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«Bailando la Nación: cada cual en su lugar» Por: Mónica Barrios

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A propósito de la cueca presidencial y de las autoridades durante septiembre, Mónica Barrios propone mirar más allá de si una autoridad baila bien o mal. La autora analiza la cueca como representación simbólica de la nación, sus códigos de comportamiento, las diferencias sociales expresadas en los cuerpos y vestimentas, y las relaciones de poder que se naturalizan bajo la idea de “tradición”.

 

 

 


Por: Mónica Barrios

Llegó septiembre y, con ello, la cueca presidencial y de las autoridades. Todos los sectores políticos aplican su pauta de evaluación con una claridad de criterios que ya quisiéramos para evaluar otras actuaciones gubernamentales.

Kast baila mal. Ripamonti baila bien. Así se distribuyen los veredictos. Y más allá de compartir o discutir estas apreciaciones, interesa interrogar lo que las hace posibles: ¿Qué estamos evaluando cuando observamos bailar a una autoridad?. ¿Qué cuerpo esperamos de quienes gobiernan?. Y, sobre todo, ¿Qué queda silenciado en el análisis de la danza?.

Todos esperamos que la autoridad sepa qué hacer con su cuerpo. Nadie quiere ser gobernado por alguien que no sabe mover un pañuelo o que aplaude a destiempo. Ahora bien, lo que no se debe hacer, es saltar. Ya sea de izquierda o derecha, en estos tiempos la cueca correcta es la de paso arrastradito, lo más lejos que se pueda de toda danza indígena del sur de Chile, o de zapateos que levanten tierra o muevan la alfombra, aunque ello niegue el impulso que evoca el rítmico latido de palmas o percusiones. Demás está decir que todo gobierno intenta negar su música de fondo.

Cuando un presidente u otra autoridad baila cueca, no baila la persona sino el símbolo de una nación. Entonces el problema es encarnar o no, suficientemente bien, el concepto de autoridad. Y en ello los diferentes colores políticos tienen la misma pauta de revisión: control.

¡Esto no es cumbia!. No es que usted escuche música, y que cual bailarina o bailarín en un matrimonio a las tres de la madrugada, comience a dar pasitos y a moverse como quiera, según lo determine su capacidad corporal, coordinación, y grado de goce. En la cueca no hay libertades. El baile nacional exige coreografía, la cual debe ser aprendida y por lo tanto estudiada. Llegamos entonces a la paradoja del baile denominado como nacional: no todos logran bailarlo. Es una danza que pareciera no natural a nuestro actual tipo corporal, oído musical, y destreza motora.

Tremendo, pues lo que silenciamos es que tenemos un baile nacional que nos separa entre quienes saben y quienes no, normalizando la posibilidad de la exclusión. Y no solo corporal, también social.

Y aquí vamos a lo que interesa, pues es escasamente abordado: En un extremo tenemos a la cueca y por otro a la cueca de salón. A la china y a la huasa elegante. Por un lado un mero sustantivo, y por el otro sustantivo y cualidad de distinción. Lo mismo se aplica a los varones.

Dicha diferenciación es evidente en las vestimentas, y como es una problemática de belleza corporal, por supuesto que afecta más al vestuario femenino. Tanto el traje de china como de huasa elegante han llegado hasta nosotros como fantasías que, reelaboradas para el espectáculo, han evolucionado para ser vistos.

Tenemos entonces a la china con un floreado vestido corto, con vuelos al viento dignos de una princesa de Disney, y a una huasa elegante en chaquetilla y falda larga, de colores lisos y tonos sobrios. La cueca nos encara con las diferencias sociales que han dado origen a la nación, pero no las cuestiona. La escenificación de las diferencias de clases invisibiliza las relaciones de poder que las producen. Lo que requeriría una explicación histórica, queda disponible para la mera contemplación estética.

La cueca nos presenta normalizada la desigualdad de clases constitutiva de la nación: distintos atuendos, distintas posiciones, una misma patria. Cada cual ocupa un lugar y el conjunto se ve bien.

Por eso, al observar a las autoridades bailar cueca, interesaría menos juzgar si lo hizo bien o mal, porque lo importante es preguntar por qué hemos naturalizado las desigualdades sociales, al punto de no verlas como una problemática.

No invito a terminar este 18 como tontos y tontas graves, pero tampoco podemos dejar de preguntarnos por las relaciones de poder que sostienen lo que estamos considerando como “tradiciones”. Y como ya tendremos la pauta de evaluación en mano, podríamos agregar una pregunta: ¿por qué nos incomoda tanto un paso fuera de lugar y tan poco que cada cual tenga el suyo asignado?.

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