“DUNE: el Mesías del desierto regresa» por Rafael Cheuquelaf

Por: Rafael Cheuquelaf

    Tras casi dos años de forzada espera, al fin se ha estrenado «DUNE», la última adaptación cinematográfica de la novela de Frank Herbert (1965). Una obra que aborda como grandes temas el Poder, la Religión y la Ecología. Ambientada unos 20.000 años en el futuro, en un Imperio Galáctico construido sobre las ruinas de una antigua guerra entre la Humanidad y la Inteligencia Artificial. Donde el principal mandamiento es «No harás una máquina a semejanza de una mente humana». Un sistema feudal en donde el poder reside en un Emperador y en Casas Nobles (reunidas en el Consejo Landsraad), siendo secundados (o más bien manipulados) por la hermandad femenina Bene Gesserit, la escuela de «computadoras humanas» Mentat y la Cofradía Espacial, cuyos navegantes tienen el monopolio de los viajes estelares. Todos ellos dependen de la Especia Melange, que expande la conciencia y alarga la vida. La más valiosa y escasa materia prima de la galaxia, pues es muy peligrosa de extraer y solo se encuentra en un planeta: Arrakis, un mundo desértico dominado por titánicos gusanos de arena y en donde los Fremen, tribu descendiente de antiguos colonizadores, esperan a un mesías que los conduzca a la libertad y transforme a su planeta en un Edén. Y ese redentor es el joven Paul, heredero de la Casa Atreides, que tiene un destino que no le dará felicidad, sino que lo transformará en un Mahoma galáctico que desatará una Yihad que arrasará mundos completos. Ese es el marco general en que se desarrolla el relato original de «DUNE», que el cineasta Denis Villeneuve ha adaptado (en rigor, solo la primera parte del primer libro), con su propio estilo ya distintivo y con un final abierto, listo para una segunda parte.

    En mi opinión, no tiene sentido comparar su versión con la entrañable y fallida obra de David Lynch. Tampoco con la miniserie de SciFy Channel, bien narrada pero visualmente precaria. Y menos con un proyecto que no llegó a concretarse, el de Alejandro Jodowrosky. Esta versión tiene sus propios méritos y algunas falencias, como el poco espacio que le destina a personajes y situaciones que son fundamentales en el libro original. En este último aspecto, no se debe perder de vista que es una adaptación hecha para todo público, no solo para los fans tradicionales de la saga. Mucho se ha hablado de lo “enorme” que resulta ser visualmente, vista en cine y en especial en IMAX. Sus colosales planos de naves y paisajes están contrapesados con cierto minimalismo a la hora de tratar a sus personajes y los entornos en que se desenvuelven. Pero para mí su principal potencia reside en algo que puede pasar desapercibido por el espectador promedio, acostumbrado a la formula palomitera de Marvel: su correspondencia con nuestro propio mundo. Ya en su obra original, Frank Herbert expresaba una preocupación con el futuro de nuestra especie y su lugar en el ecosistema. Ahora, en plena era del Cambio Climático, vemos en pantalla un mundo hostil a la vida humana, en que el agua es realmente el bien más valioso de todos. Con parajes como los de Irak o Afganistán, ocupados por tropas coloniales (como los brutales Harkonnen y los Sardaukar imperiales) que explotan un recurso al cual el resto del mundo es adicto (¿petróleo? ¿heroína?). Y bajo ese poder aplastante, hay una población nativa con sus propias creencias (o implantadas hace mucho por las Bene Gesserit, como da a entender la película) y una historia de supervivencia frente a sucesivas invasiones.

