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«¿A quién hay que desarmar realmente? La hipocresía nuclear de Israel y Estados Unidos» Por: Nicolás Romero

«Las estimaciones actuales —no confirmadas oficialmente por Tel Aviv debido a su política de opacidad— indican que Israel dispone de entre 90 y 200 ojivas nucleares, muchas de ellas instaladas en misiles balísticos Jericó, con un alcance de hasta 6.500 kilómetros. Es decir, más que suficiente para alcanzar cualquier capital de Europa, Medio Oriente y buena parte de Asia.

Mientras tanto, Irán, firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), ha sido objeto de inspecciones, sanciones internacionales y amenazas constantes, a pesar de que no existe evidencia concluyente de que haya fabricado una bomba atómica. Israel, por el contrario, nunca firmó el TNP y mantiene su arsenal al margen de toda supervisión internacional.»

 

Por: Nicolás Romero

Mientras el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu insiste, desde hace casi tres décadas, en que «Irán está a punto de fabricar un arma nuclear», Israel ha desarrollado y mantenido en secreto un vasto arsenal atómico con la complicidad de Estados Unidos. Esta narrativa, repetida desde al menos 1996, ha servido como herramienta de presión diplomática y justificación de sanciones y amenazas militares contra Teherán. Sin embargo, los hechos desmienten esa alarma permanente.

El encubrimiento del programa nuclear israelí

Documentos desclasificados del Archivo Nacional de Estados Unidos revelan que Washington conocía desde principios de los años 60 que Israel construía un reactor nuclear en Dimona, en pleno desierto del Néguev, con el claro objetivo de producir plutonio para armas nucleares. En 1967, analistas de inteligencia estadounidense ya advertían que Israel estaba a solo dos meses de fabricar su primera bomba atómica.

Pero el encubrimiento no terminó allí. Entre 1957 y 1978, Estados Unidos suministró en secreto uranio altamente enriquecido a Israel a través de la planta de procesamiento nuclear NUMEC, ubicada en Pensilvania. El entonces subdirector de la CIA, Carl Duckett, reconoció que “el consenso dentro de la Agencia era que el material de NUMEC fue desviado y empleado por Israel en la fabricación de armas nucleares”.

El punto de inflexión llegó en 1969, cuando el presidente Richard Nixon y la primera ministra israelí Golda Meir sellaron un acuerdo secreto: Israel mantendría en la sombra su programa atómico, y EE. UU. haría la vista gorda, aceptando tácitamente la posesión de armas nucleares por parte de su aliado estratégico. Este pacto ha definido hasta hoy la política de “ambigüedad nuclear” israelí.

Un arsenal oculto pero letal

Las estimaciones actuales —no confirmadas oficialmente por Tel Aviv debido a su política de opacidad— indican que Israel dispone de entre 90 y 200 ojivas nucleares, muchas de ellas instaladas en misiles balísticos Jericó, con un alcance de hasta 6.500 kilómetros. Es decir, más que suficiente para alcanzar cualquier capital de Europa, Medio Oriente y buena parte de Asia.

Mientras tanto, Irán, firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), ha sido objeto de inspecciones, sanciones internacionales y amenazas constantes, a pesar de que no existe evidencia concluyente de que haya fabricado una bomba atómica. Israel, por el contrario, nunca firmó el TNP y mantiene su arsenal al margen de toda supervisión internacional.

¿Quién debe desarmarse?

La pregunta no es retórica: ¿puede el mundo seguir tolerando esta doble moral? ¿Es legítimo que un Estado posea un arsenal nuclear encubierto con el respaldo de Washington, mientras exige con vehemencia el desarme de sus adversarios regionales?

En tiempos de creciente tensión en Medio Oriente, cuando se agudizan los enfrentamientos entre Irán e Israel, el debate sobre la proliferación nuclear deja de ser una cuestión técnica y se vuelve un asunto urgente de seguridad global. La comunidad internacional no puede seguir mirando hacia otro lado.

Chileno, padre. Abogado de la Universidad de Chile, Magíster en Sociología de la misma casa de estudio y Director de Revista De Frente.

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