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Chile votó en contra: ¿Ahora qué? Hacia un bloque popular y constituyente

Por Pablo Parry

#DeFrente

Finalmente, nuestro país votó, con casi 7 millones de votos, por la opción En Contra del proceso constitucional liderado por la extrema derecha pinochetista, fruto de un acuerdo político que hizo posible un Consejo Constitucional totalmente cooptado por los poderes instituidos, sin participación de independientes, ni de escaños reservados para pueblos originarios, con un sistema electoral excluyente y con una comisión experta y de admisibilidad que solo buscó limitar por todos los medios cualquier expresión de la soberanía popular.

Este mal proceso, que derivó en una propuesta constitucional que ratificaba lo peor de nuestro modelo económico y político ya establecido en la CPR de 1980, intentó sostener el fracaso del sistema de AFP y las ISAPRES, continuar la privatización de la educación pública, favorecer la expulsión masiva de migrantes, limitar al mínimo el derecho a la huelga y el derecho a manifestarse, permitir el indulto a violadores de derechos humanos y cercenar nuestra democracia con la reducción del número parlamentarios, igual como lo ha hecho la ultraderecha en otras latitudes como Hungría o incluso, El Salvador, cuestión que ha derivado en un autoritarismo de fachada democrática.

El voto fue claro: Chile dijo no al neoliberalismo y no a una salida autoritaria, neo-pinochetista, a la crisis social y política que viene fraguandose durante años y que reventó con la rebelión popular de octubre de 2019. La derecha intenta fallidamente dejar a la opción ganadora como los perdedores, haciéndonos creer que la gente al votar en contra vota por validar la constitución de 1980. Nada más lejos de la realidad, puesto que, como indican todos los principales estudios de opinión, una mayoría de la población todavía respalda la idea de una nueva constitución, con lo que esta demanda histórica todavía se mantiene intacta dentro de la ciudadanía, así como también el mandato mayoritario que se expresó el 25 de Octubre de 2020 con casi un 80% de los votos en favor de una constitución nacida en democracia.

La primera tarea, por tanto, radica en volcarnos a la hermosa, pero ciertamente difícil tarea, de conformar un «bloque popular». Este bloque debe estar conformado por un amplio arco de fuerzas y actores políticos, ya se trate de partidos o de movimientos sociales, como también tener una vocación claramente de ruptura con el orden neoliberal establecido y tener por primera demanda el establecimiento de una Asamblea Constituyente libre, popular y soberana que permita sentar el marco legal para los cambios sociales que nuestro país anhela.

Reitero que ese bloque no puede quedar reducido únicamente a los partidos de la izquierda, sino que debe incorporar a otras fuerzas en pos de ampliar los márgenes de la democracia en un sentido transformador y popular, permitiendo que se sumen nuevas fuerzas del campo de las luchas sociales como lo son las luchas de los trabajadores, los pueblos originarios, feministas, etc, en espacios de representación que actualmente no cuentan, además de impulsar sus demandas y trabajar en pos de articular todas las luchas en un programa común y de largo plazo en clave democrática y popular.

La formación del nuevo bloque deberá abocarse también en impulsar instancias de participación popular vinculante, que permitan canalizar la acción popular y sentar la base para la proyección y posterior defensa del futuro proceso constituyente.

Ciertamente, plantear esto después de al menos 2 años de fuerte letargo de los movimientos sociales y la izquierda y pensar que ocurriría de inmediato, sería caer en una ingenuidad completamente. Pero es posible afirmar que, dada la contundencia del resultado del 17 de Diciembre, las posibilidades de conformar un bloque transformador se amplían para el mediano y largo plazo, en tanto el plebiscito instaló nuevamente la impugnación sobre el orden económico neoliberal vigente. En la medida en que se profundice la impugnación y la crisis continúe, aspecto que ya puede verse en situaciones tan cotidianas para la población como son, por ejemplo, la crisis de las ISAPRES que hoy amenaza con quebrar el sistema, se volverá más necesaria que nunca la aparición de una fuerza que facilite los cambios mediante un programa social y económico que permita enfrentar los crecientes problemas sociales que sigue atravesando la población, cuestión que solo podrá consolidarse en la medida que se produzcan los cambios constitucionales necesarios que viabilicen las reformas al sistema económico, social y político.

El desafío es arduo, pero como bien nos dice García Linera, la política es un ejercicio permanente de luchar, caer y levantarse. ¿Tendrá la izquierda la flexibilidad táctica para enfrentar el momento político que se abre post-plebiscito y la generosidad para abrirse a nuevos actores en pos de un proyecto transformador que vaya más allá de los estrechos límites de lo que fue el FA y actualmente Apruebo Dignidad?

 

Imagen extraída de estallidosocial.com

Comunicador Social para Revista De Frente. Sociólogo e Investigador. Diplomado en Intervención Comunitaria por la Universidad de Chile. Abogado en formación por la Universidad Alberto Hurtado.

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