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«¿Cómo las presiones de EEUU que terminaron con el congelamiento del observatorio junto a China en Ventarrones afectan gravemente el desarrollo nacional? Por: Nicolás Romero Reeves

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«Chile está permitiendo que una potencia extranjera decida con quién puede cooperar en áreas estratégicas. Está sacrificando su futuro científico para no incomodar a Washington.

En el siglo XXI, la astronomía no es solo observación del cielo. Es datos, tecnología espacial, comunicaciones, innovación y poder geopolítico.

Renunciar a proyectos estratégicos por presión externa no es prudencia. Es dependencia.

Estados Unidos no está defendiendo el desarrollo chileno. Está defendiendo su supremacía frente a China.»

 

 

 

 

 

Por: Nicolás Romero Reeves

La cancelación definitiva del proyecto de observatorio astronómico chino en el cerro Ventarrones, en la Región de Antofagasta, es un golpe directo a los intereses estratégicos de Chile en uno de los campos más decisivos del siglo XXI: la astronomía, la tecnología espacial y el desarrollo científico avanzado. No se trata de un problema administrativo ni jurídico. Es una consecuencia directa de las presiones de Estados Unidos para bloquear la presencia tecnológica de China en zonas estratégicas del planeta.

El proyecto, impulsado por la Universidad Católica del Norte junto al Observatorio Nacional Astronómico de China (NAOC), buscaba instalar infraestructura científica en uno de los mejores cielos del mundo, entre Paranal y Armazones. Chile concentra cerca del 70% de la capacidad astronómica avanzada global. Esa ventaja no es solo científica: es geopolítica.

A comienzos de 2025, Washington intervino.

Según altas fuentes de gobierno citadas por la prensa chilena, la entonces embajadora de Estados Unidos en Chile, Bernadette Meehan, advirtió directamente al Ejecutivo que el observatorio “no debía ser leído únicamente como una iniciativa académica”, sino como una infraestructura con potencial para el “seguimiento de satélites en órbita”, con implicancias estratégicas y de defensa.

El mensaje fue inequívoco: Estados Unidos no aceptaría que China operara tecnología avanzada en un punto clave del hemisferio sur.

Tras esas presiones, Cancillería congeló el proyecto y posteriormente lo canceló. La explicación oficial fue jurídica. Desde el Ministerio de Relaciones Exteriores señalaron:

“El convenio suscrito entre el Observatorio Nacional Astronómico de China y la Universidad Católica del Norte no es válido, ya que dicha universidad no puede suscribir ni ejecutar este tipo de acuerdos internacionales”.

Además, agregaron que:

“El terreno fiscal entregado en concesión a la UCN fue otorgado para fines distintos a este proyecto, por lo que dicha concesión fue revocada”.

Formalismos legales que llegaron solo después de la presión diplomática estadounidense.

La respuesta de China fue dura y directa.

La embajada de la República Popular China en Chile rechazó la intervención de Washington y defendió el carácter científico del observatorio, señalando públicamente que se trataba de un proyecto de cooperación astronómica comparable a los grandes telescopios financiados por Estados Unidos que operan en Chile.

En su declaración, Beijing acusó una injerencia externa en decisiones soberanas chilenas y advirtió que EE.UU. estaba intentando “bloquear la cooperación tecnológica normal entre China y Chile”.

En otras palabras: una disputa de poder global trasladada al suelo chileno.

Este episodio no es aislado. Forma parte de una estrategia global de Estados Unidos para frenar el avance de China en sectores estratégicos.

La ofensiva contra Huawei y la tecnología 5G fue uno de los casos más visibles. Washington presionó a gobiernos de todo el mundo para excluir a la empresa china de sus redes de telecomunicaciones, bajo supuestos riesgos de seguridad nunca probados públicamente. En América Latina, varios países cedieron pese a que China ofrecía mejores condiciones técnicas y transferencia tecnológica.

Lo mismo ha ocurrido con inversiones chinas en puertos estratégicos en Panamá, Perú y otros países, donde EE.UU. ha desplegado presión diplomática para frenar proyectos logísticos que fortalecerían la presencia global de Beijing.

También se repite en energía, ferrocarriles e infraestructura crítica en África y Asia.

La lógica es siempre la misma: cuando China avanza, Estados Unidos bloquea.

No importa si se trata de ciencia, tecnología o desarrollo. Todo lo que fortalezca la autonomía de otros países es visto como una amenaza a la hegemonía estadounidense.

En este marco, la pérdida para Chile es enorme.

China es hoy el principal socio comercial del país. Ha financiado infraestructura, impulsado cooperación científica y promovido transferencia tecnológica real. A diferencia de Estados Unidos, no impone condiciones políticas, militares ni de alineamiento geopolítico.

Mientras Washington históricamente ha tratado a América Latina como su patio trasero, Beijing ha apostado por relaciones de beneficio mutuo.

La cancelación del observatorio significa perder inversión, empleo científico, conocimiento y posicionamiento global en astronomía avanzada. En una era donde la tecnología espacial define poder económico y estratégico, esta renuncia es profundamente dañina.

Pero las presiones externas encontraron eco interno.

Sectores de la derecha chilena, especialmente ligados a José Antonio Kast, amplificaron una narrativa de miedo hacia China. Una verdadera “campaña del terror” que presenta cualquier cooperación tecnológica como espionaje encubierto o amenaza a la soberanía.

Curiosamente, esos mismos sectores jamás cuestionan la enorme influencia política, militar y económica de Estados Unidos en Chile y la región.

La soberanía solo parece preocupar cuando el socio es China.

Este discurso ha sido funcional a los intereses de Washington, creando el clima político necesario para justificar decisiones que van directamente contra el desarrollo nacional.

La paradoja es brutal: se bloquea a China en nombre de la seguridad, mientras se acepta sin discusión la dependencia tecnológica de Estados Unidos.

Lo ocurrido en Ventarrones deja una señal alarmante.

Chile está permitiendo que una potencia extranjera decida con quién puede cooperar en áreas estratégicas. Está sacrificando su futuro científico para no incomodar a Washington.

En el siglo XXI, la astronomía no es solo observación del cielo. Es datos, tecnología espacial, comunicaciones, innovación y poder geopolítico.

Renunciar a proyectos estratégicos por presión externa no es prudencia. Es dependencia.

Estados Unidos no está defendiendo el desarrollo chileno. Está defendiendo su supremacía frente a China.

Chile, en cambio, está pagando el precio con menos ciencia, menos tecnología y menos soberanía estratégica.


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✍️ Por Nicolás Romero Reeves

Chileno, padre. Abogado de la Universidad de Chile, Magíster en Sociología de la misma casa de estudio y Director de Revista De Frente.

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