Ciencias incurra en razonamientos no científicos cuando ello ocurre en un contexto donde el lenguaje gubernamental ha naturalizado fórmulas tautológicas, falsas oposiciones entre protección social y oportunidades, y una desconfianza explícita hacia la función del Estado; pues estamos en tiempos en que por ejemplo, la Ministra Vocera de Gobierno se expresa con recursividades vacías que derivan en un no comunicar; el ministro de Economía dice que los chilenos no quieren bonos sino oportunidades, como si protección social y desarrollo económico fueran incompatibles; y la Subsecretaria de Prevención del Delito ante una pregunta por el rol del Estado en la seguridad pública, indica que no sabe «por qué se trata de establecer como si el Estado tuviera que dirigir la vida de las personas».

Por su parte la Ministra de Ciencias indica que uno de los mejores regalos que ha tenido es ser pobre, individualizando la desigualdad y despolitizando la pobreza, transformando una problemática estructural en una escuela de carácter, y normalizando el cliché meritocrático liberal del «yo pude, entonces tú puedes», que individualiza responsabilidades y desplaza hacia los sujetos lo que corresponde a estructuras de poder.
La Ministra de Ciencias, Tecnología, Conocimiento e Investigación, al utilizar su biografía y no la evidencia para argumentar, no diferencia entre experiencia subjetiva y diagnóstico estructural. Es legítimo valorar la propia experiencia, pero es problemático cuando una autoridad presenta una narrativa de virtud individual transformada en potencial condición estructural. La lógica de su argumento conduce a una paradoja inquietante: si la privación produce excelencia, podría incluso sugerirse -absurdamente- que el desfinanciamiento mejoraría la ciencia. La situación es grave, más aún, en un ministerio que debe combatir las brechas de acceso al conocimiento, no estetizarlas como rito iniciático de pedagogía sacrificial en un contexto que no dista de los juegos del hambre.
La historia personal de la Ministra merece respeto, pero fomenta una confusión entre caso excepcional y regla general, entre experiencia singular y generalización, pues mayoritariamente, la pobreza produce enfermedad, muerte prematura, deudas, humillación, y hambre no de poder, sino de carencias mínimas para sobrevivir.
La Ministra también confunde correlación con causalidad, pues que ella siendo pobre desarrollara resiliencia no demuestra que la pobreza cause algo valioso. En ciencias sociales, economía, salud pública, y neurociencias, la pobreza suele correlacionarse con las peores trayectorias educativas, mayor carga cognitiva por estrés, menos movilidad social, y peores resultados de salud. Socialmente, no hay evidencia disponible para afirmar que la pobreza es un regalo.
La afirmación de la Ministra contiene un problema epistemológico: es normativa disfrazada de descriptiva, pues establecer que la carencia produce valor es una valoración moral en una formulación que funciona como ideología, pues no describe la pobreza, la resignifica para volverla aceptable, convocando a los sujetos a reconocerse en la precariedad como si fuera formación y no subordinación. En sentido althusseriano, la frase de la Ministra interpela al sujeto pobre como responsable de convertir carencia en virtud; desde Bourdieu constituye violencia simbólica; en clave gramsciana, produce consentimiento hegemónico; y, con Foucault, convierte la precariedad en tecnología neoliberal de sí.
Quizás lo más inquietante es que esta defensa de la pobreza como virtud repite el viejo mito del sueño americano: convertir la excepción en regla y la sobrevivencia en prueba de que el sistema funciona. Pero una democracia no se mide por producir heroísmos individuales contra la precariedad, sino por hacer que nadie necesite de la pobreza para llegar a ser. Llamarla regalo no es una metáfora desafortunada: es una forma de legitimar lo intolerable.
Si la pobreza fuera un regalo, la Ministra que hoy la invoca desde el poder podría autorregalársela. No lo hará. Porque incluso quien romantiza la carencia sabe que la pobreza no es virtud, sino privación sufriente e indigna. Presentarla como escuela moral no es pensamiento crítico ni científico: es convertir la desigualdad en doctrina.
La pobreza no es un regalo; es un conjunto de relaciones sociales desiguales. Y cuando desde el poder se la presenta como virtud, deja de ser memoria personal y pasa a ser ideología.

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✍️ Por Revista De Frente

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