«Contrarrevolución» por Pablo Monroy Marambio

Por Pablo Monroy Marambio

Entre 1814 y 1817, tuvo lugar lo que en historia se ha dado en llamar la Reconquista española. En dicho periodo, más que registrarse el despliegue de una intervención violenta a fin de reestablecer el dominio de la corona, lo que sucedió en verdad, fue más bien una “transición” pausada hacia el viejo orden imperante antes de 1810. Poco duró, es cierto, porque esa campaña se viene abajo en febrero de 1817, a manos de San Martín, Soler y O’Higgins, en Chacabuco.
Como sea, durante esos tres años (que en rigor fueron menos de dos y medio), y con los matices que le corresponden, lo que sucedió fue una contrarrevolución. El hombre clave en todo ese entuerto fue Fernando de Abascal, virrey del Perú, cuya principal misión era reestablecer los dominios de España, y la autoridad en ellos de Fernando VII.

Muchos años después, en 1924, sucede el famoso “Ruido de sables”, con el que hace su ingreso en la historia Carlos Ibáñez del Campo, oponiéndose al gobierno del León de Tarapacá, que se decía pro social pero que sin embargo discutía la institución de la dieta parlamentaria. Este golpe militar es “polémico” entre los historiadores, pues algunos de ellos cuestionan dicho carácter, amparándose en que, al momento de la acción, se advierte una buena recepción de ideas socialistas entre los uniformados.
Todos sabemos, no obstante, en el dictador en que se convirtió Ibáñez inmediatamente después (a quien se le aduce incluso el lanzamiento al mar de homosexuales, aunque en honor a la verdad, cabe señalar que no existe respaldo histórico sobre el hecho en específico; si alguien conoce alguna fuente, se agradecería mucho la compartiera).
Como sea, este golpe busca terminar con el régimen (o República) parlamentario, vigente desde 1891 (más allá de la discusión, también de los historiadores, referida al carácter de ese periodo, que algunos definen como “semi” parlamentario, debido a que se regía de todas formas por la Constitución de 1833, que era preeminentemente presidencialista y frente a la cual se levantarían después Bilbao, Arcos y La Sociedad de la Igualdad).

Otro poco de años después, en 1973, fuimos testigos (y todavía herederos de tanta herida aun abierta) de cómo las fuerzas de orden, se alzaron violentamente en contra del gobierno popular de Salvador Allende, en la única revolución real (por mucho que nos pese reconocer a quienes nos sentimos de izquierda, y por ende, ciertamente propietarios del término) que ha tenido lugar en estos suelos, en el sentido más estricto de las acepciones de la palabra: “cambio violento y radical de las instituciones políticas, el ámbito social, económico y moral de una sociedad”, según se puede leer en cualquier diccionario “brutal”, como diría Borges.

Aunque, si bien es cierto, y para hacerle justicia a la rigurosidad en el uso de las categorías, se puede hablar también aquí de una contrarrevolución, otra más; la que se suscita justamente para hacer frente a la revolución social que estaba llevando a cabo el compañero presidente. Una de las grandes consecuencias de este levantamiento, fue esa Constitución que deberíamos estar próximos a cambiar.

Dato: En los tres episodios revisados, el día 11 de septiembre juega un papel relevante, fecha que es posible rastrear hasta 1541 incluso, con la avanzada de Michimalonco sobre la recién Fundada Santiago. Signifíquelo usted como quiera, yo solo le diré que ni la historia es cíclica, ni que tampoco existen las coincidencias.

A qué viene todo esto?
Pues bien, luego de los resultados de ayer, lo que más se ha podido leer en redes sociales, son estados como “en shock”, “en blanco”, “en el suelo”, “no entiendo nada”, etc.
Y claro, la situación es ciertamente desconcertante, dado lo sucedido recién anteayer (dos años), sin embargo, me parece realmente inquietante el derrotismo y abandono existente en esas declaraciones. “Me voy de Chile”, he llegado a leer incluso.
Irse a dónde? Y para qué? En Shock de qué? Miedo de qué?