    Los Fremen, cuyo nombre viene de la expresión “Free Men” (“Hombres Libres”), son guerreros feroces, pero que también viven en equilibrio con el ecosistema de Arrakis. No solo han desarrollado “destiltrajes” que recogen la humedad de sus cuerpos, sino que toda su vida (y también sus ritos funerarios) gira en torno a la conservación y reciclaje del agua. Y también usan la Especia Melange, pero no como el resto de los consumidores-adictos de la galaxia. Más que solo aprovechar sus beneficios mentales y geriátricos, los Fremen han estructurado su vida espiritual en torno a esta materia, que es un subproducto del ciclo vital de los Gusanos de Arena. Sus ojos teñidos de azul, conocidos como “Los Ojos del Ibad” y que son la marca de vivir en un medio saturado de la especia, son un recordatorio del nexo indisoluble entre los Fremen y Arrakis.

    Alguien intentó criticar a esta película, en una muestra más de “corrección política” absolutamente desinformada, por ser “una historia más de un salvador blanco”. Es decir, sobre un hombre caucásico que llega para dominar y ser adorado por “salvajes”. Nada más lejos de eso. Frank Herbert se inspiró en varias fuentes místicas y mitológicas (como la Kabalah Judía, el Corán y los Mitos Griegos) para escribir “Dune”, pero hay una historia que ciertamente da el tono con el que se describe el viaje de Paul Atreides: la odisea de Lawrence de Arabia, el oficial inglés que en plena Primera Guerra Mundial llega a liderar a un gran ejército de beduinos, con los que expulsa al Imperio Otomano de la Península Arábiga y Palestina. Es la historia de como alguien se mimetiza con otra cultura y termina convertido en un líder, pero también en un instrumento de destrucción y muerte. Es lo que Paul Atreides, en una de sus visiones, vislumbra aterrorizado: miles de guerreros fanáticos que crearán una religión y matarán a millones en su nombre. Es lo que vio Lawrence de Arabia, tras una masacre soberbiamente filmada en la película biográfica de David Lean. Y que lo hizo renunciar a todo y volver a Inglaterra, donde trató de vivir discretamente como el hombre común que ya había dejado de ser.

    Quien siga leyendo los siguientes libros, que también podrían ser llevados a la pantalla grande, descubrirá que el destino de Paul es amargo: un atentado lo deja ciego y, desencantado de todo lo que se ha hecho en su nombre, se convierte en un ermitaño en el desierto. En su ausencia, sus hijos le quitan el poder a su tía Alia y uno de ellos, Leto Atreides, se fusiona con pequeños gusanos de arena. Nace de esta manera un Dios Emperador, que toma la forma de un gran gusano con rostro y brazos humanos y vive miles de años gobernando con mano de hierro. Presa de un tedio que se prolonga por siglos, llega a decir de sí mismo: “Soy todo lo viejo y obsoleto de este universo”. Es que “Dune” es, bajo la apariencia de un relato fantástico, una crítica al Poder Absoluto y al Mesianismo. Y se aventura a retratar el efecto que este tiene en las mentes humanas.

    Resulta innegable el poder de esta nueva versión cinematográfica de, literalmente, transportarnos a otro mundo. Comenzando desde sus primeros segundos, cuando una voz de una imaginada lengua humana del futuro nos dice: «Los sueños son mensajes que vienen desde lo profundo». Acabo de leer que Warner Brothers ha confirmado, a raíz del gran éxito de esta película, que se filmará la prometida segunda parte de este relato. El Cine Comercial, de vez en cuando, logra combinar factores aislados para crear franquicias y sagas inolvidables, como lo fueron en su momento “El Padrino”, “Star Wars”, o “El Señor de los Anillos”. Y cuando eso se produce, la mezcla de entretenimiento, fenómeno mediático-comercial y genuino arte resulta imparable. Y en el mundo post-pandémico se podrán haber perdido muchas cosas, incluso la posibilidad de hacer más “blockbusters”, pero el Cine como trabajo y experiencia colectiva seguirá ahí. Y esta multimillonaria apuesta es un paso en esa dirección. Como bien dice un personaje de la novela original “Dune”, muy consciente de todo lo que está en juego en su universo: «LA ESPECIA DEBE FLUIR…»

                                       

                                

Músico, abogado y defrentista. Vive en Peñalolén, Santiago.

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