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«El dilema de los tres cuerpos: La izquierda en la batalla por la Metropolitana» Por Ricardo Balladares Castilla

«La batalla por el Gran Santiago y otras comunas metropolitanas, por tanto, no es el final de un proceso, sino el inicio vibrante de un futuro político aún por escribir. Y por eso, se debe buscar el mejor y más consistente candidato.»

Por: Ricardo Balladares Castilla

¿Alguna vez han reflexionado sobre la complejidad que entraña un evento aparentemente simple? En el ámbito político, las elecciones pueden parecer un proceso lineal, pero en realidad, encierran una intrincada red de decisiones y consecuencias. En la vibrante arena de la política del país, la región Metropolitana se prepara para vivir un episodio electoral que promete ser tan complejo y apasionante como el famoso problema de los tres cuerpos en física, hoy popularizado gracias a la serie homónima en Netflix. Este dilema, que ha desconcertado a los científicos durante siglos debido a su naturaleza caótica e impredecible, se convierte en una metáfora perfecta para describir la contienda que se avecina por el puesto de gobernador metropolitano.
El problema se resume en que la introducción de un tercer elemento en un sistema de dos cuerpos puede alterar el equilibrio de manera impredecible, dando lugar a una serie de resultados que son todo menos esperados. En el contexto de la elección para gobernador en la región Metropolitana, este tercer elemento representa el papel crucial que la izquierda debe asumir para influir significativamente en el resultado electoral y en la gestión dle gobierno regional. En este escenario, la izquierda se encuentra ante el desafío de jugar su tercer papel sin ceder su espacio en el competido torneo.
La izquierda, con su rica diversidad y sus múltiples facciones, se encuentra en un punto de inflexión. Deberá demostrar su capacidad para unirse y presentar una propuesta cohesiva que logre resonar con la amplia base de votantes metropolitanos. Este proceso no es solo una lucha por el poder. Es una oportunidad para definir el camino a seguir y los valores que guiarán la gestión de la región más poblada del país y que concentra graves problemas de desempleo, seguridad, vulnerabilidad habitacional y rezago de su semiperiferia y periferia.
El cambio al voto obligatorio en las elecciones de constituyentes de 2023 trajo consigo una sorpresa en los resultados, especialmente en la región Metropolitana. Contra todo pronóstico, el Partido Comunista logró una victoria contundente, doblando su votación anterior (2021) y alcanzando casi el 13% de los sufragios, obteniendo la segunda mayoría en la región. Este fenómeno no solo demostró el efecto del voto obligatorio en la movilización electoral, sino que también resaltó la diversificación del espectro político y la capacidad de los partidos de izquierda para captar una mayor cantidad de votos ante una menor oferta de candidatos.
Así, este próximo torneo electoral, la izquierda no puede darse el lujo de ser un espectador pasivo o ceder sus votos por secretaría. Su participación activa es crucial para modelar el futuro de la región. Más allá de las aspiraciones políticas individuales, se juega la representación de un proyecto de sociedad que aspira a más equidad, inclusión y justicia social. La pregunta que surge es: ¿Podrá la izquierda superar sus divisiones internas y presentar un frente unido que sea capaz de atraer el apoyo popular necesario para triunfar? ¿Quién podría tener mejor desempeño electoral? ¿Quién puede atraer de mejor manera le voto de la izquierda? ¿Quién puede intimidar y confrontarse de mejor manera al poder?
La izquierda enfrenta un desafío de proporciones astronómicas. Sin embargo, al igual que en el problema de los tres cuerpos, donde el caos rige, pero la belleza emerge de las trayectorias impredecibles, esta elección podría ser una oportunidad única para que la izquierda demuestre su resiliencia y capacidad de innovación. Es fundamental que sus líderes y militantes comprendan la importancia de este momento y actúen con una visión unificada que trascienda las diferencias internas y designen a la mejor carta para dar la pelea en las actuales condiciones y escenario.
En política, como en la física, las fuerzas en juego son complejas y a menudo impredecibles. Sin embargo, también nos enseña que con estrategia, unidad y un poco de audacia, es posible encontrar el camino hacia la victoria.
En el contexto metropolitano, estos «cuerpos» pueden ser vistos como los diversos actores políticos, cuyas acciones y estrategias se entrelazan en una danza tan delicada como impredecible. Al igual que en el cosmos, pequeñas variaciones en las condiciones iniciales de nuestra elección pueden conducir a resultados enormemente divergentes, haciendo que el proceso electoral sea todo menos predecible.
La gravedad, en nuestro universo electoral, es la influencia que cada actor político ejerce sobre el otro y sobre el electorado. Esta «fuerza» no se mide en newtons, sino en promesas, propuestas y carisma. Y así como la gravedad puede atraer a un cuerpo hacia otro o lanzarlo hacia el espacio exterior, la habilidad de los candidatos para atraer o repeler votantes determinará el curso de esta competencia. Es una interacción constante de atracción y repulsión, donde la estrategia, más que la masa, define la trayectoria.