Esta columna bien pudo haberse titulado “Salud mental”, por el obvio hecho, cuya sorpresa no se puede desconocer, de la arremetida del candidato Parisi, quien ni siquiera estando presente, sin siquiera un programa, y aun, con todos los antecedentes judiciales vigentes y patentes en su contra (incluida la amenazada de arraigo si pisa nuestros suelos, verdadera razón de porqué no pisa estos suelos), además de la evidente nueva estafa en que consiste su candidatura, que solo espera cobrar después al Servel los réditos de haber participado, dada la cantidad de votos que logró obtener (con la promesa, además, de repartir dicha ganancia entre todos sus adherente, porque ellos, los “badboys”, son quienes hacen tonto al Estado abusador, y no al revés).
Con todo, la situación es perfectamente analizable desde el psicoanálisis, el freudismo con el que significar esta “lealtad” al padre ausente, sumado al análisis de las múltiples repercusiones que tiene el evidente e histórico abandono en que se encuentra la salud mental de todos nosotros, sin duda pueden darnos muchas luces para explicarnos la situación.
También pudo esta columna haberse titulado “Ombliguismo”, dada la inocente sorpresa advertida entre quienes publicaban los estados anteriormente señalados, pues esa sorpresa, de lo único que da cuenta, es de la incapacidad de algunos de ver más allá de si mismos, de sus propios círculos, de las arengas y manifestaciones de los cercanos. “Convencidos entre convencidos”.

Yo mismo erré el pronóstico, es cierto. En la columna anterior la apuesta para segunda vuelta fue Boric-Sichel, cuya proyección no se afirmó específicamente en el despliegue de los candidatos en el último debate, sino más bien en esa editorial de El Mercurio, la semana pasada, en donde el equipo económico de Sichel destrozaba lo correspondiente del programa de Kast, de cuyo análisis se extrajeron advertencias como la inviabilidad absoluta del mismo, la agudización de la crisis en el amplio sentido, y las limitaciones para la economía (que el mismo candidato de ultraderecha confirmó apenas unos días después, al manifestarse en contra de una de las empresas nacionales más pujantes del último tiempo, que se dedica al desarrollo de alimentos a base de plantas) por las absurdas restricciones que el mismo programa supone. Esa editorial fue un mensaje directo para el empresariado, en la tribuna que ellos leen, obviamente.
La jugada se intentó pero no se logró. Parece ser que el orden, valor sacrosanto en estas tierras, aún más que (quien lo diría) la acumulación de capital, sigue siendo tan vigentes hoy como ayer (y como tan bien se preocupó de reafirmar la dictadura, y que es la única idea que se puede rescatar del libro del mismo nombre, de Baradit).

Dada la situación, no puede si no venirme a la memoria la frase con la que partía la “editorial” de la Gazeta de Gobierno, en enero 1815, que ensalzaba la victoria del Rey Fernando VII sobre Napoleón, y la defensa irrestricta del sistema de monarquía absoluta, además de denostar cada vez que le era posible, ese pasado revolucionario, cuyo único derrotero, no podía ser otro que la destrucción de la patria:
“Ya la experiencia os ha hecho cuerdos; y enseñados por vuestros propios males que no hay verdadero bien sino la conservación del orden, en la constante obediencia al verdadero monarca”.

Digo, por si no se imaginan los titulares que podría contener la prensa escrita, al servicio del gobierno ultraderechista, si es que este sale finalmente electo.

Más allá de todas estas consideraciones, la presente columna se titula como ustedes ya ven, Contrarevolución.
Para quienes señalan que “de nada sirvió”, que “Chile apenas se levantó al baño, nunca despertó”, bien vale la pena reforzar la idea de que en este país efectivamente hubo una revolución, aquí, hace poquito, dos años, y no es que no haya servido de nada. Todo lo contrario, estuvo muy cerca de lograr mucho, y la furiosa arremetida neofascista de hoy, no es más que la prueba y confirmación de aquello.
Es cierto que la “salida” que se logró fue secuestrada por la institucionalidad, es cierto que recuperada cierta normalidad, volvieron de inmediato a cometer sus comunes faltas y abusos, muchos de los cuales, consistentes en desconocer y rechazar justamente lo acordado, pero es igualmente cierto que los vimos trastabillar, tambalearse, temblar de miedo y declarar inseguros.
Es cierto lo anterior, así como también es cierto que el proceso nuevo constituyente fue posible solamente gracias a esa revolución, y la prueba más irrefutable de aquello, es que nunca antes, desde el retorno de la “democracia”, ninguno de los gobiernos que alternó en el poder, estuvo dispuesto a resolver definitivamente respecto de la constitución que se impuso a sangre y fuego bajo el mandato de Pinochet.
Ni siquiera el intento de reforma constitucional del segundo gobierno de Bachelet fue posible (culpa de sus propios “allegados”, cabe señalar). Tuvo que suceder una explosión social sin antecedentes inmediatos en la historia de muchos, para que las clases dominantes, políticas y económicas, estuviesen dispuestas a discutir realmente el tema.

