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«Chile profundiza su alineamiento militar con EE.UU. y la OTAN bajo el gobierno de Boric» Por Nicolás Romero

«Este tipo de condicionamientos busca debilitar cualquier posibilidad de cooperación con potencias alternativas como China, Rusia o los países del BRICS. La supuesta “cooperación en seguridad” funciona así como una trampa diplomática: no solo permite a Estados Unidos imponer sus prioridades, sino también infiltrar sus doctrinas, tecnologías y agencias en el tejido institucional de los países subordinados.»

 

 

Por: Nicolás Romero

El gobierno de Gabriel Boric sigue consolidando su alineamiento con los Estados Unidos y sus aliados occidentales, dando nuevos pasos en materia de cooperación militar y estratégica que colocan a Chile como uno de los socios latinoamericanos más obedientes a la agenda de seguridad impuesta desde Washington.

El más reciente episodio de esta subordinación se vivió con la visita de la Secretaria de Seguridad Nacional de EE.UU., Kristi Noem, quien se reunió con autoridades chilenas el pasado 30 de julio. El motivo formal: reafirmar la permanencia de Chile en el programa Visa Waiver. Pero lo esencial fue otro: la firma de una carta de intención que extiende el sistema de vigilancia biométrica estadounidense “Bitmap” a nuevas instituciones nacionales —incluyendo ahora a Gendarmería— y que consolida el rol de Estados Unidos como supervisor silencioso de la seguridad interna en Chile.

Esta forma de cooperación no es un gesto amistoso, sino una pieza más en la estrategia de securitización regional que Estados Unidos ha desplegado en América Latina. Una doctrina que, bajo el pretexto de combatir el crimen organizado, ha servido para justificar la injerencia militar, tecnológica y política de Washington en los asuntos internos de países como Ecuador, Perú, Argentina y ahora Chile.

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El punto de partida de esta estrategia fue la crisis económica en Venezuela, provocada por las medidas unilaterales de bloqueo económico impuestas desde el gobierno de Barack Obama, mantenidas y agravadas por Donald Trump y Joe Biden. Esta asfixia externa generó uno de los mayores éxodos migratorios de la historia reciente, cuyos efectos se proyectaron deliberadamente hacia el resto de Sudamérica.

Lejos de atender humanitariamente este fenómeno, Estados Unidos lo instrumentalizó para desestabilizar a los países receptores, facilitando la expansión de redes de crimen organizado —como el “Tren de Aragua”— desde Centroamérica hacia el cono sur. La migración forzada, amplificada por la crisis inducida, sirvió como excusa para militarizar la política interna de los países afectados y abrir las puertas a la intromisión estadounidense en sus aparatos de seguridad.

En Ecuador, esta política se tradujo en el ingreso directo de tropas estadounidenses en operaciones de “apoyo técnico” tras la escalada de violencia carcelaria y urbana. En Argentina, el gobierno de Milei ha autorizado abiertamente la instalación de una base militar de EE.UU. en la Patagonia, en una zona clave por su valor estratégico, energético y geopolítico. Perú, tras el golpe institucional contra Pedro Castillo, ha profundizado su cooperación con agencias de seguridad norteamericanas. Y ahora, en Chile, la colaboración se formaliza mediante acuerdos que integran a las fuerzas nacionales a sistemas de control biométrico y vigilancia de origen estadounidense.

En este contexto, la continuidad del programa Visa Waiver se ha transformado en un instrumento de chantaje geopolítico. A cambio de mantener el privilegio de ingresar sin visa —beneficio que afecta sobre todo a las clases medias-altas—, Chile debe aceptar la expansión de herramientas de control poblacional, como Bitmap, y avanzar en su alineamiento político y militar con la agenda de Washington.

Este tipo de condicionamientos busca debilitar cualquier posibilidad de cooperación con potencias alternativas como China, Rusia o los países del BRICS. La supuesta “cooperación en seguridad” funciona así como una trampa diplomática: no solo permite a Estados Unidos imponer sus prioridades, sino también infiltrar sus doctrinas, tecnologías y agencias en el tejido institucional de los países subordinados.