Una de las opciones que enfrenta la izquierda es la de forjar alianzas o coaliciones con otros sectores políticos. Esta estrategia podría fortalecer su posición y ampliar su base de apoyo, pero también conlleva el riesgo de diluir su identidad ideológica y ceder terreno en ciertas cuestiones clave. Es un delicado equilibrio entre ganar fuerza numérica y mantener la coherencia de sus principios. Ya conocemos hacia donde ha llevado eso.
Por otro lado, la izquierda podría optar por una postura más independiente, enfatizando su singularidad y presentándose como una alternativa clara y diferenciada. Sin embargo, esta vía implica el desafío de atraer suficientes votos por su propia cuenta, sin el respaldo de aliados estratégicos. Es una apuesta audaz, pero también arriesgada, que podría resultar en una victoria resonante o en un revés electoral.
Una tercera opción sería buscar un punto medio, un compromiso que permita a la izquierda mantener su esencia mientras establece puentes con otros sectores. Esta vía podría brindar una mayor flexibilidad y capacidad de maniobra, pero también conlleva el riesgo de ser percibida como ambigua o poco comprometida con sus ideales. Es un camino sinuoso, que requiere habilidad política y una clara visión estratégica.
A medida que la batalla por la Metropolitana se intensifique, la izquierda se encontrará ante un dilema de proporciones cósmicas. Al igual que los cuerpos celestes en un sistema gravitacional complejo, cada partido político debe navegar por las fuerzas que lo atraen y lo repelen, buscando el equilibrio perfecto para asegurar su influencia y representación.
Por su parte, la ciudadanía espera propuestas serias que atiendan sus necesidades más urgentes. En tal sentido, la izquierda debe reflexionar y conciliar los avances del progresismo de identidades con la universalidad de la inseguridad, la explotación y la contradicción Capital-Trabajo, que son hoy las cuestiones más importantes para la gran mayoría de la población. Porque no hay mayor y universal discriminación y opresión -dada por natural- que la que se realiza sobre aquellos que para vivir deben vender su tiempo por un salario y, además, vivir a expensas del temor en el espacio público.
Ante esta nueva elección, la izquierda debe evitar la autodestrucción y unir sus fuerzas detrás del candidato que mejor atraiga a los votantes izquierdistas. Aquellos y aquellas que valoran el avance y la emancipación de identidades como, también, la emancipación de los individuos de la sobreexplotación y del temor al crimen. Este candidato debe ser capaz de intimidar a los poderes fácticos, abordar la corrupción y revitalizar el debate sobre el vínculo entre democracia y justicia social. Se requiere, entonces, una candidatura probada que cumpla con los criterios de lucha inclaudicable y sea reconocido, en extenso rango etario, por su permanencia en la arena pública, la batalla política e ideológica por la justicia social, los derechos humanos y la lucha contra la corrupción. La presencia de alguien con estas características en la contienda podría revitalizar la esperanza entre trabajadores, trabajadoras y el mundo popular y, así, crear un escenario político incierto pero esperanzador.
Es imprescindible, entonces, entender que la lucha electoral es más que una batalla por el poder. Esta representa una oportunidad única para promover cambios significativos que hagan eco en las demandas de justicia social, equidad e inclusión. Además, enfrentar y superar la apatía del electorado requiere de un mensaje que no solo sea inclusivo, sino también inspirador y renovador con las demandas históricas de los sectores populares. En un mundo saturado de cinismo y desencanto, la habilidad de encender la imaginación colectiva y ofrecer soluciones concretas a problemas cotidianos será un diferenciador clave. La política, al fin y al cabo, es también el arte de lo posible, y reavivar esa chispa de optimismo es esencial.
La tarea no se detiene en ganar una elección. Además, se trata de cómo usar ese triunfo para generar cambios reales y significativos en la vida de las personas. Esta es la verdadera medida del éxito para la izquierda en estas elecciones. La batalla por la región Metropolitana pone de manifiesto la urgencia de renovar compromisos, de reimaginar estrategias y, sobre todo, de reafirmar la convicción de que otro Chile es posible, uno donde la justicia, la equidad y la solidaridad sean los pilares de su desarrollo.
En conclusión, la elección de gobernador en la región Metropolitana es más que una simple disputa por un cargo. La izquierda, en este contexto, no debe temer asumir su papel de tercer cuerpo. Al contrario, debe abrazar su capacidad para influir en el sistema, innovar en su enfoque y, con audacia, buscar no solo participar en el juego político sino cambiarlo. En este dilema de los tres cuerpos, la incertidumbre no es un obstáculo, sino el terreno fértil para el surgimiento de nuevas posibilidades. La batalla por el Gran Santiago y otras comunas metropolitanas, por tanto, no es el final de un proceso, sino el inicio vibrante de un futuro político aún por escribir. Y por eso, se debe buscar el mejor y más consistente candidato.

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