No es una revolución de todas formas, insisten los más porfiados, los más obtusos.
Si lo fue, así son, pasó aquí mismo. Los alcances, los podemos discutir, obviamente, pero lo que sucedió aquí no fue ni más ni menos que eso, que una revolución con todas sus letras. Quienes consienten revoluciones solo con la asistencia de espectacularidades y hermosos e imbatibles caudillos, están demasiado obnubilados por la literatura y el cine, que han explotado hasta la deformación esa idea. Fue una revolución como la que pudimos tener, y el abandono de ese entusiasmo solo porque que las cosas no hayan resultado como se esperaba, solo da cuenta de cuan internalizado tenemos el clientelismo, al esperar de los procesos sociales resultados inmediatos y ojalá palpables, para considerarlos válidos y relevantes. Del otro lado, quienes hoy despotrican y antes marchaban, solo desesperación pequeño burguesa, de cuyos riesgos ya nos advertía Marx.

Es relevante, justamente hoy, considerar nuestra historia reciente bajo estas categorías, porque con ellos podemos explicarnos, entre otras cosas, los resultados de ayer.
Fue una revolución. Según el libro La Revuelta, de los periodistas Laura Landaeta y Víctor Herrero, la noche del 24 de octubre de 2019, los manifestantes estuvieron a 30 minutos de tomarse La Moneda. Se imaginan las consecuencias que ese hito hubiera tenido? Estuvimos así de cerca, sin saberlo por supuesto, imposible; y hoy analizamos tarde, como siempre dada la eterna maldición de las ciencias sociales. Pero el hecho es, que es un antecedente más de que efectivamente fue una revolución. Es urgente y determinante utilizar las categorías correspondientes al analizar los hechos, porque esa es la única herramienta que nos permitirá entender y desenmadejar este ahora. El de este preciso momento, post elecciones.

Qué pasó ayer? Qué pasó con Chile?

Se preguntan varios.
Lo único que podía haber sucedido. Si hubo una revolución, debía, necesariamente y más temprano que tarde, una contrarrevolución, y en ese estadio estamos.
Tuvimos nuestra revolución y los análisis de la misma aun son limitados porque estamos demasiado cerca y, además, por la asistencia de un fenómeno inédito que nadie pudo haber previsto, una pandemia mundial.
Mala suerte nuevamente para nosotros, porque eso dio tiempo para prepararse mejor a quienes se oponían desde el principio a nuestras demandas (chalecos amarillos al inicio, se acuerdan?). Seguramente, la respuesta hubiese sucedido antes, y se hubiera manifestado de otra manera, pero las limitaciones de la emergencia sanitaria lo demoraron hasta hoy, época de elecciones, para bien o para mal.
Les tocamos los puntos más sensibles y en verdad los hicimos temer. ¿Qué esperábamos, que simplemente se allanaran a nuestras demandas, que se sensibilizaran por nuestras condiciones de existencia, que se retiraran tranquilos para dejarnos repartirnos lo que ellos siempre han tenido? ¿Ellos, los siempre reaccionarios, ultrareaccionarios? Pues bien, hoy somos testigos de su arremetida y estos son los amargos resultados.

Tienen todos los medios materiales, luego ideológicos, a su favor además. La emergencia del terrorismo y del narcotráfico, como muy oportunos ingredientes para la fórmula ganadora, y parece estar dando resultado. Súmele usted también, a una gran cantidad de población pasiva y sistemáticamente deseducada en los temas relevantes para desarrollar el mínimo de pensamiento crítico y de interés en el devenir del propio agregado humano del que forma parte, la sociedad, a cambio de exitismo exacerbado en donde lo único importante es tener, ojalá antes que los demás (factor que también explica el fenómeno Parisi).
Tal es el escenario y debemos comprenderlo así, para abandonar ese derrotismo tan temprano y patente, esa desilusión de la que siempre es culpable “la gente”. Debemos recuperar urgentemente el historicismo necesario para entender los procesos, y nuestros roles y posibilidades en ellos. Pocas, probablemente, más ahora, pero posibilidades al fin y al cabo, entre las que no cabe, por cierto, el “irse del país”.