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En paralelo, Chile ha iniciado el proceso para alcanzar el Nivel 2 del Sistema de Catalogación de la OTAN, paso que permitiría integrarse plenamente a los mecanismos logísticos y armamentistas de la alianza militar occidental. El sistema no es técnico ni inocuo: representa un pacto de interoperabilidad con fuerzas que hoy bombardean Gaza, sostienen a Zelenski en Ucrania y amenazan a Irán, Siria y Yemen.

Gabriel Boric ha sido uno de los pocos presidentes latinoamericanos en apoyar de forma abierta y sostenida al gobierno de Volodímir Zelenski, participando en cumbres internacionales convocadas por Ucrania y sumándose sin matices al relato de la OTAN sobre la guerra en Europa del Este.

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Hoy, ese alineamiento ideológico se traduce en hechos concretos: acuerdos bilaterales con agencias de seguridad estadounidenses, adopción de tecnologías de control poblacional, integración logística con las fuerzas de la OTAN, y aceptación tácita de una presencia extranjera que en otros países ya se materializa con tropas desplegadas y bases militares instaladas.

La pregunta es clara: ¿de qué tipo de seguridad estamos hablando? ¿Seguridad para quién? La estrategia de EE.UU. no busca garantizar la paz ni combatir el crimen, sino controlar a los pueblos y gobiernos que pudieran aspirar a una política exterior autónoma o a una integración multipolar.

Al asumir esta lógica sin cuestionamiento, el gobierno de Boric no solo renuncia a una política soberana, sino que se convierte en parte activa de una arquitectura imperial, que usa el miedo, la migración forzada y el crimen como herramientas para ampliar su influencia en la región.

Chile no necesita bases extranjeras, ni acuerdos de sumisión técnica. Necesita reconstruir su soberanía, debatir su política exterior y resistir el chantaje disfrazado de cooperación.

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Chileno, padre. Abogado de la Universidad de Chile, Magíster en Sociología de la misma casa de estudio y Director de Revista De Frente.

Comentarios (2)

  • Cristobal

    Me parece muy interesante el análisis y comparto la preocupación por la creciente dependencia de Chile respecto a los lineamientos de seguridad de Estados Unidos. Sin embargo, me pregunto si es realista pensar en una autonomía plena o en una inserción internacional verdaderamente multipolar sin asumir algún tipo de alineamiento con una potencia.

    ¿Es posible evitar toda forma de influencia externa en un escenario global donde, si no es EE.UU., podrían ser China, Rusia u otros actores quienes ocupen ese espacio? ¿Existe realmente un margen para una política exterior completamente autónoma en un sistema internacional que, por naturaleza, tiende a la competencia entre bloques?

    Podríamos fácilmente entrar en la enumeración de las atrocidades que han cometido cada uno de estos ejes de poder —y hay muchas, en todos los casos— y quedarnos atrapados indefinidamente en esa trinchera de discusión moral. No hay gran novedad en constatar que vivimos en un mundo profundamente cruel. Evidentemente, lo que ocurre en Gaza es inaceptable. Pero el problema es estructural: no se trata solo de elegir con qué potencia relacionarse, sino de reconocer que toda alianza viene con costos, contradicciones y márgenes limitados de soberanía.

    Imagino que podríamos estar discutiendo un artículo similar en un contexto alternativo, donde el gobierno chileno profundizara sus vínculos con China, firmando acuerdos de cooperación tecnológica o de seguridad. En ese caso, ¿la evaluación sería distinta? ¿O seguiríamos viendo una cesión de soberanía, solo que con otro interlocutor?

    Estados Unidos tiene una presencia histórica en la región, y sin duda ejerce su hegemonía con estrategias que merecen ser criticadas. Pero hasta ahora, ¿hemos recibido señales suficientemente claras desde China u otros polos que justifiquen optar por ellos como alternativa real de equilibrio?

    Quizás el desafío no sea tanto evitar alineamientos —porque parece muy difícil lograrlo— sino discutir bajo qué condiciones se dan, con qué nivel de transparencia democrática y cómo podemos proteger cierto margen de maniobra nacional en medio de esas dinámicas.

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  • Félix González

    Muy buen artículo. Te sigo los miércoles en Sin Maquillaje

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