En fin.
Es pertinente, llegados a este punto, hacer números para tener una noción real de la situación, porque sigue aún pendiente la respuesta de esa pregunta que pocos se quieren hacer, y en la que este servidor a insistido en cada columna hecha de manera posterior a las elecciones que hemos tenido en el último tiempo; la participación ciudadana.

En septiembre de este año, el Servel informó el padrón electoral definitivo para estas últimas elecciones, 15.030.963 votante, 130.774 personas más que la anterior actualización hecha por el organismo en febrero (14.900.189 de votantes), no obstante, en las votaciones de ayer, el total de votos emitidos suma 7.115.590 (de los cuales, 7.027.068, el de ese total 98,76%, fueron válidamente emitidos), significando una participación del 47,34 % del total del padrón.
Sin duda es un avance respecto del desinterés visto en las últimas elecciones en donde solo en la votación de Constituyentes, alcaldes, gobernadores y concejales, observamos una participación similar, 43%, 6,4 millones de personas (del total padrón a ese momento del año, vale decir, más de 130 mil personas menos que hoy). En la segunda vuelta de gobernadores, ya lo hemos visto, la participación apenas si alcanzó el 19,61% del padrón habilitado para votar (3 de las 16 regiones del país no participaban en esa oportunidad), 2.556.898 personas, de un total de 13.040.819, para esta pasada.
Las primarias de Apruebo Dignidad, por su parte, tuvieron un insignificante repunte en la participación, votaron 3.143.006; 21,09% del padrón de entonces.
Queda patente, cuestión que también hemos revisado en columnas anteriores, que la población que vota, decide hacerlo solo cuando la elección le parece relevante. Las razones detrás de esto, pueden ser todas o ninguna; desde la simple desidia ante un “trámite aburrido”, hasta la inconformidad social frente a las únicas alternativas de participación política que se le proponen.
Invariablemente y cualquiera sea el escenario, lo que no cambia, es el hecho de que la participación, en ningún escenario posterior a las elecciones de 1988-1989, ha vuelto a superar el 50%. El país puede optar a obviar aquello y convivir sin darle mayor relevancia (lo han hecho todos los gobiernos desde 1996 hasta ahora), o bien puede desplegar distintas estrategias, de toda naturaleza, para tratar de captar algo de ese preciado botín que, de participar, puede hacer todas las diferencias.
Probablemente, veremos en lo sucesivo, o un discurso más “moderado”, más centrista de parte de Kast (sin pretender jamás serlo, obviamente) con miras justamente a acaparar aun más votos, o bien insistirá en los mismos extremos que podría creer que lo llevaron hasta donde esta. De igual modo, es urgente que la contraparte, que me resisto a llamar izquierda, debe entender que no es suficiente con denunciar los malos actos cometidos en sus propias filas, pues aunque lo haga, casos como el del “Pelao Vade”, o justo ahora el de Karina Oliva, lo único que instala en la opinión pública, es la idea de que “son más de los mismo”, “todos igual de corruptos”. Ante eso, la oferta de un orden y de una “razzia” anti-corrupción, para muchos suena ciertamente atractiva.

La contrarrevolución es inmoral, y mientras la izquierda siga ufanándose de ese carácter sin mácula, cuya ética y valores puros sin impracticables hoy en día, en este escenario, resultados como el de ayer seguirán replicándose y ahí sí, lo poquito logrado, la nueva constitución, si que corre un real peligro de convertirse en esa nada que hoy tantos acusan como el “resultado” de tanta manifestación.

Comentarios (4)

  • Carlo sepúlveda jofré

    Una triste reaĺidad amigo, su columna me aclara mi mente y da fuerza para pensar q es solo una batalla la perdida y tenemos q levantarnos a como de lugar. Saludos estimado

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    • Pablo Monroy

      Efectivamente.
      No es tiempo de echarse a morir, ahora menos que nunca.
      Hay que seguir adelante «con toda la fuerza de la historia».

      Un abrazo y muchas gracias por pasar.

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  • jorvi

    … como siempre se agradece tus puntos de vista, coincido que hay que seguir hasta crear una nueva situacion donde se manifieste la masa y ver si el dichoso factor subjetivo esta a la altura… saludos y ya le daremos a la chachara,,,

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    • Pablo Monroy

      Como siempre, se agradecen sus palabras y su tiempo querido amigo.

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